Reseña de El antropólogo inocente de Nigel Barley

La estimulante y divertida crónica de un antropólogo conviviendo con una tribu ignota de Camerún.

No me prodigo demasiado en libros de este tipo, pero intento leer todo lo que cae en mis manos sobre África en general y sobre culturas ignotas en particular. En este blog ya hemos reseñado El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, El africano de JMG Le Clézio o Jesusalén de Mia Couto, y estoy abierto a cualquier sugerencia al respecto. Hoy os traigo El antropólogo inocente de Nigel Barley editado por Anagrama en su colección de Compactos 50. Un libro diferente que en el ámbito antropológico es un must.

El antropólo inocente narra la estancia de Nigel Barley en Camerún entre la tribu de los dowayos. Un joven Barley decide salir de la burbuja académica de su universidad para adentrarse en la investigación de campo, bajar al barro y nutrirse de la antropología “de verdad”. Partiendo de la base de que “un antropólogo es un trabajador inocuo pues tiene como uno de sus principios éticos interferir lo menos posible en lo que uno observa”, Barley decidió que “el tiempo que pasara hablando con los dowayos sería considerado legítimo”. A través de un lenguaje sencillo y cargado de detalles, Barley relata con sentido del humor las situaciones a las que tenía que hacer frente y el poso que estas le iban dejando. Desde la maratoniana burocracia inicial y la soledad de las primeras semanas hasta la fraternidad que consigue entablar con algunos de sus líderes, Barley va extrayendo algunas ideas importantes para su investigación. El tiempo que pasa con ellos, sin forzar ninguna situación va dando sus frutos, por ejemplo, cuando descubrió que sus entrevistas serían más extensas si cumplía una sencilla regla no escrita entre los dowayos, “mientras que en Occidente aprendemos a no interrumpir cuando habla otro, esto no es aplicable en África. Hay que hablar con las personas físicamente presentes como si se hiciera por teléfono, empleando frecuentemente interjecciones y respuestas verbales con el único fin de que el interlocutor sepa que lo escuchamos (…). En cuanto adopté este método, mis entrevistas se transformaron”. Las entrevistas muchas veces no eran tal, sino conversaciones informales con los dowayos. Así Barley aprenderá cómo se entiende en su cultura el sexo, la religión, la dieta, la relación con la medicina y la salud, la homosexualidad, el significado de las fiestas y las ceremonias, las particularidades del idioma, su sentido de la justicia o la importancia de los cultivos y la agricultura. Todo esto aderezado con sus dificultades para sentirse cómodo en África, en Camerún y en particular entre los dowayos, pues sus problemas burocráticos y económicos son constantes y las diferencias entre la vida occidental y la africana son tantas que solo le queda el sentido del humor para salir airoso de los choques culturales y ambientales a los que se enfrenta. Por ejemplo, un pasaje en el que llegan a una zona del país dowayo más apartada para asistir a la cosecha de las palmeras Borassus. Al llegar allí le explican que la fruta se puede comer de dos maneras, “o bien poniéndola en agua hasta que germine y consumiendo entonces sus brotes, que son parecidos al apio, o bien tal cual. Después de masticar vigorosamente durante un rato empecé a cogerle el tranquillo y a encontrarle el gusto. Una amable anciana, al darse cuenta de que la fruta se me resistía, me trajo una calabaza llena de una pulpa mucho más tierna. Así se lo comenté a Matthieu, ‘pues claro, patrón – repuso -, la han masticado antes’”.

Más allá de su trabajo netamente antropológico, Barley también se refiere a la situación de África y las consecuencias del imperialismo. A este respecto destaco un pequeño párrafo que me pareció muy elocuente, “no solo persisten las partes “buenas” del imperialismo; las “malas” también están presentes. La explotación económica en nombre del desarrollo, y el racismo y la brutalidad absolutos forman asimismo parte del panorama. Indudablemente, son tan autóctonos de África como cualquier otra cosa. No hay por qué aceptar la opinión del liberal romántico en el sentido de que todo lo bueno de África procede de las tradiciones indígenas y todo lo malo es legado del imperialismo. Hasta a los africanos cultos les cuesta aceptar que se pueda ser negro y racista, aunque poseen lo que nosotros llamaríamos esclavos y escupen en el suelo para limpiarse la boca después de pronunciar el nombre de los dowayos”. Este es un debate inconcluso en el que ahora no me voy a detener, pero tiene su miga.

A su vuelta a Inglaterra, Barley saca una de las conclusiones más interesantes del libro y quizás uno de sus aprendizajes más importantes, “la paradoja del viajero espacial einsteiniano es una de las que más ha dado que pensar a los matemáticos. Después de recorrer el universo a gran velocidad durante unos meses, regresa a la Tierra y descubre que en realidad han transcurrido décadas enteras. El viajero antropológico se encuentra en la posición opuesta. Durante lo que parece un periodo de tiempo extraordinariamente largo, permanece aislado en otros mundos, donde se plantea problemas cósmicos y envejece de forma considerable, para regresar y descubrir que tan solo han pasado unos meses. La bellota que plantó no se ha convertido en un gran árbol, apenas ha tenido tiempo de sacar un débil brote, sus hijos no se han vuelto adultos y únicamente sus amigos más íntimos han notado su ausencia”. Cualquiera que hayamos viajado y hayamos convivido un tiempo con otras culturas, en otros contextos y fuera de la “civilización occidental”, hemos vivido una situación similar. Y es una sensación agradable y muy enriquecedora espiritualmente. Otra sensación seguramente con Barley es la de la relativa importancia de las cosas materiales, “algunas cosas nimias producen una inmensa satisfacción. Yo me volví adicto a los pastelillos de nata, un amigo desarrolló una insaciable pasión por las fresas. El agua corriente y la luz eléctrica me resultaban francamente increíbles. Pero al mismo tiempo desarrollé manías extrañas. Me molestaba tirar las botellas vacías y las bolsas de papel; con lo valiosas que eran en África…”. Para esto no hace falta irse a África, basta con estar quince días en un campamento scout en mitad de la montaña para llegar a casa y valorar el agua caliente, los enchufes, la nevera o el colchón viscoelástico. Pero vivir sin lujos y sin comodidades es una experiencia tan necesaria para cualquier persona como conocer el mar o subir una montaña.

En definitiva, El antropólogo inocente es un libro recomendable para aquellos que disfrutáis conociendo otras culturas y/u os gustan las crónicas de viajes. Tampoco es un libro perfecto. En algunos tramos es lento, a veces se detiene en detalles innecesarios y comete algunos errores como tratar a África como un todo habiendo estado únicamente entre un pueblo ignoto de Camerún (tomar la parte por el todo) quizás entendibles al ser un libro publicado en 1983. Me alegro de haberlo leído, es un libro interesante que acerca una forma de ser y de estar en el mundo abierta e intercultural muy necesaria, pero no creo que lea muchos más libros de este tipo. Los cuadernos de campo rara vez son apasionantes y hay que cogerlos con ganas para no terminar exhaustos.

¡Nos vemos en la próxima reseña! 

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