Reseña de El extranjero de Albert Camus

Un libro que no te dejará indiferente a menos que seas como el protagonista

De un libro más desconocido como pudiera ser Declaración de las canciones oscuras, a un clásico como El extranjero de Albert Camus, ahora editado por Literatura Random House. En este blog viajamos mucho de unos extremos a otros del universo literario (¿el universo tiene extremos?) con el objetivo de proponeros lecturas diferentes para lectores diferentes, qué aburrido si nos apeteciera leer siempre lo mismo que a los demás. Hoy os propongo un libro muy especial, porque está escrito de manera muy sencilla, pero por dentro es un artefacto complejo y cargado de reflexiones filosóficas. Lo leerás una vez y lo rumiarás toda la vida. De esas historias que no se olvidan. No desaprovechéis la edición de Random House con una nueva traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego.

En El extranjero, Meursault, el protagonista y antihéroe de esta historia, vive en la más absoluta pasividad y alexitimia: “Mamá se ha muerto hoy. O puede que ayer, no lo sé”. Este archiconocido inicio demuestra un sentido apático de la existencia y aun de la propia muerte. Vive sin alicientes, sin estímulos y sin sobresaltos, sumido en un profundo desasosiego; tras enterrar a su madre… “pensé que un domingo menos, que mamá ya estaba enterrada, que iba a volver al trabajo y que, a fin de cuentas, no había cambiado nada”. Meursault personifica el vacío axiológico del ser humano, degradado por el absurdo de su propio destino, ni el matrimonio, ni la amistad, ni la superación personal, ni la muerte de una madre… nada tiene la suficiente importancia. La angustia existencial inundaba todo su ser. Aunque tampoco tengo claro que sea “angustia” una palabra acertada para este personaje, porque una angustia es una reacción a un peligro y Meursault no reacciona ante nada. Su forma de entender el mundo es la apatía y la pasividad, la inactividad y la falta de compromiso ante todo. No se hace preguntas, no busca explicaciones y se mantiene impasible ante lo que acontece a su alrededor. En el trabajo le ofrecen un puesto en París y le dicen que, siendo joven, la vida parisina podría gustarle, a lo que nuestro protagonista responde: “Le dije que sí, pero que en el fondo me daba igual. Me preguntó si no me interesaba cambiar de vida. Contesté que nunca se cambia de vida, que en cualquier caso todas eran más o menos lo mismo y que la mía aquí no me desagradaba en absoluto (…) Cuando estaba estudiando tenía muchas ambiciones de esas. Pero cuando tuve que dejar los estudios, me di cuenta de que todas esas cosas, en realidad, carecerían de importancia”. Incluso, en un momento tenso y trágico para el común de los mortales que no voy a desentrañar (leed el libro), Meursault sin embargo permanecerá acostado viendo pasar el tiempo: “me pongo las manos detrás de la cabeza y espero”.

A veces creo que todos conocemos a alguien así, pero también los hemos visto demostrando humanidad y estando afectados (para bien o para mal) por lo que les rodea. Lo de este protagonista es inaudito y solo ante el final de la novela, Meursault parece que reacciona, aunque quizás ya sea tarde: “Por primera vez, desde hacía mucho, me acordé de mamá. Me pareció que entendía por qué, al final de la vida, se había “echado novio”, por qué había jugado a volver a empezar (…) Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse entonces liberada y dispuesta a volver a vivirlo todo (…) Y yo también me sentí dispuesto a volver a vivirlo todo”. Hay quien ve en Meursault un comportamiento más propio de la ataraxia (control emocional en estado de tranquilidad permanente sin deseos ni temores), pero yo me decanto por la alexitimia que se caracteriza por la imposibilidad de sentir. Camus crea un personaje alexitímico como lo es la sociedad de hoy en día que, aunque llega a manifestarse, poco hace por transformar la realidad. Según los expertos, Camus escribió una obra provocadora en cuyo trasfondo aparece el rostro desgarrado de una Europa herida y violentada por dos guerras mundiales. Pintó una historia gris donde el paisaje está oscurecido por la extirpación de cualquier pasión o voluntad del hombre. Sin embargo, si algo convierte a un libro en clásico es que no deja de sugerir lecturas e interpretaciones aunque cambie el contexto en el que fue concebido, y hoy en día la crítica social de este libro es de actualidad. El extranjero es una brillante crítica a la frialdad, a la tibieza ante las injusticias y una vida sin motivaciones, una sociedad que vaga por el mundo sin estímulos ni alicientes que la incentiven. Una sociedad donde las personas pasan por el mundo sin que el mundo pase por ellas. Aunque individualmente sí estemos afectados no actuamos conjuntamente como esa afectación particular requeriría. Hay en el libro un par de situaciones que dan mucho juego en el debate e interpretaciones sobre el texto, pero que no voy a desentrañar aquí para que disfrutéis de la lectura sin espoilers, pero si os apetece podemos debatirlo cuando lo leáis tanto en los comentarios del post como en Instagram (@leeresvivir2veces).

Os animo a leer una novela maravillosa, la novela por excelencia sobre la indolencia del hombre del siglo XX (y quizás ahora también del siglo XXI), un hombre que no encuentra su lugar, un extranjero en su propio mundo, un referente existencial y una excelente oportunidad para acercarse a conocer al Nobel argelino.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

3 comentarios sobre “Reseña de El extranjero de Albert Camus

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