Reseña de El amo del corral de Tristan Egolf

Cuando los invisibles descubren su fuerza

El tiempo no siempre coloca los libros en el lugar que merecen. A veces hace falta que una editorial vuelva la vista atrás y rescate una obra para que encuentre nuevos lectores. Eso es precisamente lo que ha hecho Seix Barral con El amo del corral, la primera novela de Tristan Egolf, publicada originalmente a finales de los noventa y convertida con los años en una obra de culto. Más de dos décadas después de la prematura muerte de su autor, esta reedición permite recuperar una de las voces más singulares y furiosas de la literatura estadounidense reciente. La propia historia de Egolf contribuye inevitablemente al aura que rodea el libro. Nacido accidentalmente en El Escorial en 1971, criado en Estados Unidos, músico punk y activista político, vio cómo su primera novela era rechazada repetidamente por las editoriales de su país. Terminó marchándose a París, donde el manuscrito llegó, a través de Marie Modiano, hija de Patrick Modiano, hasta Gallimard. La editorial francesa lo publicó en 1998 y su éxito permitió que la novela regresara después al mismo Estados Unidos que inicialmente la había rechazado. Egolf se suicidó en 2005, con apenas treinta y tres años. Pero vamos a la novela que es lo importante.

El amo del corral cuenta la historia de John Kaltenbrunner, un muchacho extraordinariamente dotado para aquello que despierta su interés y desastrosamente incapacitado para adaptarse a casi todo lo demás. Desde niño demuestra una habilidad insólita para sacar adelante su granja, criar animales o levantar pequeños negocios, pero la vida empieza muy pronto a ponerle la zancadilla. Y Kaltenbrunner tiene una peculiaridad: cada golpe recibido parece devolverlo multiplicado. Lo que podría haber sido una convencional novela de aprendizaje se convierte casi en su reverso. John no aprende a integrarse en la sociedad; aprende, golpe a golpe, que esa sociedad tampoco parece tener demasiada intención de integrarlo. Ahí reside buena parte de la grandeza del personaje. Kaltenbrunner es un antihéroe gigantesco: obstinado, incómodo, violento, inteligente, desmesurado y, por momentos, completamente disparatado. Cada vez que parece derrotado vuelve a levantarse para iniciar una batalla todavía mayor. Como si sobre toda su historia pudiera escribirse una misma frase: no hay descanso para el guerrero.

Pero reducir la novela a las peripecias de Kaltenbrunner sería quedarse en la superficie. Egolf utiliza al personaje para descender hasta el subsuelo de la América profunda, lejos del relato del éxito y las oportunidades. Allí están los pobres, los trabajadores precarios, los marginados y quienes realizan los trabajos que nadie quiere hacer: una América invisible sin la cual, paradójicamente, la América visible no podría funcionar. El momento decisivo llegará cuando John termine trabajando en la recogida de basura de Baker. Entre aquellos hombres encuentra algo que hasta entonces apenas había conocido: una comunidad. La rebelión individual empieza entonces a convertirse en rebelión colectiva. Hay un pasaje que, para mí, condensa extraordinariamente bien esa transformación. Los trabajadores, narradores de la historia, comprenden que “ya era hora de que nosotros, la plantilla del vertedero, asumiéramos el mando de varias facetas básicas, ya que ahora estaba perfectamente claro que, en nuestra calidad de bienhechores públicos, estábamos y siempre habíamos estado solos”. Poco después, la imagen es todavía más poderosa, “podría afirmarse que durante toda nuestra vida habíamos estado sentados encima de un barril de pólvora que el resto del mundo confiaba en que no fuéramos a explotar”. Ahí el corazón político de El amo del corral. El poder de esos hombres no reside en aquello que poseen, sino precisamente en aquello que hacen. Mientras recogen la basura y hacen desaparecer los desperdicios de los demás, pueden ser ignorados. Su trabajo funciona tan bien que permite olvidar que existen. Egolf lo formula con una crudeza magnífica: “al hombre de la basura le habían equiparado con detritus y porquería porque él lo había consentido. Era enteramente culpable del malentendido”. Y bastaba, añade, con considerar “la naturaleza de nuestros servicios y su consiguiente supresión”. Dejar de trabajar se convierte entonces en una forma de hacerse visible. La huelga de basureros es mucho más que la venganza de Kaltenbrunner contra una ciudad que lo ha maltratado: es la demostración práctica de hasta qué punto una sociedad depende de aquellos a quienes desprecia. La basura se acumula y, con ella, se derrumba también la apariencia de normalidad. Los invisibles dejan de trabajar y todo el mundo empieza a verlos. La rebelión nace cuando comprenden algo tan elemental como revolucionario: el sistema que los desprecia los necesita mucho más de lo que ellos mismos habían imaginado. Detrás de toda su desmesura hay una pregunta universal: ¿qué ocurre cuando quienes desempeñan los trabajos más duros, desagradables o imprescindibles son precisamente quienes reciben menos reconocimiento, menos poder y menos respeto? Y, sobre todo, ¿qué puede suceder cuando toman conciencia de la fuerza que poseen juntos?

La forma de contarlo está a la altura de esa rebeldía. El amo del corral es una novela torrencial, repleta de humor negro, violencia, digresiones y situaciones que bordean lo grotesco. Puede ser divertidísima y brutal con apenas unas páginas de distancia. Pero debajo de todo ese ruido permanece una enorme simpatía por los desheredados, por quienes han quedado fuera, por los que no encajan y por aquellos a quienes el mundo ha decidido convertir en perdedores. Quizá por eso John Kaltenbrunner permanece después de cerrar el libro. Ha perdido prácticamente todas las batallas que una sociedad considera importantes y, sin embargo, resulta difícil considerarlo derrotado. Hay algo profundamente inspirador en su obstinación, en su negativa a rendirse y en esa capacidad para levantarse una vez más cuando todo indicaría que debería permanecer en el suelo. El amo del corral habla de explotación, marginación, dignidad, comunidad y resistencia. Habla de todas las veces que alguien acepta que vale menos porque otro ha decidido que vale menos y, sobre todo, del instante en que deja de aceptarlo.

No sé si he sido suficientemente claro en mi valoración. Al final del libro escribí escribí lo siguiente, «Impresionante. Profunda. Inspiradora. Necesaria, al fin y al cabo, porque mientras quede algo contra lo que rebelarse, parece decirnos Kaltenbrunner, no hay descanso para el guerrero». Leedlo.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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