Reseña de Zafarrancho en Cambridge de Tom Sharpe

Una novela disparatada, divertidísima y surrealista sobre un college de Cambridge

 

Desde que descubrí las “novelas de campus” procuro intercalar alguna de vez en cuando. Me parece un género maravilloso. Quizás sea por gusto profesional o porque me va la marcha (ninguna deja en muy buen lugar a las instituciones ni a los docentes, salvo dignas excepciones). Los que seguís este blog sabéis que he hecho referencia a libros como Stoner de John Williams, Desgracia de Coetzee y Lucky Jim de Kingsley Amis (perdonad que las primeras reseñas están volcadas de Instagram y las reseñas son muy cortas, pero no quería perderlas). Ahora os traigo Zafarrancho en Cambridge, una novela de Tom Sharpe que transcurre en un college de Cambridge, el Porterhouse. Para los no iniciados en el mundo universitario los college tienen un funcionamiento similar a los antiguos colegios mayores. Proveen alojamiento, comida, bibliotecas, actividades deportivas y sociales, también nombran tutores encargados de seguir el desempeño de los estudiantes. La universidad –en este caso Cambridge– provee las clases, realiza los exámenes y otorga los títulos (aunque en la novela vemos como los títulos también los expiden los colleges). Los colleges son entidades totalmente independientes, propietarias de sus inmuebles, con personal propio y su propio presupuesto. Es curioso, además, que en algunos casos los colleges pueden tener mejores condiciones financieras que las universidades a las que están asociados.

El Porterhouse es un college que nunca se ha distinguido por su buen nivel académico, sino por su excelente cocina y la sospechosa facilidad con la que expiden títulos universitarios. Es decir, un centro de juerga y no de estudio. Un centro hasta ahora gestionado por personajes chapados a la antigua y, sobre todo, muy apegados a sus tradiciones. Tan conservadores que no dudan en opinar, y a veces actuar, como fundamentalistas. Con esta situación, llega al college un nuevo master, un nuevo director. Este director quiere cambiar el prestigio del college, y para eso propone las siguientes medidas: “solo aceptaremos candidatos que posean buenas calificaciones académicas, (…), se convertirá en una institución mixta a partir del próximo curso, (…), los hábitos culinarios en el hall serán cambiados. Se creará un self – service llevado por una firma de proveedores externos. Y tampoco habrá mesa de cabecera. Desaparecerán todas las modalidades de segregación académica”. La trama viene dada por el enfrentamiento entre estas dos visiones opuestas de llevar el college. Las fuerzas vivas (rancias a más no poder) del centro –el deán, el capellán, el tutor y, Skullion, el protagonista, el portero del college– estallan en bramidos y asombros, con caras lívidas y congestionadas. Pero el master es firme en sus convicciones, “no volveremos a encontrarnos paralizados por la obsolescencia de unas tradiciones pasadas de moda, por los prejuicios de clase, por las limitaciones del pasado y el cinismo del presente, sino que, inspirados por la confianza en el futuro, nos demostraremos a nosotros mismos que somos dignos de la herencia que nos ha sido confiada”. El zafarrancho está montado. El deán encabeza una serie de maquinaciones orientadas a expulsar al nuevo master y a reponer el orden institucional anterior, “no estoy dispuesto a permanecer cruzado de brazos mientras se burla de las tradiciones del colegio” le grita el deán al máster en un momento de la narración. Y se pone en marcha una serie de catastróficas decisiones que tendrán efectos inesperados.

La novela, si aún no ha quedado claro, está escrita en clave de humor. Es divertidísima. Los personajes no tienen desperdicio. El único cabal es el master, el resto son una panda de energúmenos sacados de una película de Berlanga o Cuerda. Geniales. En esta guerra hay personajes radicales. Cada uno, a su manera, es inteligente y se comporta con racionalidad. Se generan algunos equívocos y situaciones chocantes, pero el culmen del disparate es la escena de los preservativos que ilustra la portada, donde un estudiante trastornado se dedica a hinchar preservativos y estos se escapan por la chimenea de la habitación hasta que se atascan y se derrumba la pared del edificio dejando al descubierto a una señora de la limpieza y al estudiante en cuestión manteniendo relaciones sexuales. Disparatado. Por todo ello, el humor de Sharpe consigue divertir dejando que los personajes se retraten a sí mismos.  Y algunos de ellos, como Skullion, son para recordar.

El final es genial. El cierre, aunque inesperado, es el mejor de todos los posibles. Delirante. Completa el ritmo absurdo y surrealista que llevaba la novela. No os lo desvelaré, pero merece la pena llegar hasta el final. Es una novela cortita (240 páginas), se lee bastante bien. Es cierto que solo está editada en Compactos y eso de primeras echa un poco para atrás. Si consigues superar las reticencias iniciales disfrutarás de una novela alucinante.

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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