
Una travesía (literaria) irrepetible
La posteridad tiene la mala costumbre de llegar tarde. Algunas de las obras que hoy ocupan un lugar indiscutible en la historia de la literatura tuvieron que esperar décadas para encontrar a sus lectores, y entre ellas está Moby-Dick de Herman Melville. La novela se publicó primero en Gran Bretaña, en octubre de 1851 como The Whale, y un mes después en Estados Unidos como Moby-Dick; o, La ballena. La recepción fue desigual, las ventas decepcionantes y su consagración como gran clásico llegaría mucho después de la muerte del autor. Melville ya había pasado por este blog en 2021 con Bartleby, el escribiente, donde me refería precisamente a su “majestuosa (y aún pendiente) Moby-Dick”. Cinco años después he saldado aquella deuda con la extraordinaria edición de Akal traducida por Fernando Velasco Garrido: casi mil páginas entre la novela y un cuidado aparato crítico con introducción, estudio final, notas, bibliografía, léxico náutico e imágenes.
El narrador de la novela es Ismael quien decide embarcarse para combatir la melancolía que periódicamente lo empuja hacia el mar. Junto a Queequeg se enrola en el Pequod, un ballenero poblado por hombres procedentes de medio mundo y comandado por un capitán que tarda en dejarse ver. Cuando Ajab aparece, la novela comienza a orbitar a su alrededor. Tanto es así que Ismael, fundamental como voz narrativa, va perdiendo importancia como personaje hasta casi desaparecer de la acción. Melville puede entonces hacer con la narración prácticamente lo que quiere: alternar perspectivas, introducir monólogos y escenas casi teatrales o detener durante páginas la historia para hablar de cetología, religión, filosofía, navegación o industria ballenera. Ahí está una de las mayores dificultades y, al mismo tiempo, uno de los grandes logros de Moby-Dick: Melville parece querer meter el mundo entero dentro de una ballena; por cierto, para ubicar al lector, la novela apareció ocho años antes de que Darwin publicara El origen de las especies y los larguísimos intentos de Ismael de clasificar cetáceos pertenecen a una ciencia decimonónica todavía en construcción. Pero esos capítulos aparentemente enciclopédicos terminan formando parte del sentido de la obra: cuanto más mide, describe y disecciona Ismael a las ballenas, menos parece agotarlas. No resulta casual que asegure que «un barco ballenero fue mi facultad de Yale y mi universidad de Harvard». El mar es aventura, trabajo y escuela, pero también un instrumento para intentar comprender un mundo que se resiste a ser comprendido.
Algo parecido a lo que ocurre con Ajab, ocurre también con Moby Dick. Se habla de ella durante cientos de páginas, condiciona cada movimiento del barco y ocupa por completo la mente de Ajab, pero la ballena blanca no aparece hasta el capítulo 133, “¡Allí resopla! ¡Allí resopla! ¡Una joroba como un monte nevado! ¡Es Moby Dick!”. Hasta entonces existe sobre todo en relatos, temores y proyecciones. Para Ajab ha dejado incluso de ser un animal, “él amontonaba sobre la blanca joroba de la ballena la suma de toda su rabia y todo el odio colectivo sentido por su entera estirpe desde Adán; y luego, como si su pecho fuera un mortero, hacía estallar sobre ella el caliente proyectil de su corazón”. Sobre Moby Dick ha colocado todo aquello contra lo que necesita rebelarse. De ahí nace el interminable juego de interpretaciones que acompaña a la novela desde hace más de siglo y medio. Moby Dick puede ser la naturaleza indiferente, el Mal, Dios, el destino, la muerte, lo absoluto o el vacío. Su blancura remite a la pureza, la divinidad y la belleza, pero también al terror, la ausencia y la nada. El error sería decidir que representa definitivamente cualquiera de esas cosas. Melville admite las lecturas al mismo tiempo que parece burlarse de nuestra pretensión de encontrar una capaz de cerrar por completo el significado de la novela.
Aquí regresé inevitablemente a El punto ciego, de Javier Cercas, que reseñé en este blog hace unos años y que fue uno de los libros que colocaron Moby-Dick más arriba en mi lista de pendientes. Cercas encuentra precisamente su punto ciego en la imposibilidad de determinar de manera inequívoca qué es Moby Dick, qué representa y por qué Ajab está dispuesto a perseguirla hasta destruirse. La novela resuelve qué sucede con la ballena, pero no qué significa la ballena. Ahora entiendo perfectamente por qué Cercas la eligió como uno de sus ejemplos. Y quizá podamos ir todavía un paso más allá: la cuestión esencial de Moby-Dick no sea únicamente qué significa la ballena, sino por qué Ajab necesita desesperadamente que signifique algo. No soporta la incertidumbre, necesita encontrar detrás de la apariencia del mundo una verdad y su tragedia consiste en estar absolutamente convencido de haberla encontrado.
Frente a Ajab está Starbuck, probablemente el personaje que más me ha interesado de toda la tripulación. Primer oficial, prudente y sereno, resume su manera de entender el oficio cuando afirma “no llevaré hombre en mi lancha que no tenga miedo de una ballena”. No es cobardía, sino conocimiento del riesgo. Starbuck sabe que Moby Dick es (solo) una ballena, que el Pequod no salió de Nantucket para satisfacer la venganza de Ajab y que detrás quedan familias esperando el regreso. Ve la locura de su capitán, protesta contra ella e incluso tendrá la posibilidad de detenerla. Y, sin embargo, no lo hace. La destrucción del Pequod necesita la obsesión de Ajab, pero también la obediencia de quienes saben que está conduciendo a todos hacia el desastre. A su alrededor Melville dibuja una tripulación memorable: Stubb afronta el peligro desde un humor fatalista; Fedallah acompaña a Ajab como una presencia oscura cargada de profecías; y Queequeg, Tashtego o el imponente Daggoo aportan a ese microcosmos una diversidad racial y cultural extraordinaria para los Estados Unidos de 1851. El Pequod admite también una lectura política: hombres procedentes de lugares muy distintos, embarcados por razones diferentes, terminan entregando su destino común a la voluntad de un solo hombre. Melville habla además de propiedad, esclavitud, colonialismo, expansión territorial y explotación económica. Convertir todo ello en una alegoría cerrada de Estados Unidos sería empobrecer la novela; ignorarlo, también.
Y vuelvo al viaje, porque fue una de las ideas que más vueltas me dio durante la lectura. Todos navegan en el mismo barco, pero ninguno hace inicialmente el mismo viaje. Ismael busca escapar de sí mismo; Starbuck trabaja y desea volver con su mujer y su hijo; otros buscan dinero, aventura o simplemente ejercer su oficio. Ajab consigue apropiarse de todos esos viajes individuales y reducirlos a uno solo. El Pequod continúa cazando otras ballenas, llenando barriles, trabajando, comiendo y navegando como si la expedición siguiera siendo la misma, pero cada una de esas cacerías funciona también como una suspensión del verdadero propósito. Mientras persiguen otros cachalotes todavía son balleneros; cuando encuentren a Moby Dick serán definitivamente los hombres de Ajab. Hay viajes que empiezan con un destino y terminan teniendo únicamente una finalidad. El Pequod debía salir, trabajar y regresar; Ajab sustituye ese movimiento por una persecución que no conduce a ningún puerto. El barco recorre miles de millas para alcanzar algo que, cuando finalmente alcanza, continúa siendo inaccesible. Ajab encuentra a Moby Dick, pero no obtiene de ella ninguna respuesta. La ballena no revela si detrás de su blancura existe Dios, el Mal, la naturaleza o absolutamente nada. Simplemente aparece. Y entonces todo aquello que durante cientos de páginas parecía una amenaza lejana se precipita con la violencia de una tragedia anunciada. Melville cierra la historia con una de esas frases ante las que solo queda detenerse: «después todo se derrumbó, y la gran mortaja del mar se meció lo mismo que se meció cinco mil años atrás». El océano vuelve a quedar como estaba antes de Ajab, antes del Pequod, antes de aquella persecución desmesurada y de todos los significados que los hombres habían querido imponerle. Quizá esa indiferencia del mar sea la última respuesta de una novela que se ha pasado casi mil páginas negándose a proporcionar respuestas definitivas.
Moby-Dick es excesiva, extraña, irregular, exigente y a veces deliberadamente agotadora. También es una de esas obras capaces de ensanchar nuestra idea de lo que puede llegar a ser una novela. No creo que haya que acercarse a ella únicamente para conocer a Ajab ni para descubrir qué representa la ballena blanca. Hay que embarcarse, aceptar sus calmas y sus tormentas, dejarse desconcertar por sus desvíos y permitir que algunas de sus preguntas nos acompañen mucho después de haber regresado a tierra. Porque, entre todos esos libros que siguen esperando ser leídos, de vez en cuando aparece a lo lejos una joroba blanca. ¡Allí resopla! ¡Allí resopla! Es Moby-Dick. Y merece la pena salir tras ella.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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