Reseña de Hamnet de Maggie O’Farrell

Stop making drama, you’re not Shakespeare

Hay dolores que el arte no puede retratar. Salvo en algunos casos que se convierten en obras maestras: cuadros, esculturas, películas, canciones, y novelas. Hamnet de Maggie O’Farrell está destinada a convertirse en una obra maestra. La novela que dio voz al drama de la familia Shakespeare, la novela que centró su atención en la mujer del dramaturgo más brillante de la Historia (con el permiso de los griegos Esquilo, Eurípides y Sófocles), en el silencio de la pareja anónima, en la sombra de una figura eterna. Y lejos de caer en un sentimentalismo barato o en un libro rosa más, O’Farrell lo eleva a la categoría de sobresaliente.

Hamnet relata la muerte de uno de los hijos de William Shakespeare y Anna Hathaway, en el libro llamada Agnes. Como señala Marta Sanz en Babelia, “Lo maravilloso y muy meritorio de Hamnet es que Maggie O’Farrell vivifica a Shakespeare, el gran “monstruo de la naturaleza” del canon universal —siempre desde una perspectiva anglosajona—, colocando en primer plano la domesticidad y utilizando como foco narrativo prioritario la figura de su esposa, aquí llamada Agnes”. Parte de ese mérito reside en el acierto de no nombrar a William Shakespeare en ningún momento, sino referirse a él indirectamente como “el preceptor de latín”, “el marido”, etc. Aun así, la protagonista de la novela es la madre, y no era fácil teniendo de coprotagonista al genio inglés. Pero la novela no va de genios, ni de excentricidades, la novela es un monumento a la cotidianeidad de la vida, a esos momentos que sirven para presenciar acontecimientos históricos y también a la cotidianeidad del dolor, quizás del dolor más profundo de todos, el de la pérdida de un hijo. Así lo expresa Agnes refiriéndose a la fragilidad que nos rodea y de la que no somos conscientes, “La crueldad y la devastación nos aguardan a la vuelta de cualquier esquina, dentro de un arcón, detrás de una puerta: saltan sobre una en cualquier momento como un ladrón o un bandido. La cuestión es no bajar nunca la guardia. No creer nunca que se está a salvo. No dar nunca por hecho que el corazón de tus hijos late, que tus hijos beben leche, que respiran, que andan y hablan, sonríen, discuten y juegan. No olvidar ni un momento que pueden desaparecer, que te los pueden robar en un abrir y cerrar de ojos, que se los pueden llevar como leves vilanos”. Pero incluso la pérdida de un hijo puede ser llevadera, al lado de otro dolor punzante como el del dolor de una hija por la muerte de su hermano; Judith, la hermana gemela de Hamnet, le pregunta a su madre si Hamnet no va a volver nunca y “Agnes descubre que puede soportarlo todo menos el dolor de su hija. Puede soportar la separación, la enfermedad, los golpes, los partos, las privaciones, el hambre, la injusticia, la reclusión, pero esto no: su hija mirando a su gemelo muerto. Su hija llorando por la pérdida de su hermano. Su hija desgarrada por la pena”. La situación de Agnes es angustiosa, vive separada de sus hermanos, de su marido, soportando la muerte de su hijo y lidiando con una madrastra infame a la que no soporta. La soledad ante la muerte de Hamnet con su marido en un Londres al que no ha viajado, con la duda de si él tendrá amantes o de si estará si quiera afectado por su muerte, es una preocupación constante en Agnes. Solo cuando su madrastra (en un acto de maldad infinita) la visita para decirle, regodeándose en su dolor, que su marido va a dirigir una obra titulada “Hamnet”, Agnes decide ir a Londres a ver qué pasa. La representación le parece insulsa, vacía, un insulto a la memoria de su hijo, hasta que se da cuenta del giro maestro del autor. Hamnet es el hijo que muere y Hamlet es el príncipe de Dinamarca que vive. Solo en ese momento Agnes comprende a su marido y se da cuenta de “ha hecho lo que habría deseado hacer cualquier padre, sufrir él para que no sufriera su hijo, ponerse en su lugar, ofrecerse a sí mismo a cambio para que el niño pudiera vivir”. Aquí me viene a la cabeza una camiseta que guardo con cariño que espeta al lector “Stop making drama, you’re not Shakespeare”. Y ahora esa camiseta que venía a restar importancia al dolor de los demás, a los exagerados que se alimentan de su propia mierda, resulta que cobra un sentido más completo todavía. Shakespeare alcanzó la cima de su genialidad estrujando, arañando, escarbando en su propio dolor. Creo que una vez más se demuestra que cuando se escribe con el corazón roto se escriben obras universales, si no, que se lo pregunten a Eric Clapton.

Además de un interesante análisis sobre la dualidad en el libro, Sanz en su reseña destaca el estilo de la autora destacando una “impresionante labor de documentación que sustenta la sensorialidad de su registro estilístico y su combinación sabia del realismo truculento —no escatima la textura de la muerte que es cadáver— con un realismo de premoniciones y casi conjuros que, a ratos, evoca el realismo mágico”. Esa sensorialidad es una de las principales virtudes de O’Farrell, pues consigue transportar al lector a los momentos que nos quiere narrar: la llegada de la peste a Londres, la conversación entre Agnes y su marido en presencia de su hija que juega simbólicamente con sus muñecas o el ambiente que se respira en el corral de comedias en la ribera del Támesis. Todo está perfectamente narrado, las frases fluyen entre las escenas y la lectura es fluida y creativa. O’Farrell al final del libro reconoce que la novela es el resultado de sus “vanas especulaciones” porque “no se sabe de qué murió Hamnet Shakespeare: el entierro está registrado, pero no la causa de la muerte”. Pero, da igual si lo que está contando O`Farrell se corresponde con la realidad o es producto de su imaginación, la ficción y la realidad se desdibujan y la ternura, el dolor, la crudeza y la pérdida se convierten en los protagonistas. Es una auténtica pasada. De lo mejor que he leído últimamente. No os lo podéis perder.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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