Reseña de Sodoma y Gomorra de Marcel Proust

Sexualidad y deseo en las clases altas francesas de entresiglos

En la preparación de esta reseña me he encontrado con una reflexión que me parece perfecta para empezar: “Cada día que pasa y cada página que leo tengo más claro que por tamaño, belleza y dificultad, En busca del tiempo perdido es uno de los catorce ochomiles de la literatura. Y nosotros ya hemos llegado al campo IV: Sodoma y Gomorra. La aclimatación ha sido dura (no es fácil acostumbrarse al estilo de Proust, a ese no pasar nada pero que todo parezca una verdadera odisea, a esa sensibilidad, a ese amor por el detalle, a esos párrafos interminables), pero ya le hemos cogido el punto”. Esto que expresa Koldo CF en el blog de Un libro al día, me parece lo más acertado que he leído sobre Proust en los últimos tiempos. Es cierto. Ya estamos en el Campo IV y los paisajes son increíbles, por la soledad y la inmensidad de lo que llevamos y lo que nos queda por delante. Hemos pasado el ecuador de la travesía y sigue siendo igual de apasionante que los primeros pasos por las calles de Combray y Balbec (Tomo I, Tomo II, Tomo III).

En este libro Marcel comienza recordando un episodio en las inmediaciones de la casa de la Sra. de Villeparisis en París mientras observa cómo un insecto poliniza una orquídea (no paséis por alto esta imagen). Este episodio marca el tono del libro y narra, con el estilo al que nos tiene ya acostumbrados Proust, el encuentro entre el barón de Charlus (hermano del duque de Guermantes) y Jupien (chalequero del duque), un encuentro cargado de sexualidad y de homosexualidad. Sodoma y Gomorra, título del libro, se refiere a las relaciones homosexuales entre mujeres (Sodoma) y hombres (Gomorra). Es en este libro en el que Proust ahondó con mayor intensidad en el amor homosexual, tanto masculino como femenino, a través de las relaciones sentimentales del barón de Charlus (con Jupien primero y con Morel después) y de la memorable Albertine (con Marcel, pero también las que supone Marcel de Albertine con otras amigas). Pero Proust, no pierde su hilo del relato y en esta ocasión mantiene a Marcel como un personalísimo cronista de la decadencia de todo un estrato social en la transición de Francia hacia la modernidad del nuevo siglo. En ocasiones nos desvela los códigos de la aristocracia, “la antigüedad no lo es todo para las personas de la alta sociedad y reservan con mayor agrado los almuerzos a las relaciones nuevas que aun les inspiran curiosidad” y en otras los comportamientos para mantener la jerarquía dentro de la vida de postín, “Al Sr. de Charlus no le importaba que la Sra. Verdurin estuviera en pie y permanecía instalado en su sillón para estar más cerca de Morel (…) El Sr. de Charlus siguió sin dejar su asiento. Por lo demás, no podía por menos de sonreír imperceptiblemente, al ver cómo la sumisión tan fácilmente obtenida de la Sra. Verdurin confirmaba sus máximas favoritas sobre el prestigio de la aristocracia y la cobardía de los burgueses”.

Este cronista cada vez tengo más claro que es crítico con la época, aunque sea un narrador sumergido en esa pompa. Hay ocasiones en las que critica vivamente los comportamientos de la aristocracia francesa, “las fiestas de esa clase son en general anticipadas. Apenas tienen realidad hasta el día siguiente, en el que ocupan la atención de las personas que no fueron invitadas (…) una mujer de alta sociedad, al ver en Le Figaro: “Ayer el príncipe y la princesa de Guermantes ofrecieron una gran velada, etcétera”, exclama: “¡Cómo! Hace tres días hablé una hora con Marie-Gilbert, ¡y no me dijo nada!”, y se calienta la cabeza para saber qué ha podido hacer a los Guermantes” o cuando se refiere a la pedantería y el esnobismo de las conversaciones, “¡Ah! Ha estado usted en Holanda, ¿conoce los Vermeer?, preguntó, imperiosa, la Sra. de Cambremer y con el tono con que habría dicho, ¿Conoce usted a los Guermantes?, pues el esnobismo, al cambiar de objeto, no cambia de acento”.

Tampoco abandona Proust sus reflexiones sobre el paso del tiempo, “las imágenes elegidas por el recuerdo son tan arbitrarias, tan estrechas, tan incomprensibles como las formadas por la imaginación y destruidas por la realidad. No hay razón para que, fuera de nosotros, un lugar real domine más los cuadros de la memoria que los del sueño y después de una realidad nueva tal vez nos haga olvidar, detestar incluso, los deseos que nos motivaron a partir”.  También retoma la muerte de la abuela cuando Marcel vuelve a Balbec y se sitúa en todos los escenarios que le recordaban a su abuela, mientras hace balance de su relación con ella, “como los muertos ya solo existen en nosotros, a nosotros mismos es a quienes golpeamos sin descanso, cuando nos obstinamos en recordar golpes que les asestamos” o la idea de las pérdidas parciales, “a veces podemos volver a ver a una persona, pero no abolir el tiempo”. Este pasaje es precioso, puesto que ahora es verdaderamente consciente de su muerte. Se aísla del mundo, se niega a recibir a nadie, ni a las “élites locales” ni a Albertine.

Por último, en ese afán por narrar la sexualidad, Proust profundiza en los pensamientos de su protagonista sobre Albertine, y cómo va cambiando su forma de ver la relación y a su amada. El físico de Albertine, su vestimenta, los celos, las relaciones de Albertine con otras chicas (Sodoma), el miedo a la pérdida, el egoísmo de Marcel generado por sus celos… todo esto brilla con luz propia a lo largo de la obra y Proust no tiene prisa por contarlo y dejar que los sentimientos y las ideas evolucionen a su ritmo. Esta es la parte más interesante del libro y me siguen pareciendo tediosas las reuniones sociales y las conversaciones banales. Creo que forma parte de esa crítica de Proust a la pompa y el postín de esa clase social, pero son kilómetros de palabras que se vuelven tediosas. Sea como fuera, este libro es una obra monumental de la Literatura (con mayúsculas). Su estilo narrativo, el control de los tiempos, la profundidad de la psique de los personajes, los temas filosóficos, la ironía, el análisis social y antropológico, todo está bien abordado y contado con el virtuosismo de un genio. Desde las escenas más complejas hasta descripciones como esta, “en el desorden de las brumas de la noche, aun rezagadas en jirones rosados y azules sobre las aguas atestadas de pedazos de nácar de la aurora, pasaban barcos sonriendo a la luz oblicua que amarilleaba su vela y la punta de su bauprés”. Tres hurras por Proust.

Seguiré hacia el Campo V. El camino está siendo maravilloso. Veremos que nos encontramos en La prisionera. Si no habéis empezado con esta obra, no esperéis más tiempo. Cuesta cogerle el punto, pero cuando consigues entrar es una maravilla.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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