
Montalbano ante las miserias del mundo
Después de cuatro libros extensos —y algunos especialmente exigentes—, necesitaba un descanso lector. Y empieza a convertirse en costumbre que esos momentos de tregua los ocupe Andrea Camilleri. Las novelas del comisario Montalbano, editadas por Salamandra e ilustradas en portada por Riki Blanco, se han convertido en mis particulares libros sorbete: historias breves, ágiles y aparentemente ligeras que permiten limpiar el paladar entre lecturas de mayor envergadura. Ya hemos reseñado en el blog las entregas anteriores de la colección y, aunque empiece a resultar repetitivo, hay cosas que conviene repetir: siempre es un placer regresar a Vigàta y reencontrarse con Salvo Montalbano, Fazio, Mimì Augello, Catarella, Livia y el resto de personajes que forman este pequeño universo literario.
Sin embargo, Un giro decisivo no es una entrega más. Desde sus primeras páginas encontramos a un Montalbano profundamente desengañado, indignado por la actuación policial durante las protestas contra la cumbre del G8 celebrada en Génova en 2001 y tentado incluso de abandonar un cuerpo al que ya no sabe si quiere seguir perteneciendo. Camilleri sitúa así al personaje ante una crisis que no es únicamente profesional, sino también moral: ¿cómo continuar representando a una institución cuando quienes deberían proteger a los ciudadanos vulneran sus derechos? El malestar del comisario, su enfado y su incapacidad para aceptar determinadas injusticias marcan el tono de una novela más oscura y dolorosa de lo habitual. En ese estado de ánimo, mientras nada frente a su casa de Marinella, Montalbano encuentra en el mar el cadáver de un hombre. El cuerpo presenta unas extrañas heridas en las muñecas y los tobillos, y la investigación para averiguar su identidad acaba cruzándose con otro episodio que golpeará al comisario de una manera mucho más profunda: la llegada a las costas sicilianas de una embarcación llena de migrantes y la muerte, poco después, de un niño que viajaba en ella.
A partir de esos dos sucesos, Camilleri construye una trama policial perfectamente armada en la que las piezas van encajando poco a poco. La identidad del cadáver, las circunstancias de la muerte del niño y las redes que operan alrededor de los desplazamientos migratorios forman parte de un mismo entramado criminal. El autor mantiene la tensión, dosifica bien la información y conduce la investigación hacia un desenlace más vertiginoso y físico de lo que suele ser habitual en la serie. Un giro decisivo funciona, por tanto, como una buena novela policiaca: hay misterio, pistas, sospechosos, engaños y una resolución capaz de mantener el interés hasta las últimas páginas. Pero la verdadera fuerza del libro está en todo aquello que rodea al caso. Camilleri aborda una temática especialmente delicada sin utilizarla como un simple decorado dramático. La llegada por mar de personas migrantes —entre ellas muchos menores— aparece como la consecuencia visible de un problema global mucho más amplio. Quienes alcanzan las costas europeas no emprenden esos viajes por capricho: huyen de la pobreza, de la persecución política, de las guerras, de gobiernos dictatoriales, de Estados fallidos o casi fallidos y de sociedades que pueden expulsarlos por sus ideas, sus creencias, su orientación sexual o, simple y duramente, por la falta absoluta de oportunidades. En medio de esa desesperación aparecen las mafias, capaces de convertir la necesidad humana en una fuente de beneficios y de tratar a las personas como mercancías. Camilleri muestra la crueldad de esas redes, pero también señala la indiferencia, la corrupción y la comodidad de quienes prefieren no mirar. El Mediterráneo, tantas veces asociado en las novelas de Montalbano a la belleza, la comida, el descanso o los baños matinales del comisario, se convierte aquí en frontera, cementerio y escenario de una violencia que Europa contempla desde la orilla.
La novela está especialmente bien trabajada desde el punto de vista emocional. Camilleri evita caer en el sentimentalismo fácil, pero permite que el dolor atraviese a Montalbano y, con él, al lector. El comisario no consigue mantener la distancia profesional ante la muerte del niño. Se siente culpable, desbordado y furioso, y esa implicación personal condiciona buena parte de sus decisiones. No estamos únicamente ante el investigador intuitivo, irónico y malhumorado que conocemos, sino ante un hombre que todavía conserva la capacidad de indignarse frente al sufrimiento ajeno. Esa conciencia moral, a veces contradictoria y siempre profundamente humana, es una de las razones por las que el personaje continúa creciendo con cada entrega.
Por supuesto, siguen presentes los elementos que hacen reconocible la serie: las discusiones telefónicas con Livia, los enredos sentimentales de Mimì, la eficacia metódica de Fazio, los destrozos lingüísticos y los portazos de Catarella, el mal humor del doctor Pasquano y esa relación casi sagrada de Montalbano con la comida. Camilleri sabe introducir estos momentos de humor y cotidianidad sin rebajar la gravedad de la historia. Al contrario, sirven para recordar que la vida continúa incluso cuando el mundo muestra su rostro más miserable. Quizá ahí se encuentre una de las mayores virtudes de Un giro decisivo. Es una novela que aborda un conflicto político y humanitario de enorme complejidad sin renunciar a las reglas del género policiaco ni al universo narrativo que Camilleri ha construido alrededor de Vigàta. La crítica social no interrumpe la investigación, sino que nace de ella; y la emoción no sustituye al misterio, sino que lo vuelve más significativo. El resultado es una de las entregas más comprometidas, intensas y dolorosas de la serie hasta el momento.
Las novelas de Montalbano siguen siendo un descanso lector, pero conviene no confundir descanso con superficialidad. Camilleri escribe libros que se leen con facilidad porque domina extraordinariamente bien el ritmo, los diálogos y la construcción de las tramas, no porque tenga poco que decir. Un giro decisivo permite coger aire después de varias lecturas exigentes, pero también obliga a mirar hacia uno de los grandes dramas de nuestro tiempo. Regresar a Vigàta siempre es un placer, incluso cuando Montalbano nos recuerda que el mar que contempla cada mañana no separa únicamente dos orillas: también separa, de una manera brutalmente injusta, a quienes pueden vivir con dignidad de quienes tienen que arriesgarlo todo para intentarlo.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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