Reseña de Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar

Una obra imperial

Este es uno de esos libros de los que siempre has oído hablar y nunca te ha corrido prisa leer. Nadie duda de su excepcionalidad ni de lo bien que está escrito. Todo el mundo lo conoce. Pero, tengo la sensación, de que finalmente poca gente lo ha leído. Lo pillé en La Central de Callao a la segunda, porque en primera ronda me trajeron una edición de bolsillo. Os recomiendo la traducción de Cortázar, este tío no hizo nada mediocre. Con Memorias de Adriano Marguerite Yourcenar se presentó a los lectores de todo el mundo. Ya era conocida como traductora (brillaron sus trabajos de Virginia Woolf, Henry James o Cavafis), pero fue Memorias de Adriano la que la posicionó mundialmente.

Memorias de Adriano es un inmenso regalo. En primera persona, Adriano escribe a su sucesor, Marco Aurelio, a quien había adoptado como nieto (al hacerlo adoptar a su vez por su hijo adoptivo y sucesor inmediato, Antonino Pío). Adriano relata la historia de su vida, “tengo intención de contarte mi vida (…) La verdad que quiero exponer aquí no es particularmente escandalosa, o bien lo es en la medida en que toda verdad es escándalo. Lejos de mí esperar que tus diecisiete años comprendan algo de esto. Sin embargo me propongo instruirte, y aun desagradarte. (…) Te ofrezco, como correctivo, un relato libre de ideas preconcebidas y principios abstractos extraídos de la experiencia de un solo hombre – yo mismo –. Ignoro las conclusiones a que me arrastrará mi narración. Cuento con este examen de hechos para definirme, quizá para juzgarme, o por lo menos para conocerme mejor antes de morir”.

A lo largo de la novela, el emperador hispano medita y reflexiona acerca de sus años de reinado (“tener razón demasiado pronto es lo mismo que equivocarse”, “la moral es una convención privada; la decencia, una cuestión pública”), de sus triunfos militares (llegó a Reino Unido, “lo que importa aquí es que he sido el primer emperador que se instaló pacíficamente en esa isla situada en los límites del mundo conocido, donde solo Claudio se había arriesgado algunos días en su calidad de general en jefe”…si leyera esto hoy Boris Johnson…), del amor, de la amistad, de la literatura (“mis primeras patrias fueron los libros. Y, en menor grado, las escuelas”), de la arquitectura (le debemos entre otras obras: el Panteón de Roma, el Odeón de Roma, o el Mausoleo de Adriano (hoy Castillo de Sant’Angelo, os recomiendo leer este post al respecto), de los viajes (“jamás tuve la sensación de pertenecer por completo a un lugar, ni siquiera a mi Atenas bienamada, ni siquiera a Roma. Extranjero en todas partes, en ninguna me sentía especialmente aislado”), de la paz (“la paz era mi fin, pero de ninguna manera mi ídolo; hasta la misma palabra ideal me desagradaría, por demasiado alejada de lo real”), de su amor por Grecia (“casi todo lo que los hombres han dicho de mejor lo han dicho en griego”), de sus decisiones políticas (algunas dan miedo de lo innovadoras que suenan aun hoy en día: 1) Adriano vestido de Carmena proponiendo Roma Central, “ordené reducir el número de carruajes que obstruyen nuestras calles, lujo de velocidad que se destruye a sí mismo, pues un peatón saca ventaja a cien vehículos amontonados a lo largo de las vueltas de la Vía Sacra”, o 2) Adriano feminista, “la debilidad de las mujeres, como la de los esclavos, depende de su condición legal (…) Las leyes deberían diferir lo menos posible de los usos; he acordado a la mujer una creciente libertad para administrar su fortuna, testar y heredar. Insistí para que ninguna doncella sea casada sin consentimiento: la violación legal es tan repugnante como cualquier otra…”), de la pasión por su joven amante Antínoo y del dolor causado por su muerte (“los que mueren jóvenes son los amados de los dioses”), todo ello de una manera consistente, pero no exenta de esa “melancolía del mundo antiguo” a la que hacía referencia Flaubert. A este respecto, Yourcenar recogió en los Cuadernos de notas a las Memorias de Adriano (incorporadas al final del libro) la conocida frase del escritor francés: “Cuando los dioses ya no existían y Cristo no había aparecido aún, hubo un momento único, desde Cicerón a Marco Aurelio, en que solo estuvo el hombre”. Y esa frase toma sentido en esta novela. Como la propia autora confiesa, “gran parte de mi vida transcurriría en el intento de definir, después de retratar, a ese hombre solo y al mismo tiempo vinculado con todo”. Y vaya si lo logra.

Es una auténtica gozada de libro. La verdad es que el personaje es muy atractivo, dice Youncenar en los Cuadernos de notas que “si ese hombre no hubiera mantenido la paz del mundo y no hubiera renovado la economía del imperio, sus venturas y desventuras personales interesarían menos”, pero es que estamos ante uno de los cinco emperadores más prestigiosos de la Historia. El libro también cuenta algunas anécdotas muy interesantes sobre el emperador, cómo fue asignado sucesor de Trajano, la importancia de la barba (relacionado con su amor por la filosofía estoica y epicúrea), sus divisas en las monedas, cómo fraguó la sucesión en Antonino y Marco Aurelio, sus disputas con otros generales, la relación su esposa, sus más cercanos consejeros… todo es interesante en Adriano. No entiendo cómo he tardado tanto en leer esta novela. ¿No os pasa que leéis un libro y queréis seguir leyendo del mismo tema? Ahora me apetece retomar la novela histórica, pero ordenar ese tipo de lectura (¿qué libros leo primero? ¿cuáles dejo para el final? ¿cuáles no pueden faltar?…) me parece una tarea tan vasta que en el fondo creo que no lo haré. Aun así, leed este libro. Condensa la vida de un emperador en menos de cuatrocientas páginas con gran habilidad y altura discursiva y filosófica.

Quiero cerrar la reseña con la última frase de la novela, que espero no olvidar nunca (por eso la dejo aquí escrita):  “tratemos de entrar en la muerte con los ojos abiertos”.

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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