
Las palabras que no debemos dejar para mañana
Vivimos aplazando palabras que creemos que podremos decir mañana. Gracias es una de ellas. También te quiero, perdóname, quédate un rato más o simplemente estoy aquí. El problema es que a veces el mañana llega demasiado tarde. Las gratitudes de Delphine de Vigan, editado por Anagrama en 202 –publicado originalmente en 2019–, es uno de esos pequeños libros que te obligan a detenerte. Una novela breve, sencilla y profundamente emocional que terminé con la sensación de haber leído algo necesario. Hace apenas una reseña utilicé esa misma palabra para hablar de El amo del corral, pero la necesidad aquí es otra. No nace de denunciar una gran injusticia o de mirar hacia alguno de los grandes problemas de nuestro tiempo, sino de algo mucho más cercano: cómo tratamos a nuestros mayores, cómo los cuidamos, cuánto tiempo les dedicamos y qué hacemos con todo lo que todavía tenemos pendiente de decirles. Es un libro necesario para leerlo, sí, pero sobre todo para pensarlo, sentirlo y volverlo a pensar.
Las gratitudes está protagonizada por Michka Seld, una anciana que comienza a perder su autonomía y debe ingresar en una residencia. También está perdiendo algo todavía más esencial: las palabras. Una afasia va deteriorando progresivamente su capacidad para comunicarse y Delphine de Vigan incorpora esa pérdida al propio lenguaje de Michka, dejando que las palabras se equivoquen, desaparezcan o se transformen ante nosotros (este recurso funciona muy bien, hay partes muy divertidas y entrañables). A su alrededor aparecen las otras dos voces de la novela: Marie, una joven a la que Michka cuidó cuando era niña, y Jérôme, el logopeda de la residencia que intenta ayudarla a conservar el habla durante el mayor tiempo posible. Pero Michka tiene además una última deuda. Durante la ocupación alemana, un matrimonio la escondió y evitó que terminara en un campo de exterminio. Nunca pudo agradecerles lo que hicieron por ella y, cuando empieza a sentir que se le acaba el tiempo y que también se le acaban las palabras, necesita encontrarlos. Esa búsqueda articula una novela que habla de la gratitud, pero también de la memoria, la vejez, la soledad, el cuidado y todas esas deudas afectivas que acumulamos a lo largo de una vida.
La historia es sencilla. Delphine de Vigan tampoco necesita mucho más. Cuando reseñé No y yo decía que era una novela cargada de valores y descargada de recursos literarios. Dos años después, tras leer Nada se opone a la noche, escribí que De Vigan era capaz de contar historias corrientes y hacerlas extraordinarias, construyendo personajes honestos sin necesidad de grandes virguerías. Creo que Las gratitudes se encuentra precisamente ahí. Es una novela mucho menos ambiciosa que Nada se opone a la noche, pero vuelve a reconocerse esa escritura contenida, clara y aparentemente sencilla con la que la autora francesa sabe acercarse a lugares emocionalmente muy complejos.
Y en esta ocasión me ha tocado especialmente por las preguntas que deja: ¿cómo envejeceré?, ¿qué será de mí cuando sea mayor?, ¿cómo llevaré la pérdida de autonomía?, ¿quién estará entonces a mi lado? Pero también me ha obligado a mirar hacia el otro lado de la relación. A pensar en mi madre y decirme que, si algún día puedo cuidarla en casa, quiero hacerlo. No porque una residencia signifique necesariamente abandono —la propia novela muestra precisamente la humanidad de quienes trabajan cuidando a los demás—, sino porque el libro te obliga a imaginar la vejez de las personas que quieres y a preguntarte qué lugar quieres ocupar tú cuando llegue ese momento. Y quizá ahí esté para mí lo más importante de Las gratitudes: no habla únicamente de los mayores, habla de nosotros frente a ellos. De cuánto llamamos, de cuánto escuchamos, de las prisas con las que vivimos, de las veces que creemos que podremos hacer una visita la semana que viene. De todo lo que damos por supuesto porque pensamos que seguirá estando allí. Y, sobre todo, de la necesidad de decirnos las cosas en vida. Porque las palabras también caducan. Michka lo sabe mejor que nadie cuando empieza a perderlas y De Vigan convierte esa afasia en uno de los elementos más hermosos de la novela: alguien que necesita desesperadamente expresar su agradecimiento empieza precisamente a quedarse sin la herramienta para hacerlo. Las palabras dejan entonces de ser algo cotidiano para convertirse en algo valiosísimo. Qué decir, cuándo decirlo y a quién decírselo adquiere una urgencia que probablemente no debería ser exclusiva de quien siente cerca el final.
No suelo frecuentar demasiado estos rincones literarios y quizá por eso agradezco más todavía encontrarme de vez en cuando con libros así. Libros sentidos, emocionales, que no pretenden deslumbrar con grandes artificios, sino sentarnos un momento delante de nuestra propia vida. Delphine de Vigan tiene esa capacidad. Ya estaba en No y yo, desde una mirada mucho más social, y atravesaba de una manera mucho más dolorosa Nada se opone a la noche. Sus novelas saben tocar el corazón sin dejar de hacernos preguntas. Nos hacen pensar con la piel, con las vísceras, desde lugares a los que la razón no siempre llega sola.
Está bien que existan libros así. Que de vez en cuando una novela nos recuerde que nuestros padres envejecerán, que nosotros también lo haremos, que cuidar requiere tiempo, que agradecer requiere palabras y que ninguna de las dos cosas debería aplazarse indefinidamente. Porque tenemos la mala costumbre de comportarnos como si siempre quedara tiempo. Y no siempre queda.
Las gratitudes es una novela pequeña, bonita y profundamente humana. De esas que quizá no necesiten cambiar nuestra manera de entender la literatura, pero sí pueden modificar durante un rato nuestra manera de mirar a quienes tenemos cerca. Y a veces con eso basta. Porque la vida hay que vivirla, y a veces se vive leyendo.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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