
Shelley o cómo sobrevive un clásico al paso del tiempo
Hay clásicos cuya lectura confirma todo lo que se ha escrito sobre ellos y otros cuya importancia resulta más fácil de reconocer que su capacidad para conmover al lector contemporáneo. Frankenstein o el moderno Prometeo, publicado por Mary Shelley en 1818, pertenece para mí a este segundo grupo. Escrita cuando su autora era todavía muy joven, la novela ha desbordado por completo sus propias páginas hasta convertirse en uno de los grandes mitos de la cultura occidental. La criatura, el científico, el laboratorio y el relámpago forman parte de un imaginario colectivo que, paradójicamente, casi nunca coincide del todo con el libro. He llegado a Frankenstein consciente de su enorme relevancia literaria y cultural, pero la lectura me ha dejado una sensación más tibia de lo que esperaba. Después de revisar distintas traducciones y versiones, elegí la edición de Valdemar, con traducción de Francisco Torres Oliver y estudio preliminar de Antonio José Navarro, una elección que sí ha estado a la altura de la obra.
Mary Shelley escribió una novela estrechamente vinculada a los debates científicos de su tiempo. Víctor Frankenstein se forma en la filosofía natural y se obsesiona con descubrir el principio vital, aquello que permite animar la materia inerte. Su tragedia no nace simplemente del deseo de conocer, sino de una ambición incapaz de aceptar límites y, sobre todo, de asumir responsabilidades. Frankenstein consigue crear vida, pero huye horrorizado ante su creación. Su advertencia resume ese conflicto, “Aprenda de mí lo peligrosa que es la adquisición del saber; y cuánto más feliz se vive quien cree que su pueblo natal es el mundo que aquel que aspira a ser más grande de lo que su naturaleza puede permitir”. Más que una condena de la ciencia, la novela cuestiona un conocimiento desligado de cualquier obligación moral hacia sus consecuencias.
La historia se construye mediante voces sucesivas. El navegante Robert Walton escribe a su hermana las cartas que enmarcan el relato después de rescatar a Frankenstein en el Ártico. Es Walton, por tanto, quien pone por escrito la historia que Víctor le cuenta y dentro de la cual aparece, a su vez, la voz de la criatura. Esta estructura importa porque Frankenstein domina inicialmente el relato y presenta desde el principio a su creación como un monstruo. Solo cuando habla el monstruo puede el lector conocer su aprendizaje, su soledad y las razones de su violencia. También permite corregir uno de los equívocos más extendidos de la cultura popular: Frankenstein no es el monstruo, sino el científico; la criatura no tiene nombre en la novela. Víctor le concede la vida, pero no una identidad ni un lugar en el mundo. Desde su nacimiento, el monstruo es rechazado por su aspecto y abandonado a una existencia que tendrá que aprender por sí solo. La criatura no nace malvada. Observa a los seres humanos, aprende su lengua, descubre sus afectos y desea ser aceptada, pero encuentra únicamente miedo, desprecio y violencia. Ella misma formula el origen de su odio, “Soy malvado porque soy desgraciado. ¿No me odia y me rehúye la humanidad?”. Su petición inicial no es dominar a los hombres, sino recibir de ellos alguna muestra de afecto, incluso llega a reconocer que solo busca aceptación, “que intercambie sus amabilidades conmigo, y en vez de daño derramaré sobre él todos los beneficios con lágrimas de agradecimiento por su aceptación”. Cuando comprende que esa aceptación no llegará, transforma el deseo de pertenecer en voluntad de venganza, “si no puedo inspirar afecto, inspiraré terror”. Esta es la idea más poderosa de la novela: la monstruosidad no reside únicamente en el cuerpo de la criatura ni precede necesariamente al rechazo, sino que puede ser producida por él. Sus crímenes son terribles y no quedan justificados por su sufrimiento, pero tampoco pueden separarse del abandono de su creador y del trato recibido. En definitiva, Frankenstein persigue como enemigo a un ser cuya violencia está ligada a su propia irresponsabilidad.
Pese a la fuerza de este planteamiento, la novela no me ha impresionado tanto como su fama hacía esperar. Comprendo su influencia sobre la literatura de terror y de ciencia ficción, así como su capacidad para plantear cuestiones todavía vigentes sobre el conocimiento, la responsabilidad y la exclusión. Sin embargo, su desarrollo me ha resultado menos intenso y más limitado de lo que había imaginado. Como ejemplo, me ha llamado la atención la voz de la criatura. Su aprendizaje lingüístico está explicado en la novela, pero habla con un vocabulario extraordinariamente rico, una sintaxis compleja y una elocuencia filosófica difícil de conciliar con su experiencia. Entiendo que Shelley necesitaba dotarla de inteligencia y de una voz capaz de defender su humanidad, pero habría agradecido un lenguaje más áspero, más rústico y menos refinado; una voz que conservara algo de su condición salvaje, de su aprendizaje incompleto y de su desconcierto ante el mundo.
Por lo tanto, Frankenstein me parece, por tanto, una obra más admirable por lo que representa y por las preguntas que ha legado que por la experiencia concreta de su lectura. No discutiré su importancia y no cuestiono que algunas de sus ideas conservan una enorme potencia moral, pero he cerrado el libro con la sensación de que el mito construido a su alrededor es más grande que la novela que le dio origen.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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