Reseña de La dependienta de Sayaka Murata

La sociedad es también un caparazón para quien se quiere esconder de sí mismo

Hay libros que sacan a uno de un atragantamiento lector. Libros que sirven para pasar otros libros-bola que no terminaron de digerirse bien y provocaron cierta acidez lectora. Hoy os traigo uno de esos libros salvadores de nuestro hábito lector. Se trata de La dependienta (Konbini Ningen es el título original en japonés), escrita por Sayaka Murata y editada en español por Duomo Nefelibata en 2019. Con esta novela Murata recibió el prestigioso Premio Akutagawa en 2016. Llegué a esta novela gracias a que mi pareja rescató el libro de una de las estanterías de la librería logroñesa Castroviejo a la que fui en mi afán de conocer librerías con personalidad cuando visito una ciudad (gracias @erzaqui por la recomendación).

La novela cuenta la historia de Keiko Furukura, una chica de 36 años que está soltera y que decidió abandonar a su familia (con la que no conseguía entenderse) para mudarse a Tokio donde trabaja a tiempo parcial como dependienta de una konbini, un supermercado japonés abierto las 24 horas del día. Siempre ha sentido que no encajaba en la sociedad, pero en la tienda ha encontrado un mundo predecible, gobernado por un manual que dicta a los trabajadores cómo actuar y qué decir; la primera vez que se ponía al otro lado del mostrador Keiko sintió “por primera vez que formaba parte del mundo, como si acabara de nacer. Aquel día había surgido una nueva pieza que encajaba con total normalidad entre las demás: yo”. Así pues, ha conseguido esa normalidad que la sociedad le reclama: todos quieren ver a Keiko formar un hogar, seguir un camino convencional que la convierta, a sus ojos, en una adulta. Sin embargo, el paso del tiempo no tiene ningún impacto en la protagonista que consigue mantenerse impertérrita sin que nada le afecte; mantiene su trabajo, su soledad, sus esquemas y sus rutinas, año tras año. A pesar de su estabilidad, Keiko es consciente de que no está cumpliendo con lo que la sociedad espera de ella: ya no es una joven universitaria que trabaja en un konbini para pagarse sus gastos; ahora es una mujer sin un trabajo estable y sin pareja a la vista que se está haciendo demasiado mayor para la sociedad japonesa. Y es en esta situación cuando conoce a un nuevo compañero de trabajo que también tiene muchos problemas para encajar en la sociedad y que pondrá a Keiko y a su forma de ser contra las cuerdas.

Lejos de ser entendido el libro como un alegato a favor de los trabajos de cara al público o una defensa escondida de la precarización del mercado laboral, el libro precisamente parte de esta premisa para criticar que un outsider como Keiko pueda encontrar su sitio en un entorno tan poco individualizado como es el comercial. Ella se siente cómoda siendo una pieza más de toda una maquinaria capitalista. Esa imposibilidad de salirse de la norma y de acentuar sus individualidades es lo que le aporta seguridad para estar frente a otras personas y sentirse parte de una sociedad (en el fondo vacía y mecanizada). La protagonista entiende que “el mundo normal es un lugar muy exigente donde los cuerpos extraños son eliminados en silencio. Las personas inmaduras son expulsadas” y el mundo del supermercado es un entorno seguro del que no será expulsada si cumple con las normas del manual del dependiente.

La literatura nos ha regalado auténticas joyas sobre personas que no se sienten cómodas en la sociedad; desde Holden Caulfield hasta Meursault, pasando por Ignatius J. Reilly, Bartleby, Quijote, Bloom, Raskólnikov, o tantos otros personajes inolvidables. Ciertamente la literatura crece en los márgenes de la sociedad y nos ayuda a entender el mundo en ese afán por dar sentido a la realidad desde la ficción. Textos como La dependienta posiblemente no consiga situar a Keiko Furukura entre ese grupo de excelsos personajes de la literatura universal, pero seguramente ayude a entender que es dentro de uno mismo donde la vida tiene sentido.

La dependienta es un texto ágil, sencillo, con un ritmo nada exigente y cuya lectura es agradable y fluida. Hay tiempo para el humor, para la rabia y para el desconsuelo. No sé si será la traducción o el estilo de la autora, pero es un libro perfecto para cuando estemos atascados con otras lecturas o cuando pasemos por un bache lector que no queremos que nos saque completamente de nuestro hábito. Una posibilidad para acercarse a la literatura japonesa (en este blog solemos dejarnos embriagar de vez en cuando por sus aromas y temáticas). Ojalá lo disfrutéis tanto como yo, ya no sé si por el libro en sí o porque me ha devuelto el ritmo lector y eso siempre es de agradecer.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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