Reseña de Jesusalén de Mia Couto

Un necesario cambio de enfoque para reflexionar sobre el sentido de la existencia

Espero estar descubriéndoos a un autor. Al menos para mi era desconocido hasta que mi padre me recomendó este libro pocas semanas antes de morir. Fue su última recomendación, “Gabriel, ¿Conoces Jesusalén de Mia Couto? Búscalo en la librería del salón y léelo”. Y, aunque tengo todavía algunas de sus recomendaciones pendientes, con esta le hice caso antes. No recuerdo por qué me lo recomendó, pero lo hizo. Ahora yo os lo recomiendo a vosotros y os explicaré por qué.

Jesusalén es la historia de una familia mozambiqueña que vive apartada de la sociedad en un terreno protegido para la caza, algo parecido a una reserva. La familia está formada por el padre, Silvestre Vitalício, sus dos hijos Mwanito y Ntunzi y el capataz Zacaria Kalash. Un acontecimiento familiar trágico con la madre animó al padre a recluirse en esta reserva con el firme propósito de alejarse del mundo y mantenerse allí hasta su muerte, en una mezcla de penitencia por el fatídico suceso y liberación por aislarse de la sociedad. Para mantener allí a sus hijos tiene que servirse de algunas explicaciones fantasiosas, “mi padre había vaciado el mundo para llenarlo con sus invenciones”. Mientras un hijo sueña con escapar el otro es firme en su propósito de mantenerse cerca de su padre, pero ambos son conscientes de que “todas las historias que mi padre inventaba sobre los motivos de abandonar el mundo, todas aquellas versiones fantasiosas, tenían un único propósito: nublarnos el juicio y, de este modo, apartarnos de los recuerdos del pasado”. No terminará de estar claro qué pasó con la mujer de Silvestre, la madre de Mwanito y Ntunzi, pero Silvestre tiene una visión sensata sobre el amor, entiende que en el amor no hay medias tintas, “nunca hagas nada para siempre, excepto amar”, pero también reconoce que el amar te sitúa frente a ti mismo con tus miserias al descubierto, “la ceguera es el destino de quienes se dejan asaltar por la pasión; entonces se deja de ver a la persona amada. Y, en su lugar, el enamorado se encuentra ante el abismo de sí mismo”. Es difícil no estar de acuerdo con ambas propuestas.

Sin embargo, conforme avanza el libro, el lector se va dando cuenta que las historias inventadas del padre quizás no sean tan descabelladas, al menos en el plano figurado y filosófico. Quizás no dejes de ver al padre como un enloquecido viejo cascarrabias, pero tampoco eres capaz de quitarle toda la razón, más bien aceptas que la construcción mágica es necesaria para que el fondo del mensaje cale en sus hijos. Silvestre Vitalício es un hombre más lúcido de lo que parece, de hecho, es tan lúcido que es capaz de ver las miserias que habitan en las personas y en las sociedades y por ello quiere alejarse de todo, “donde nos animalizamos es en las ciudades (…) el mundo es más inhabitable cuanto más poblado está”. Un hombre maduro, castigado por su acción o dejación en el pasado, es un hombre al que todo le pesa y el paso del tiempo es una losa sobre su espalda, “el Tiempo es un veneno, Mwanito. Cuanto más recuerdo, menos vivo estoy”. Esta filosofía (la llamaré “africana” por no tener más referentes) siempre me ha parecido muy acertada, esta forma de entender el mundo y al hombre, de analizar nuestro rol en la vida y la relación con la muerte… África tiene muchas cosas que enseñarnos y aunque manejemos la teoría, África puede enseñarnos a vivir de acuerdo a esos principios. Creo que Mia Couto brilla con luz propia en este tema.

Termino el libro y creo que he entendido por qué me lo recomendó mi padre. Él siempre compartió esta idea de la vuelta al origen, de vivir con poco peso en la mochila, de con-vivir con la naturaleza, de amar sin medida (“nunca hagas nada para siempre. Excepto amar”) y de mantenernos a todos juntos protegidos de las inclemencias de una sociedad capitalista, egoísta e injusta socialmente (“las ciudades mueren y se pudren ante nosotros, con las vísceras fuera, apestándonos por dentro. Las ciudades se pudren dentro de nosotros. Eso decía Silvestre Vitalício”).

Creo que le hubiera gustado mantenernos a todos en la cueva con esa idea de “si debemos vivir en la mentira, que sea en nuestra propia mentira”. Porque, aunque salgamos del mito platónico, seguimos dentro de una cueva sobre la que los poderes invisibles proyectan una ficción que nos entretiene y nos impide ver la realidad con nuestros ojos, solo que esta es transparente. Mi padre siempre fue muy foucaultiano. Y este libro sigue esa estela.

No he contado mucho de la trama, pero a veces me culpáis de haceros muchos spoilers. Este libro es una gozada, una oportunidad para mirar el mundo desde otro enfoque y para entender que nuestra visión occidental es solo una y no es la mejor. Aunque África anhele el desarrollo social y económico de occidente, nosotros deberíamos ser más humildes y procurar aprender de otras culturas y formas de ver el mundo, porque África es un continente explotado económica pero olvidado filosóficamente. África es distinta y todo lo que voy conociendo (a través de viajes o de libros, que al final es otra forma de viajar) me reafirma en esa idea. El simbolismo de este libro permite mantener vivo el doble sentido en esa lucha fatua entre Occidente y África.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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