Reseña de La picadura de abeja de Paul Murray

Trata de arrancarlo, Murray, por dios, trata de arrancarlo

No siempre el entusiasmo general coincide con la experiencia personal de lectura yel libro que hoy os traigo ha sido para mí uno de esos casos. Se trata de La picadura de abeja de Paul Murray, editada por Anagrama con traducción de Javier Calvo, finalista del Premio Booker en 2023 que recibió, entre otros reconocimientos, el Irish Book of the Year y el Nero Gold Prize. Pero todo el reconocimiento recibido, choca con mi lectura y mi análisis de la historia que nos propone Murray. Veamos por qué, una vez más, voy a contracorriente.

La picadura de la abeja cuenta la historia de la familia Barnes. Los Barnes son infelices de cuatro maneras distintas. Dickie dirige un concesionario de coches que atraviesa graves dificultades económicas, aunque prefiere pasar los días construyendo un refugio en el bosque antes que enfrentarse al desastre. Su mujer, Imelda, contempla cómo se desvanece la posición social que tanto esfuerzo le costó alcanzar. Cass, la hija adolescente, intenta escapar de su familia y de sí misma a través del alcohol, el deseo y una relación desequilibrada con su mejor amiga. PJ, el hijo pequeño, observa cómo los adultos se comportan de manera cada vez más incomprensible mientras busca una solución desesperada para mantenerlos unidos. Murray organiza la novela alrededor de las perspectivas de estos cuatro personajes, retrocede hacia sus respectivos pasados y muestra cómo cada uno ha construido una versión incompleta de la historia familiar. Lo que uno interpreta como indiferencia puede ser miedo; lo que otro presenta como sacrificio puede esconder cobardía; aquello que parecía un acontecimiento fortuito termina conectado con decisiones tomadas muchos años atrás. La narración avanza desvelando secretos, corrigiendo las versiones anteriores y obligándonos a reconsiderar constantemente nuestros juicios.

La estructura es uno de los grandes aciertos de la novela. Durante buena parte del libro, Murray maneja con habilidad la información y mantiene un ritmo difícil de sostener en una obra de semejante extensión. Cada cambio de perspectiva abre nuevas preguntas y modifica el significado de lo que ya hemos leído. La familia no aparece como una unidad estable, sino como un conjunto de personas que viven juntas sin llegar a conocerse y que, para protegerse, han convertido el silencio y la mentira en formas habituales de convivencia. También resulta convincente la manera en que la novela aborda la imperfección humana. Los Barnes se equivocan, se esconden, desean lo que no deberían desear y toman decisiones que perjudican precisamente a quienes pretenden proteger. Murray no los absuelve, pero tampoco los reduce a sus errores. Muestra que las personas pueden actuar con generosidad y mezquindad casi al mismo tiempo, y que muchas vidas no se tuercen por una gran decisión trágica, sino por una sucesión de pequeñas renuncias, temores y oportunidades desaprovechadas. Ese retrato familiar se inserta además en una Irlanda marcada por el desplome económico posterior al Tigre Celta. Los Barnes habían creído alcanzar una seguridad que de pronto se revela frágil: el negocio familiar se hunde, las deudas se acumulan y la posición social de Imelda amenaza con desaparecer. Murray relaciona esta caída con un malestar más amplio, atravesado por el capitalismo, la crisis climática, la tecnología y la progresiva dificultad para establecer vínculos verdaderos. En sus propias palabras, vivimos encerrados en estructuras creadas por personas inmensamente ricas sin disponer de herramientas para escapar de ellas.

El problema es que, a medida que avanza, la novela comienza a acumular demasiadas desgracias, secretos y casualidades. Murray quiere demostrar hasta qué punto la mala suerte y las decisiones del pasado pueden determinar una vida, pero termina forzando tanto las circunstancias que cuesta creer en el mundo que plantea. Escribo esta reseña mientras leo El amo del corral, de Tristan Egolf, y la diferencia resulta especialmente visible. Egolf también construye un universo dominado por la fatalidad, pero consigue que esa cadena de infortunios responda a una lógica social reconocible. En Murray, por el contrario, llega un momento en que la acumulación parece depender más de las necesidades de la trama que de la vida de los personajes. Tampoco termino de compartir la idea de que las personas, enfrentadas a una situación extrema, estén dispuestas a arriesgarlo todo para corregir sus errores. A la hora de la verdad solemos aferrarnos al statu quo, incluso cuando sabemos que nos hace daño. Nos paralizan el miedo, la comodidad, la edad o la conciencia de todo lo que podemos perder. Quizá por eso los únicos personajes capaces de actuar con una cierta nobleza son los hijos. Cass y PJ todavía conservan una espontaneidad que los adultos han sustituido por cálculos, silencios y estrategias de supervivencia. No sé si Murray pretende sugerir que el paso del tiempo deteriora nuestra capacidad de hacer lo correcto, pero es una de las lecturas más interesantes que deja la novela. El gran problema de La picadura de abeja, sin embargo, está en su desenlace. Después de construir pacientemente a los personajes, entrelazar sus pasados y conducirlos hacia una situación límite, Murray acelera de manera precipitada. La tensión aumenta, las acciones se encadenan y la novela parece prepararse para cerrar con fuerza todas las líneas abiertas. Pero el final resulta confuso, artificioso y emocionalmente insatisfactorio. La ambigüedad no amplía lo narrado ni invita a seguir pensando en los personajes: deja más bien la sensación de que el autor no ha sabido resolver el conflicto que él mismo había creado.

Siguiendo el mundo de los Barnes y su concesionario, podría decirse que La picadura de abeja circula durante cientos de páginas a muy buen ritmo. Murray conoce la carretera, maneja con habilidad las curvas y consigue que sigamos dentro del coche incluso cuando el trayecto empieza a alargarse demasiado. El problema llega cuando intenta acelerar en el tramo final: después de una carrera notable, el motor se cala en las últimas curvas (dejo el link para que los más jóvenes entiendan el título, que uno ya va teniendo referencias un poco viejunas). No invalida todo el viaje, pero sí deja un sabor amargo al cerrar el libro. Una novela ambiciosa, inteligente y durante mucho tiempo absorbente que, cuando debía justificar todo lo construido, termina revelándose como un enorme bluff.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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