Reseña de La felicidad del lobo de Paolo Cognetti

Huir para encontrarse, retirarse para ser feliz

Con Cognetti he tenido experiencias contradictorias. Si seguís el blog sabréis que disfruté muchísimo Las ocho montañas y que me decepcionó Sin llegar nunca a la cumbre. Así que adentrarme de nuevo en este autor era recorrer un territorio cargado de incertidumbre. La felicidad del lobo retoma el camino de la ficción y me agarraba a la idea de que se pareciera más a Las ocho montañas que a Sin llegar nunca a la cumbre que no dejaba de ser la crónica de un viaje. Y, para mi gozo, así ha sido.

La felicidad del lobo cuenta la historia de Fausto, un hombre que decide dejar su fracasada vida y trasladarse a Fontana Fredda, un pequeño pueblo alpino (creo que ficticio) aunque lo sitúa cerca del Monte Rosa (este sí es real y muy bonito, googleadlo). Allí intentará encontrar una nueva voz a su escritura mientras se intenta mimetizar con un entorno familiar de su infancia, pero totalmente desconocido en la actualidad. Fausto conoce las montañas, pero no a las personas. Entrará como cocinero en un restaurante de alpinistas, montañeros y esquiadores de la zona, donde conocerá a Silvia, una joven encantadora que trabaja como camarera, y a Santorso un retirado guardia forestal de la zona que flota en alcohol. El viaje que le propone Cognetti a los personajes es más espiritual, en una entrevista reconocerá que «la identidad de los personajes de la novela se transforma a medida que avanza –dice–. Una de mis obsesiones es que nuestro nombre y el trabajo que hacemos no sean nuestra cárcel. Me gustaría pensar que podemos vivir identidades diversas«. De hecho, hay una parte autobiográfica en la novela, pues Cognetti, tras el abrumador éxito de Las ocho montañas, se fue a vivir a Los Alpes, «Igual que Fausto, volví a la montaña como invitado, pero ha acabado siendo mi lugar –explica–. Ahora he abierto un refugio. Quiero echar raíces, acoger a quien quiera venir, cocinar para ellos. En la vida es más fácil ser el vagabundo que el que se queda. Establecerte en un lugar y generar algo es un gesto adulto«. Estoy totalmente de acuerdo con esto, pero para cumplirlo tendría que vivir otra vida, y como no creo en la resurrección, creo que me voy a esforzar en leer mucho para vivir muchas veces.

Más allá de la historia, que está estupendamente contada y es entretenidísima de leer, lo que más me ha gustado del libro es el enfoque del entorno alpino como un espacio de libertad, sencillez y humildad. Los personajes no son rebuscados, no tienen intereses más allá de la búsqueda de frescura, de ampliar horizontes y ensanchar los pulmones (físicos y mentales). Las historias que envuelven Fontana Fredda y a Fausto son verídicas, tienen un cierto aroma a Haruf y a Butler. Para ilustrar esa búsqueda de libertad, Cognetti se fija en el lobo, “el lobo seguía un instinto incomprensible (…) Llegaba a un valle, donde a lo mejor encontraba mucha caza, pero por la razón que fuera no se quedaba y de repente abandonaba todas esas delicias y se marchaba a buscar la felicidad a otro lado. Siempre a nuevos bosques, siempre a la cima siguiente, persiguiendo el olor de una nueva hembra o el aullido de una manada o nada tan evidente, llevándose el canto de un mundo más joven, como escribió Jack London”. Fausto es un lobo y Silvia una loba. Coinciden en un espacio-tiempo concreto, se disfrutan, se ayudan, se entienden, y se van, quizá volverán. Por si hay algún despistado, la referencia de Cognetti a London se debe a su archiconocido La llamada de lo salvaje, ambientado en Canadá y en el que Cognetti se inspira tanto en el espíritu del libro como en el estilo, pues gran parte del atractivo de esta novela deriva de su aparente simplicidad y de la intensa emoción que transmite este relato de supervivencia. Leyendo a Cognetti y otros libros de esta temática (os recomiendo la colección de Libros Salvajes de Errata Naturae, algunos reseñados en este blog), tengo la recurrente idea de que la montaña es una de las mejores escuelas que nos regala la naturaleza. Si viviéramos en armonía con la montaña, si no necesitásemos la fugacidad y la crudeza de las grandes urbes, seríamos mejores personas y más felices. Seguramente sea un pensamiento utópico, pero creo en una sociedad plena capaz de autoabastecerse material y espiritualmente en la naturaleza. Y esta es solo una de las bonitas conclusiones que me ha dejado este libro. Animaos a leerlo y a sacar las vuestras.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

Deja una respuesta

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: