Reseña de Novela natural de Gueorgui Gospodínov

Aire fresco literario, escribir desde los márgenes y brillar con luz propia.

Hay autores que caen en tus manos inesperadamente y se quedan. Eso me ha pasado con Gueorgui Gospodínov. Hace tiempo leí y reseñé su fascinante Física de la tristeza y desde Fulgencio Pimentel me enviaron su segundo libro con la editorial: Novela natural. Desde aquí les doy las gracias porque me han regalado horas entretenidas y divertidas de lectura. Seguiré la pista a este autor y espero que Fulgencio Pimentel siga editando su obra.

¿De qué va la novela? De todo y de nada. El protagonista es un hombre divorciado que busca resarcirse de sus problemas a través de la escritura de una novela. Una novela que tiene que ser diferente y capaz de representar su estado vital. La idea es original y entra sola, pero Física de la Tristeza es del mismo estilo así que creo que lo original es el autor, no la obra. Las reflexiones en torno a la construcción de la novela se mantienen paralelamente a la trama y es que ese proceso convive con la viveza de la trama. Al inicio de la novela el protagonista expresa lo siguiente sobre el devenir de la obra: “puede ocurrir todo género de cosas. Pero nada será descrito en la novela de inicios. Esta proporcionará solo el primer empujón, pero tendrá el tacto suficiente como para retirarse a la sombra del siguiente inicio, permitiendo que los protagonistas se relacionen entre sí del modo que la ocasión requiera. A eso lo llamaría yo una “novela natural””. Y aquí aparece la primera vez la idea de novela natural, título de la obra. Esta exploración sobre el concepto de novela natural es el centro del libro. El autor mantiene un monólogo cargado de preguntas y deseos, “¿Hasta dónde puede extenderse una historia natural? ¿Es lícito incluir en ella crónicas particulares, cierta experiencia personal, algo de cotidianeidad, narraciones y leyendas?”, que no termina de llevar a buen puerto y que le van generando inseguridades en la escritura que son el reflejo de sus inseguridades vitales, “¿Por qué intento hacer una “novela natural”? ¿Por una mujer a la que debo olvidar? ¿Por recordar cómo vivía antes? En estas historias hay mucha geografía. Eso me tranquiliza”.

La cotidianeidad es una constante en la novela. De hecho, a mi juicio, es su gran apuesta. Alejarse de los grandes acontecimientos y centrarse en detalles nimios. Cada vez me gustan más las novelas que recurren a este recurso. En este caso, el protagonista se detiene en las moscas, los retretes (esta parte es divertidísima, un ejemplo: “Hace años leí en un retrete: “no te esfuerces, aquí no hay plan de producción” (…) Los eslóganes de la próstata como eslóganes de la protesta. Con eso tienes para un doctorado”), los gatos… “¿A qué viene ese interés repentino por las moscas? Me convenzo a mí mismo de que es por la novela que quiero escribir, una novela facetada, a semejanza de la visión de la mosca. Y a semejanza de esta, una novela repleta de pormenores, de detalles minúsculos, imperceptibles a simple vista. Una novela consuetudinaria, como las moscas (…) Hay otra razón de peso por la que contemplo las moscas y me sumerjo en el retrete y en la dichosa historia natural. Una razón obsesiva, otra mosca que solo logro aletargar unas horas mientras estudio esas otras que revolotean a mi alrededor. Pero esta permanece dentro de mí. La mosca que revolotea en mi cráneo necesita un agujero”. A estas alturas de la novela podemos pensar que esa mosca que revolotea en su cráneo puede ser la propia novela o su obsesión con su divorcio. Ambas opciones son dos caras de la misma moneda.

La novela avanza y la fragmentación aumenta, también gana en dinamismo e interés, “Es un hecho indiscutible que mis apuntes son cada vez más breves, más caóticos y dispersos. Los empecé con la idea de que constituyeran en sí mismos el armazón de una novela. En fin… La novela será poliédrica o no será”. Términos como poliédrico o caleidoscópico, me repelen, pero bueno, aquí están. Mientras su vida se va al garete su novela mejora. En un pasaje en el que va al psiquiatra creo que este acierta con el diagnóstico al personaje y a la obra: “El psiquiatra emitió su diagnóstico: incapacidad de concentración, pensamientos obsesivos y anancasmo”. Anancasmo, según el propio autor, es un estado psicológico obsesivo en que no puedes librarte de experiencias vividas que pueden constituirse en imágenes, deseos, temores o impulsos. Esta novela también es un anancasmo.

Al final del libro se sincera con el lector y da sentido a su creación literaria: “Quería escribir una novela en que entrara de todo (de todo lo que no entra en las novelas), que hubiese una historia natural del váter, historias personales y filosofía antigua, conversaciones oídas a hurtadillas, moscas y cotidianeidad, listas, inicios de novelas. Todo, toda esa anarquía que está en la cabeza de alguien que intenta contar su propia historia inasequible. Una novela sobre la imposibilidad de tener una novela propia”. Y lo consigue. Gospodínov escribe una autobiografía del narrador a fogonazos, a golpes cortos, a imágenes aceleradas, a cambios de escena y de personajes, a detalles en principio absurdos que terminan dibujando una idea acertada del personaje. El cierre no podía ser mejor pues la novela termina como terminó su matrimonio, “acabó de una forma trivial, como ocurre por cierto con la mayoría de las historias que pueden presumir de un buen inicio”.

Seguidle la pista a Gospodínov. Seguid la pista a lo que edite Fulgencio Pimentel. Pasaréis buenísimos ratos de lectura. Este libro es un despliegue infinito de recursos. Es un alarde de la genialidad del autor. Hay poesía en todas las páginas. Hay imaginación, creatividad, cierto punto maldito y de locura transitoria que se agradece, tiene imprevistos y giros divertidos, profundidad reflexiva y mucho sentido del humor. Como se señala en las notas de la editorial, “desde la más absoluta periferia, Gospodínov reinventó el concepto de novela posmoderna en el libro que le ganó fama internacional y preparó los pasos de la que sería su segunda novela, la celebrada Física de la tristeza”. Dadle una oportunidad, leeréis algo fresco y diferente. Ahora que estoy con Proust (voy por Sodoma y Gomorra, pronto os traeré la reseña), valoro más a Gospodínov. Ojalá os atreváis con él y lo disfrutéis.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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