Reseña de La parte de Guermantes de Marcel Proust

Leer a Proust es tiempo ganado

Sigo avanzando despacito con En busca del tiempo perdido. Los voy dosificando, para que me dure. La parte de Guermantes es el tomo más voluminoso. Si Por la parte de Swann se centra en la infancia de Marcel y A la sombra de las muchachas en flor lo hacía en la juventud y el descubrimiento del amor y el sexo, en La parte de Guermantes presenciamos la incorporación de Marcel al mundo idolatrado de la aristocracia francesa de finales del siglo XIX.

En La parte de Guermantes, Proust nos presenta la teoría de los grupos sociales, su teoría de la imitación, que es tan aplicable a la estructura social actual como lo era entonces. El autor francés dibuja con detalle y de un modo casi palpable el brillante universo de la nobleza que tan bien conocía, “la riqueza era para ella como una condición necesaria de la virtud, a falta de la cual esta carecía de mérito y encanto. Las separaba tan poco, que había acabado atribuyendo a cada una de ellas las cualidades de la otra, exigiendo cierto acomodo en la virtud, reconociendo algo edificante en la riqueza”. Un universo que, a pesar de su opulencia y elegancia, se empezaba a resquebrajar, víctima de las circunstancias históricas y de ese inexorable paso del tiempo que tanto preocupa al sensible narrador de la novela. El tránsito por La parte de Guermantes traslada al lector a los ambientes en los que se movía la aristocracia francesa, en un principio contrapuesta a la clase burguesa, pero con la que acabará estableciendo una relación de complementariedad ante su progresivo e imparable declive… Toda la pompa de la aristocracia es analizada con precisión por el narrador, por ejemplo, la diferencia entre el fondo y las formas, “comprendí que no es solo en el mundo físico el que difiere del aspecto con el que lo vemos, que tal vez toda realidad sea tan desemejante de la que creemos percibir directamente y componemos con ayuda de ideas que no se revelan, pero actúan (…) fue ella [Françoise] la primera que me inspiró la idea de que una persona no está clara e inmóvil ante nosotros con sus cualidades, sus defectos, sus proyectos, sus intenciones para con nosotros (…), sino que es una sombra en la que nunca podemos penetrar, para la que no existe conocimiento directo, respecto de la cual concebimos numerosas creencias con ayuda de palabras e incluso de acciones que solo nos ofrecen – unas y otras – informaciones insuficientes y, por lo demás, contradictorias, una sombra en la que podemos imaginar sucesivamente y con la misma verosimilitud que brillan el odio y el amor”. Perdonad las citas textuales tan largas, estamos reseñando a Proust no a Azorín… Así, sobre la imagen que nos formamos de los demás, Proust más adelante añadirá que “las relaciones de amistad, de familia, son solo fijas en apariencia, pues son también eternamente móviles como el mar”.

Marcel Proust relata en este libro su extraño amor por la princesa de Guermantes, “volvía a recordar de vez en cuando la centelleante sonrisa de la Sra. de Guermantes y a sentir la dulzura que me había brindado, y, sin saber demasiado lo que hacía, intentaba situarlas (…) junto a las ideas novelescas que abrigaba desde hacía mucho y que la frialdad de Albertine, la marcha prematura de Gisele y, antes aun, la separación deseada y demasiado prolongada de Gilberte habían liberado”. El amor por la Sra. de Guermantes es diferente a los anteriores, pero en este libro no solo se detiene en él, sino también en otras relaciones entre personajes. Esas otras relaciones, le sirven a Proust para elaborar disquisiciones minuciosas sobre otros temas, uno de los que más me ha gustado es el del silencio en el amor, un silencio respetuoso con el enamorado que a este, sin embargo, desquicia, “se ha dicho que el silencio es una fuerza; en un sentido totalmente distinto, lo es – y terrible – a disposición de quienes son objeto de amor. Aumenta la ansiedad de quien espera. Nada nos incita tanto a acercarnos a una persona como lo que nos separa de ella, ¿y qué barrera más infranqueable hay que el silencio? Se ha dicho también que el silencio es un suplicio y apto para volver loco a quien se ve reducido a él en las cárceles, pero ¡qué suplicio – más aun que el de guardar silencio – es el de soportarlo en la persona a quien se ama! (…) Ese silencio más cruel que el de las cárceles es en sí una cárcel. Una clausura inmaterial seguramente, pero impenetrable, ese trecho interpuesto de atmósfera vacía, pero que los rayos visuales del abandono no pueden atravesar”.

La primera parte de la novela se cierra con el episodio de la muerte de su abuela, aunque en realidad relataba “con tragedia y humor” los últimos días de su madre. Bajo mi punto de vista la narración sobre la muerte es fría, creo que Proust se mueve mejor en el amor que en la muerte, “al retirarse, la vida acababa de llevarse las desilusiones de la vida. Una sonrisa parecía posada en los labios de mi abuela. En aquel lecho fúnebre, la muerte, como el escultor de la Edad Media, la había acostado bajo la apariencia de una muchacha”.

En la segunda parte, Marcel se centra en las reuniones de alta aristocracia. La vida en los salones, las recepciones y las conversaciones infinitas sobre temas anodinos, “sabía que la Sra. de Guermantes tenía – atributo precioso de las mujeres en verdad superiores – lo que se llama un “salón”, es decir, que sumaba a veces a las personas de su mundo alguna notabilidad a la que acaba de situar en primer plano el descubrimiento de un remedio o la producción de una obra maestra”. La asistencia de Marcel a estas reuniones le sirve para realizar una completa descripción de los Guermantes, “los Guermantes eran bastante diferentes del resto de la sociedad aristocrática: más afectados y menos comunes” porque “podían ofrecer algunas particularidades que los distinguían: su físico, sus modales, su ingenio o su inteligencia, “los Guermantes no eran menos especiales desde el punto de vista intelectual que desde el punto de vista físico”. Sobre esto último, Proust entiende la intelectualidad de los Guermantes de una forma muy particular, supongo que útil en su ambiente, “para un Guermantes – aunque fuese tonto –, ser inteligente era tener los colmillos afilados, ser capaz de decir maldades, llevarse el gato al agua, era también poder replicar tanto en materia de pintura como de música o arquitectura, hablar inglés”. Esta inteligencia la cultivaban con sus invitados y para ellos era muy importante la calidad de ese “salón” que cultivaban con sacrificio, “la calidad de un salón tiene – como un libro, como una casa – por piedra angular el sacrificio”. El paso por estos encuentros de la alta aristocracia francesa le suponen a Marcel aprendizajes significativos, “los grandes señores son casi las únicas personas de las que se aprende tanto como de los campesinos”.

Es difícil condensar en una reseña el contenido de cualquier volumen de En busca del tiempo perdido, es una tarea ardua a la que renuncié desde el primer tomo. Proust es un narrador magnífico, no se deja nada, no tiene prisa por avanzar en la trama, prefiere entretenerse en detallar aspectos físicos, sociales o psicológicos de los ambientes y los personajes. Se agradece ese tipo de narrador que tanto escasea en la actualidad. Además, Proust aporta algo que es difícil de encontrar en la literatura: se sale de la inmediatez, te propone un texto casi perfecto alejado del ruido de los acontecimientos históricos. El mundo se derrumbaba y Proust miraba para otro lado. Nos proponía un refugio, una cueva donde salvarnos de la barbarie o de las disputas (antes bélicas, ahora simplemente políticas) de los diarios y los parlamentos. Puede ser irresponsable, pero a veces es necesario y hay pocos acompañantes para esos momentos al nivel de Marcel Proust.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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