
Una novela que cala como el orbayu
Hay libros que uno compra y libros que llegan a nuestra biblioteca mucho antes de que decidamos leerlos. Mi edición de Mazurca para dos muertos, publicada por Seix Barral en 1983, perteneció a mis padres, que la leyeron en Palafrugell en 1984, antes de que yo naciera. Es uno de esos libros heredados en vida que forman parte de mi biblioteca tanto física como emocionalmente: durante años estuvo ahí, esperando a que llegara su momento. Y su momento, por fin, ha llegado. Después de leer La familia de Pascual Duarte, con la que inicié mi acercamiento a Camilo José Cela, Mazurca para dos muertos me ha permitido descubrir a un escritor todavía más libre, ambicioso y arriesgado. Publicada en 1983 y reconocida al año siguiente con el Premio Nacional de Narrativa, la novela recupera algunos elementos presentes ya en su primera obra —la violencia rural, el fatalismo, la brutalidad y la estrecha relación entre las personas y la tierra—, pero los integra en una estructura mucho más fragmentaria y experimental. Cela construye aquí una novela coral, desbordante y difícil de someter a las reglas convencionales del relato.

Mazurca para dos muertos transcurre en la Galicia rural durante los años anteriores y posteriores a la Guerra Civil. En el centro se encuentran dos asesinatos y una venganza: Fabián Minguela, el Moucho, mata durante la Guerra Civil a Baldomero Marvís, conocido como el Afouto, y a Cidrán Segade; terminada la guerra, la familia acaba ajustando cuentas con el asesino. Sin embargo, esta trama apenas es el esqueleto sobre el que Cela levanta un mundo entero. La Guerra Civil atraviesa la novela y determina la suerte de sus personajes, pero Mazurca para dos muertos no es exactamente una novela sobre la guerra, sino sobre las vidas que continúan bajo ella y alrededor de ella: un retablo de familias, animales, rencores, supersticiones, deseos, crímenes y pequeñas historias que se transmiten de boca en boca. Porque lo verdaderamente extraordinario del libro no es tanto lo que cuenta como la manera en que lo cuenta. Cela sustituye la progresión lineal por una narración que avanza y retrocede, repite episodios, anticipa muertes, corrige versiones y salta de un personaje a otro. La historia parece construirse mientras alguien la cuenta, como si el lector estuviera escuchando un cotilleo permanente entre las personas del pueblo. Cada voz aporta un recuerdo, un rumor, una sentencia o una precisión que conduce inmediatamente hacia otra historia. Un nombre llama a otro nombre; una anécdota despierta otra anécdota; una muerte remite a una venganza anterior. La novela se escribe en cascada.
Esa oralidad proporciona al texto una fluidez asombrosa. Puede resultar difícil orientarse al principio entre tantos personajes, apodos y relaciones familiares, pero pronto se comprende que no es necesario reconstruir un árbol genealógico ni ordenar minuciosamente cada acontecimiento. Hay que dejarse llevar por el ritmo de la prosa, aceptar su movimiento circular y escuchar las voces como se escucha una conversación que comenzó mucho antes de nuestra llegada. La repetición no detiene la narración: le da cadencia, fija las historias en la memoria y convierte cada episodio en parte de una tradición colectiva. La violencia forma parte de ese mundo, pero Cela no la presenta como una excepción que interrumpe la vida cotidiana. Personas y animales mueren con una naturalidad estremecedora, como si todo estuviera integrado en el mismo ciclo de nacimiento, deseo, alimentación, enfermedad y muerte. Los pasajes dedicados a los animales son algunos de los mejores de la novela. Perros, lobos, cerdos, caballos, vacas y criaturas del monte no aparecen como un simple decorado rural, sino que participan de la vida y de la violencia de los seres humanos. A veces los acompañan; otras los reflejan; en ocasiones son tratados con mayor ternura que las propias personas. Cela los observa con precisión, crudeza y una extraña forma de compasión.
Y sobre todos ellos cae la lluvia. Llueve sin descanso sobre los caminos, las casas, los montes y los muertos. La lluvia no es únicamente una descripción meteorológica ni un recurso ambiental: es el verdadero principio organizador de la novela. Borra los límites del paisaje, ralentiza el tiempo, mezcla el barro con la sangre y envuelve todas las historias en una misma materia. Es una lluvia paciente, antigua y persistente, que parece existir desde antes que los personajes y que continuará cuando todos hayan desaparecido. El Centro Virtual Cervantes la considera el motivo dominante de la obra, capaz de convertir la Galicia rural en un espacio casi mítico y suspendido en el tiempo. Me han encantado especialmente esos pasajes lluviosos. Cela consigue que la lluvia se escuche y se sienta: cae sobre la página y condiciona incluso el ritmo de las frases. La novela no se limita a describir un paisaje empapado, sino que parece escrita bajo el agua. Todo fluye, se mezcla y reaparece transformado, como los recuerdos y los rumores que circulan entre sus personajes.
Esta lectura también me ha recordado la necesidad de regresar periódicamente a los clásicos y hacerlo, cuando sea necesario, separando la obra de su autor. Cela fue una figura controvertida, contradictoria y difícil de acomodar a las sensibilidades del presente, pero reducir su literatura a su personaje público sería una forma demasiado sencilla de dejar de leerlo. En Mazurca para dos muertos hay una extraordinaria conciencia del lenguaje y una voluntad de llevar la forma novelesca hasta sus límites. Tendemos a identificar la experimentación narrativa con la literatura más reciente, como si la fragmentación, la polifonía, la ruptura temporal o la disolución del argumento fueran descubrimientos contemporáneos. Basta volver a Joyce, a Faulkner o al propio Cela para comprobar que algunas de las novelas más audaces del presente recorren caminos abiertos magistralmente durante el siglo XX. Mazurca para dos muertos participa de esa tradición: no presenta su experimentación como un artificio intelectual, sino como la única manera posible de contar un mundo formado por voces superpuestas, memorias incompletas y relatos que nadie posee por entero.
En mi reseña de La familia de Pascual Duarte celebraba haber iniciado un propósito lector destinado a corregir mi déficit de autores españoles del siglo XX. Esta segunda lectura de Cela confirma que merecía la pena. Allí encontré una tragedia individual dominada por el fatalismo; aquí, una comunidad entera convertida en lenguaje. En ambas novelas hay violencia, naturaleza y desamparo, pero Mazurca para dos muertos amplía el foco y demuestra que Cela podía transformar la vida de una aldea en una obra de enorme complejidad formal sin perder nunca el pulso de la narración. Cerrar el libro ha supuesto también devolverlo a la estantería de una manera distinta. Sigue siendo el ejemplar que mis padres leyeron en Palafrugell en 1984, con toda la historia familiar que eso contiene, pero ahora también es mi lectura, mis pasajes subrayados y mi recuerdo de esa lluvia interminable. Quizá esa sea otra forma de heredar los libros: no solo conservarlos, sino leerlos muchos años después y añadir nuestra propia voz a todas las que ya guardaban dentro.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
Deja un comentario