Reseña de Clarissa de Stefan Zweig

Un ejemplo más del “zweig”, un género literario en sí mismo

De sobra es conocido en este blog mi gusto por Stefan Zweig. Aquí hemos reseñado algunas de sus obras y aun me quedan otras muchas por disfrutar (nunca estaré lo suficientemente agradecido a Acantilado por publicar sus obras en castellano). A Clarissa llego de carambola. Por motivos profesionales y no tan profesionales, me adentro en una investigación sobre “el hábito lector de los futuros docentes”; montamos un pequeño grupo de investigadores de la Universidad Autónoma de Madrid y la Universidad de Barcelona y nos ponemos a leer sobre el tema. Resulta que los profesores de la UB llevan a cabo en una de sus asignaturas una práctica muy interesante: leen este libro con los estudiantes y les invitan a imaginar el final (la novela está inconclusa, pero ya hablaremos de esto más adelante); a través de esta tarea pretenden trabajar la identidad docente construida a través de la narrativa. Genial. Y yo, que me encanta el autor y no conocía esta obra, me la apunto y tardo en leerla casi un año. Seguimos enfrascados en esa investigación, ahora desde la Universidad de Salamanca en vez de la UAM, y ya me he puesto al día con la lectura de la novela. Todo bien. Y el libro, como no podía ser de otra manera, otra genialidad del austríaco.

En esta novela Zweig narra la historia de Clarissa, hija de un militar del imperio austrohúngaro, con una vida determinada por los demás. El estallido de la I Guerra Mundial sorprende a Clarissa y la sitúa en una encrucijada: de un lado su padre y su hermano enfrascados en la contienda militar, de otro lado Leonard, su amante socialista francés. La falta de determinación de Clarissa marca toda la novela, por ejemplo, en la elección de una profesión; esta decisión será motivo de desconcierto para la protagonista, “por primera vez tenía que tomar una decisión por sí misma. Hasta entonces había dejado en manos ajenas la elección de sus ocupaciones y la disposición de sus días e incluso de sus horas”, que termina por asistir a un congreso de pedagogía en Lucerna siguiendo el consejo del doctor Ebeseder, asesor legal de su padre, donde conoce a dos personas determinantes en su vida: el profesor Silberstein con el que trabará una sincera amistad y su amante Leonard. Tras el congreso, la pareja pasa una temporada romántica viajando por Suiza. Pero el estallido de la guerra, les separa sin saber que ella se ha quedado embarazada y la situación bélica la lleva a alistarse como enfermera, “Clarissa se alistó voluntariamente en el servicio sanitario con el expreso deseo de no ser destinada a Viena, sino a un hospital de campaña del frente, tal y como deseaba su padre”. La influencia del profesor Silberstein en Clarissa se construye desde la sinceridad con la que este trata a la protagonista, la escucha y la va conociendo hasta que se atreve a plantear a Clarissa su falta de determinación, “su ambición se mantiene dentro de unos límites, incluso de los límites de los demás (…) Usted es la pasividad, incluso en su actividad hay algo pasivo. Su verdadera vocación aun no se ha manifestado, quizá ni siquiera usted misma sepa qué desea (…) Solo he podido observar su pasividad. Al mismo tiempo, también siente la necesidad de hacerse valer (…) Su actitud es verdaderamente pasiva. No exige nada. Hay algo en eso que la hace extraordinaria”.

Este indeterminismo de Clarissa sufrirá un cambio cuando la protagonista se tiene que enfrentar a la situación provocada por la guerra, a su padre, a su hermano y a su embarazo. Salir de la zona de confort parece el ambiente propicio para que Clarissa asuma las riendas de su vida, “cuando uno sabe que pertenece a una comunidad, se siente unido a los demás; cuando uno es extranjero depende de sí mismo (…) Cuando uno abandona sus costumbres, se reencuentra a sí mismo”. El embarazo será nueva razón de ser, “el estado y el deber ya no eran todo cuanto regía a sus actos. Era como si la vida que se gestaba en su vientre determinara la suya propia”. Así toma la que quizás sea la única decisión de su vida, animada por el deseo de supervivencia y de un futuro para su hijo, decide proponer matrimonio a un soldado cobarde y tramposo que huyó de la guerra y se refugió en el hospital donde trabajaba Clarissa. La única vez que Clarissa asumió el timón de su vida lo vivió intensamente, “cuando Clarissa salió de la habitación, sintió un leve desfallecimiento. Una mezcla de emociones se agolpó en su interior: disgusto, horror, alivio… y luz. Estaba viva y podía seguir viviendo, y también su hijo tenía derecho a la vida”. Este pequeño desfallecimiento es el que todos sentimos cuando tomamos decisiones importantes en una nuestra vida, esa mezcla de alivio, incertidumbre y esperanza. Qué bien lo cuenta Zweig…

Hay quien encuentra en esta novela un resumen del pensamiento del autor austríaco. Sin embargo, tengo la sensación de que es una hipótesis muy atrevida. Zweig dejó rastros de su pensamiento en todos sus libros, y no diría que este sea, como reza la contraportada, “el testamento vital en el que condensó los ideales humanísticos que abrazó durante toda su vida”, ni mucho menos. Otros textos como El mundo de ayer o mi eterno pendiente Tres maestros creo que sintetizan mucho mejor su pensamiento. Aun así, en esta novela se repiten algunas ideas que encontramos en otros libros como el lastre de los nacionalismos (“el nacionalismo lo corrompe todo. Es el mal que coloca una única patria por encima de todas las demás. Nos involucramos de lleno en las necedades que cometen nuestras naciones”), su continua preocupación por la construcción europea (“¿Qué es la patria? O esto conduce al nacimiento de Europa, o todo estará perdido. Si no conseguimos unirnos a Europa, entonces sí habremos perdido la guerra”) o la importancia del compromiso social y político (“no importa lo que hagas, estás implicado. Así es como recibes tu castigo. Incluso lo más pequeño que has hecho te involucra, y lo que enseñas te compromete”). En esta novela también se mantienen algunas de las señas de identidad propias del autor austríaco: sobriedad, elegancia, análisis psicológico de los personajes y fuerza narrativa, algo que ya podríamos sintetizar como un género en sí mismo, el género “zweig”.

Por último, hay una característica de la novela que no debemos pasar por alto. Parece que está inconclusa, y digo parece porque bien puede ser que a Zweig no le interese el resto de la vida de Clarissa, o que esta se desarrollara sin sobresaltos y por lo tanto sin esa necesaria intriga narrativa, o que lo que quería contar ya lo contó al llegar a la juventud de la protagonista. Sea como fuera, ese carácter inconcluso es el que me llevó a conocer la novela y la verdad es que abre un mar de interpretaciones sobre el devenir de la protagonista. Os dejo a vosotros la continuidad de la historia, yo me quedaré con las ganas de más y no me atrevo a aventurar su futuro.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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