Reseña de Los chicos de la Nickel de Colson Whitehead

Whitehead escribe sobre el pasado para explicarnos el presente

La ficción alivia la realidad. También permite revivirla y así contribuir a la memoria histórica de una nación. La historia de los afroamericanos en Estados Unidos, el apartheid institucional y social, es una parte oscura en la tozuda realidad americana. Whitehead ya nos puso sobre esa pista en su inolvidable El ferrocarril subterráneo que le sirvió para ganar su primer Pulitzer. Ahora, sin perder un ápice de su fuerza narrativa, su realismo despiadado y su enfoque de la bondad e inocencia infantil sucumbida ante la barbarie, vuelve a regalarnos una novela maravillosa con Los chicos de la Nickel. Inspirada en la infame historia real de la Escuela Dozier para Chicos de Marianna (Florida), Whitehead gana su segundo Pulitzer reincidiendo en su pedagógica labor de memoria histórica americana. Hubo otros antes que él, pero Colson Whitehead tiene algo especial que consigue que no suene repetitivo.

Elwood Curtis es un niño negro con dotes para el estudio que se entretiene escuchando discursos de Martin Luther King y leyendo a James Baldwin. Su familia hace el esfuerzo de mandarlo a la universidad, pero por el camino decide subirse a un coche que le alivie el camino. Craso error. La ironía del azar le empuja a subir, sin saberlo, a un coche robado. La policía parará el coche y…mala suerte, enviará a Elwood a la Escuela Nickel, un reformatorio, una fábrica del dolor, una galería de las torturas y humillaciones, “La Nickel era el colmo del racismo – la mitad de los que trabajaban allí seguramente se ponían el disfraz del Klan los fines de semana –, pero, tal como lo veía Turner, la maldad era algo más profundo que el color de la piel. Era Spencer. Era Spencer y era Griff, y eran todos los padres que dejaban que sus hijos acabaran allí. La maldad eran las personas”. El arranque es brutal. Estás unas páginas en shock pensando, “¡pero si este chaval no ha hecho nada! ¿Qué hace ahí? ¿Nadie va a hacer nada para sacarlo?”. Elwood solo es culpable de estar en el sitio y el momento equivocados. Como tantos negros que sufren la violencia y el racismo en Estados Unidos, el último George Floyd. Elwood tratará de sobrevivir a la Nickel gracias a su idealismo y a otro chico, Turner, su gran amigo dentro de la Nickel. La ilusión y motivación por hacer bien las cosas, esgrimirse en defensor de las causas perdidas o luchar contra las injusticias dentro de la Escuela le traerá bastantes problemas con los responsables y supervisores, Spencer como cabeza visible, un joven blanco a cargo del orden y las tareas de los pequeños negros. Pronto se dará cuenta de que lo mejor es pasar desapercibido. El camino hacia la tibieza tiene sus consecuencias, “no era Spencer quien lo había destruido, tampoco un supervisor o un nuevo adversario en el dormitorio: era que él había dejado de luchar. A fuerza de agachar la cabeza, de procurar no llamar la atención y así llegar a la noche sin percances, Elwood se engañaba pensando que había vencido. Que era más listo que la Nickel porque iba trampeando y no se metía en líos. Cuando, en realidad, habían acabado con él”. Tuvo que haber reformatorios tan horribles como este a lo largo de EEUU y en otras partes del mundo.

Su rabia va por dentro. Recuerda los discursos de Luther King, “tened por seguro que nuestra capacidad de sufrimiento acabará por agotaros, y que un día ganaremos nuestra libertad”, y le reconoce algunos aciertos, “la capacidad de sufrimiento. Elwood, todos los chicos de la Nickel, existían en virtud de esa capacidad. La respiraban, la comían, la soñaban. La vida para ellos consistía en eso. De lo contrario, habrían perecido. Las palizas, las violaciones, la implacable humillación a su persona. Y ellos aguantaban” pero, también le parecen inalcanzables algunas de sus propuestas como la de amar al opresor, “Opondremos a vuestra fuerza física la fuerza del alma. Hacednos lo que os plazca, que nosotros os seguiremos amando” decía Luther King y Elwood se indignaba “¿amar a los que pretendían destruirlos? ¿Dar ese salto?”.

Whitehead vuelve a ganar un merecido Pulitzer gracias a su forma de enfocar la novela y su maestría narrativa. Sergi Sánchez en el Periódico destaca que “Whitehead explica el vía crucis de Elwood con una economía expresiva que prefiere acariciar la humanidad de sus héroes -y la miseria de sus villanos, sobre todo la del superintendente de la Nickel, el señor Spencer- antes que gritar las verdades de su Gran Meta, esto es: hacer un ejercicio de memoria histórica para hablar del racismo endémico de la sociedad norteamericana”. Esto en cuanto al enfoque. Pero donde más brilla Los chicos de la Nickel es la identificación con el personaje; Whitehead consigue transmitir el sentimiento de impotencia hacia las injusticias, (por pequeñas que puedan parecer) y de rabia hacia el racismo, gracias a su habilidad para despedazar, “la sencilla confianza que depositamos en el triunfo de la bondad y pone en su lugar una verdad amarga y dura acerca del constante experimento norteamericano”, como señala Ron Charles en The Washington Post [It shreds our easy confidence in the triumph of goodness and leaves in its place a hard and bitter truth about the ongoing American experiment]. Os recomiendo este artículo, pero también este otro de George F. Will en el mismo periódico, son profundos en el análisis.

Acabé el libro el día después de las elecciones americanas, y tengo la optimista sensación de que EEUU hoy es un lugar más confortable. Estos días, gracias al poder mediático de las elecciones, he oído y leído varias veces en los medios de (in)comunicación que gracias a los negros hay democracia en EEUU. Yo me atrevería a decir que algo de culpa tiene también la cultura. Al posicionamiento de las injusticias con los negros afroamericanos han contribuido autores y autoras como James Baldwin (al que leía el pequeño Elwood), Maya Angelou, Maryse Condé,  o ahora el dos veces ganador del Pulitzer, Colson Whitehead. No os perdáis esta novela, su lectura es necesaria. Whitehead debería leerse en los institutos. Whitehead escribe sobre el pasado para explicarnos el presente. El movimiento Black Lives Matter es un reflejo de este lado oscuro que Estados Unidos no ha conseguido erradicar y que viene de lejos, también es el resultado de las atrocidades que se cometieron en la Escuela Arthur G. Dozier en los años 70 en Florida. Whitehead contribuye a la memoria colectiva a través de la cultura, el mejor escenario para hacerlo. Leamos a Whitehead como ejercicio de memoria histórica y puro goce literario.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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