Reseña de Y eso fue lo que pasó de Natalia Ginzburg

Un relato sobre la emancipación emocional y el respeto a uno mismo

Natalia Ginzburg está considerada una de las escritoras italianas más brillantes del siglo XX. Mi primer contacto con ella fue con Me casé por alegría y sigo teniendo pendiente su gran Léxico familiar. Ahora os traigo una de las novelas que más ganas tenía de leer de esta palermitana, Y eso fue lo que pasó. Publicada en 1947 es su segunda novela tras El camino que va a la ciudad. La edición de Acantilado es brillante, con traducción de Andrés Barba y el Prólogo de Italo Calvino.

Y eso fue lo que pasó es la confesión de un crimen (“le pegué un tiro entre los ojos”) y su justificación. La novela comienza con el asesinato por parte de la protagonista a su marido, Alberto. Desesperada por las constantes infidelidades mantenidas por este desde el principio de su relación, el testimonio (narrado desde que se conocieron hasta el fatídico momento) contiene una sinceridad brutal que la presenta como una mujer volcada en una relación sin futuro, “luego pensé que las personas siempre sienten deseo de decir la verdad aunque sea algo difícil y muchas veces requiera valor. Así fue como le dije que le quería”. Pero Alberto es un verso libre que no la corresponde, “después de decirle todas aquellas cosas me había dado la vuelta para dejar de ver aquella cara suya asustada y triste. Ya me había dado cuenta de que no me amaba”. Porque Alberto estaba enamorado de otra mujer, un amor platónico nunca consumado. Sin embargo, Alberto dará pasos inexorables hacia la catástrofe, “cuando me preguntó si me quería casar con él le dije que sí. Eso sí, le pregunté cómo se las iba a apañar para vivir conmigo si estaba enamorado de otra mujer, y me contestó que si yo le quería a él y era valiente nos podíamos llevar muy bien juntos, que había muchos matrimonios así porque era muy difícil y extraordinario que se casaran dos personas que se quisieran el uno al otro”. Atroz. La protagonista va entrando en esta espiral de derrota, va bajando a los infiernos abandonándose a sí misma, “había dejado que muriera todo lo que no tenía que ver con él”, vivía por y para él, con una fe ciega que le impedía darse cuenta de que las constantes salidas de Alberto no eran por trabajo ni se iba con Augusto, su amigo de la infancia, a pasar unos días a la montaña, “pocos días después de que se marchara me encontré a Augusto por la calle (…) Y así fue como me enteré de que Alberto me había mentido, que no se había ido de viaje con Augusto. (…) Nunca me había imaginado que me pudiese mentir. LE había ayudado a hacer la maleta, le había metido una chaqueta de lana porque pensé que podía hacer frío en las granjas y en los hoteles rurales en los que decía que se iba a alojar. No había querido la chaqueta de lana y yo había insistido. Había salido de casa a toda prisa diciendo que Augusto le estaba esperando en el café de la estación”. A partir de entonces, la protagonista empieza a hilar y a darse cuenta de muchas situaciones que ahora tenían sentido. Y mantendrá a Alberto en secreto que sabe la verdad, pero se irá haciendo insostenible. Por el camino las cosas se irán complicando, tendrán una hija, pero las salidas de Alberto no cesan. Sin embargo, nuestra protagonista se irá empoderando, irá siendo consciente de la mentira en la que se ha convertido su vida y tomará cartas en el asunto. Afronta de cara la situación y se planta ante Alberto para acordar una separación, y lo consigue: “Me desnudé y me quedé mirando en el espejo aquel cuerpo desnudo que ya no pertenecía a ningún hombre. Podía hacer lo que me diera la gana. Podía irme de viaje con Francesca y con la niña. Podía encontrarme con cualquier hombre que quisiera y hacer el amor con él si me daba la gana. Podía leer libros y visitar pueblos y ver cómo vivía el resto del mundo. Había sido necesario llegar hasta ahí. Me había equivocado en todo, pero todavía se podía remediar. Si hacía un esfuerzo me podía convertir en otra mujer. Me metí en la cama y todavía me quedé allí un poco con los ojos abiertos en la oscuridad mientras sentía cómo iba creciendo en el interior de mi cuerpo una fuerza fría y enorme”. Y sin embargo, estamos ante una mujer terrible y desesperadamente enamorada, una mujer sin una salida que dignifique su situación y repare los daños sufridos. Una mujer enamorada que continuamente visualiza un revólver como vía de escape.

Ginzburg ha escrito una novela inmortal. Empezar por el disparo permite deslocalizarlo y mandar el mensaje de que lo imparte es todo lo que vino antes. La novela tiene muchos aciertos. La constancia y la abnegación de la protagonista. Esa actitud de lucha, de no perder la esperanza en que la situación revertiera. El tempo del relato y el proceso de liberación de una mujer sumisa, su emancipación emocional. En apenas cien páginas, Ginzburg presenta un crisol enorme de sentimientos, situaciones y vértices sociales a través de un proceso de desenamoramiento de un hombre mientras aprende a amarse a sí misma. En la Nota que anticipa la novela, la autora explica cómo se sentía cuando la escribió y deja un consejo al gremio: “cuando escribí Y eso fue lo que pasó me sentía infeliz (…) escribí esta historia para sentirme un poco menos infeliz. Me equivoqué. No debemos buscar nunca un consuelo en la escritura. No debemos perseguir un objetivo. Si hay algo seguro es que es necesario escribir sin perseguir un objetivo”. Yo solo puedo darle las gracias porque se pusiera a escribir. Nos ha regalado una historia inolvidable, cruda, dura, en momentos atroz, de auténtica locura, y un testimonio que nos enseña lo importante que es empezar por quererse y respetarse a uno mismo. Leed a Ginzburg, deteneos en sus libros y disfrutad.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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