Reseña de Las islas de los pinos de Marion Poschmann

Un libro entretenido que no llega al nivel de otros de su misma especie

La literatura japonesa o ambientada en Japón me atrae. Creo que podría ser cualquier literatura ambientada o escrita desde Oriente. Será la profundidad de su filosofía, lo exótico de su cultura, sus ciudadanos introvertidos, sus extremos sociales, no lo sé. Y cada vez que cae algo de este tipo en mis manos me atrapa. Es el caso de Las islas de los pinos de Marion Poschmann. Esta obra le valió a la autora ser finalista del Premio Alemán del Libro en 2017 y su consagración definitiva como novelista.

El libro cuenta el viaje de Gilbert Silvester. Un profesor universitario alemán que sueña que su mujer lo engaña y decide coger el primer vuelo internacional que pille. Viaja a Japón y allí comienza su travesía, aunque más bien es un peregrinaje, hacia Matsushima, las islas de los pinos. En ese trayecto se encuentra con un joven perdido, Yosa Tamagotchi, que porta el Manual completo del suicidio y va en busca del lugar perfecto para perpetrar lo que Camus llamaba “el único acto realmente filosófico” en El mito de Sísifo. Estos dos personajes se embarcan en un viaje en dos sentidos. Uno exterior, por Japón, entre trenes de alta velocidad y lugares inhóspitos de ensueño, siguiendo los pasos de Basho, el gran poeta japonés de haikus. Otro interior, mucho más peligroso, hacia uno mismo, poniéndose a prueba constantemente y llevando al límite su razón y su verdad. El joven suicida y el poeta le otorgan a Gilbert un marco (incomparable) para su particular huida, “a Gilbert le gustó mucho todo esto. Al fin y al cabo, él se hallaba en una situación similar, había dejado todo atrás, había consumado una ruptura súbita, se había alejado en la medida de lo posible de su existencia terrenal”.

Viajan a Las islas de los pinos porque “Matsushima es el lugar más hermoso del Japón (…). Los viajeros a Matsushima eran lunatics, extravagantes, excéntricos. Confeccionaban sus propias leyendas beatíficas, nada tenía importancia para ellos, excepto su poesía, y la poesía significaba el camino del espírity hacia la nada. Eran extremistas, ascetas, andaban locos por una clase especial de belleza, la belleza fugaz de las flores, la belleza ambigua de la luz de la luna, la belleza vaga de un paisaje aislado en sí mismo”. Pero este viaje tenía un significado más trascendente, “aprender a morir. Este viaje, emprendido con tal objetivo, de alejarse de, de acercarse a, no consistía más que en la concentración en el espacio que quedaba entre medias. Un movimiento que perseguía la expansión del espíritu, en ese espacio intermedio entre el “aquí” y el “allí”, mientras el espíritu mismo, al menos así lo esperaba, se serena, mientras se ordenan los movimientos del pensamiento, mientras se ralentiza un poco el remolino de las cosas y se encuentra con una figura ya olvidada, en un espacio en el que es posible observar lo vago, lo impreciso, lo continuamente cambiante. Se persiguen los cambios sutiles, las imágenes ilusorias, se espera alcanzar la clarividencia sobre lo invisible por antonomasia, el propio yo”. Casi nada. Apetece leerlo, ¿verdad?

Y entre toda esta intensidad filosófica existe un tercer viaje, también peregrino, el de la contemplación de la naturaleza. Y de eso en Japón hay mucho y muy bueno, “la contemplación de fenómenos naturales no tenía nada que ver con el arte ni con la arquitectura, tampoco con la historia. La contemplación era delicada y misteriosa, y si de ella surgía alguna forma de educación, no se podía explicar ni reclamar con posterioridad”. No puedo estar más de acuerdo. A los que nos gusta la Naturaleza disfrutamos de una manera muy íntima con ella: las olas, el fuego, la luna, un pájaro, un bosque, una cascada, una duna, una flor, un enjambre de abejas trabajando a destajo en un panal, una manada de leones acechando a tres jirafas en mitad de Etosha, un eclipse de Sol, magma milenario en las faldas de un volcán… todo nos sirve para sentarnos, disfrutad de una forma muy íntima y aprender que formamos parte de un ecosistema mucho más importante que nosotros. La Naturaleza te sitúa en el Universo, que no es poco.

Si terminase la reseña aquí pensaríais que estáis ante un título fundamental en vuestra biblioteca. Sin embargo, según iba leyendo iba recordando otros libros que me marcaron más y mejor, que abordan la soledad, la insumisión o el suicidio con un fondo nipón mucho mejor que Poschmann. Ejemplos como Indigno de ser humano de Osamu Dazai o el maravilloso Kokoro de Natsume Soseki, son mucho más notables. Las islas de los pinos tiene un fallo para mi imperdonable: se pierde demasiado en las secuencias de acontecimientos y pierde oportunidades buenísimas de reflexión filosófica. Quizás alguien pueda pensar que para eso tenemos obras netamente filosóficas de Sartre, Camus o Montaigne, u otras como La insoportable levedad del ser o incluso El sentido de un final de Barnes que no necesita filosofía si tienes un gran escritor detrás. Pero es imperdonable tener tan buenos mimbres (joven suicida, marido despechado huyendo, Basho, Japón, Naturaleza) y no tejer una obra maestra. No dejéis de leer Las islas de los pinos por leer estos otros, leedlos todos e id formando vuestro propio criterio. Leed Las islas de los pinos porque sirve para hacer fondo, para retomar de vez en cuando estos temas tan interesantes, porque es fácil de leer, porque tiene algunos destellos que merecen la pena, y porque nunca está de más pararse a pensar sobre uno mismo, sus miedos, sus miserias, sus proyecciones sociales, sus problemas e intentar buscar soluciones en la naturaleza y en la poesía.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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