Reseña de Bomarzo de Manuel Mujica Lainez

Hay libros eternos y este lo es por méritos propios y ajenos

Hay libros que guardan historias no escritas, historias que los hacen especiales antes si quiera de abrirlos. Hoy se cumplen dos años del fallecimiento de mi padre. Hoy os traigo uno de sus libros favoritos, Bomarzo escrito por Manuel Mujica Lainez y editado por Seix Barral. Me lo recomendó cienes y cienes de veces. Lo alababa cada vez que se acercaba con alguien a su estantería, “léete esta maravilla”. Lo mimaba. Si tuviera que destacar aportaciones literarias de mi padre, quizás junto con los Ensayos de Montaigne estaría Bomarzo. Poco antes de fallecer, Seix Barral sacó esta edición y yo, tontamente, esperaba que me la regalara mi padre. Eso nunca pasó, no creo que pisara muchas librerías por entonces. Así que me lo compré yo, me hice ese regalo al poco de despedirnos de él. Este año se lo he regalado a un hermano de mi padre con el que no tenía apenas relación, pero que es un lector voraz. Creo que mi padre se lo hubiera regalado si hubiese podido. Me gusta cerrar estos pequeños círculos. Pero vayamos al lío, porque mi padre tenía razón: Bomarzo es una auténtica maravilla. Yo diría que está a la altura de En busca del tiempo perdido o Memorias de Adriano.

Bomarzo narra la vida de Pier Francesco Orsini –Vicino para los más cercanos– el segundo de tres hermanos de una poderosa familia del Renacimiento italiano, que no estaba destinado a ser heredero, pero que terminó siéndolo gracias a sus intrigas y aciertos. Pier Francesco es un ser acomplejado por su joroba y con una delicada sensibilidad para la belleza, “Mi horror a la fealdad y mi pasión por la belleza, en los humanos, en los objetos, en los juegos de la poesía, que me produjo desengaños y amarguras pero le dio a mi vida un tono exaltado y cierta atormentada grandiosidad, procede de mi horror a mí mismo y del asco resultante que me causaba cualquier aberración teratológica”. A lo largo de la novela vas empatizando con un personaje del que también te darás cuenta que no merece tales miramientos, “yo era así, frívolo, superficial (…) tenía ansias de reconocimientos (…) Era, simultáneamente, muy seguro y muy inseguro. De ahí procedía mi desequilibrio”. La novela está escrita en forma de memorias y Mujica Lainez nos va adentrando en una experiencia extraordinaria rodeado de príncipes, cardenales, condotieros, bufones, artistas, cortesanos y escritores, entre los que destacan Miguel Ángel, Rafael Sanzio o Cervantes, ¿a cuántos les habrán hecho regalos de bodas un papa? ¿cuántos habrán intercambiado con Cervantes ejemplares de Garcilaso de la Vega y de Ariosto en mitad de una batalla? Así fue Pier Francesco Orsini, el duque de Bomarzo, un duque muy diferente a lo que estaban acostumbrados en la familia, “a la sazón yo era, aunque efímeramente, el centro de mi complicado linaje cuyos ojos inúmeros y sorprendidos estaban fijos en la labor del esteta jiboso, porque yo aportaba, al seno de los Orsini solicitados hasta entonces por otras inquietudes prácticas, que se vinculan con el poder material y con la influencia política, el matiz envidiado del refinamiento”.

Su principal legado material es el Sacro Bosque de Bomarzo, del que Pier Franceso fue ideólogo y artífice (aun hoy se visita). A la muerte de su esposa Julia Farnese (casi nadie al aparato… pocas mujeres más poderosas en la época), Vicino proyecta “el bosque de las alegorías, de los monstruos. Cada piedra encerraría un símbolo y, juntas, escalonadas en las elevaciones donde las habían arrojado y afirmado milenarios cataclismos, formarían del inmenso monumento arcano de Pier Francesco Orsini. Nadie, ningún pontífice, ningún emperador, tendría un monumento semejante. Mi pobre existencia se redimiría así, y yo la redimiría a ella, mudado en un ejemplo de gloria (…) El amor, el arte, la guerra, la amistad, las esperanzas y desesperanzas… todo brotaría de esas rocas en las que mis antecesores, por siglos y siglos, no habían visto más que desórdenes de la naturaleza. Rodeador por ellas, no podría morir, no moriría. Habría escrito un libro de piedra y yo sería la materia de ese libro impar”.

Estamos ante una novela maravillosa. En serio, haced caso a mi padre. Todo está muy bien resuelto; cómo está escrita; cómo va avanzando la historia; cómo relata toda una época efervescente en lo político y en lo cultural; cómo se adentra en la mente de un personaje acomplejado y disfrutón, un duque con un refinadísimo gusto emanado del placer sensual que le ofrecían sus ojos, “los ojos son para mí las compuertas por las cuales penetra en mi interior el río rumoroso y tornasolado del mundo”; cómo guiña el ojo al lector a través de un recurso muy divertido como es el de escribir unas memorias cuatrocientos años después de morir y así vengarse literariamente de todos sus enemigos y saldar cuentas pendientes con sus seres queridos; todo está bien en esta joya literaria que sustenta el Premio Nacional de Literatura argetino por el bienio 1960-1962 y comparte el Premio John F. Kennedy en 1964 con Rayuela. No corráis a leerla. Esperad. Compradla y dejad que ella os reclame desde la estantería. No tengáis prisa. Hay que saborearla y eso requiere tiempo. Dadle todo el tiempo que os pida, y no saldréis nunca de ella.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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