Reseña de David Copperfield de Charles Dickens

Mil páginas de una historia sobre la educación moral y la disciplina de las emociones en la Inglaterra victoriana con un elenco de personajes maravillosos.

Me voy de vacaciones, pero antes de hacerlo quería despedirme de vosotros y vosotras hasta septiembre con un clásico perfecto para llevarse a la playa o a la piscina y disfrutar de horas y horas sin levantar la mirada del libro. Os traigo una de las obras más aclamadas de Charles Dickens, David Copperfield. No, no es un mago, es un personaje de Dickens que el reconocido ilusionista asumió como homenaje al personaje. Dickens la publicó en 1850 y ahora la edita maravillosamente bien Alba Editorial con la traducción íntegra de Marta Salís, la primera en español en más de cincuenta años. Un lujo.

La historia está contada casi completamente desde el punto de vista de un narrador en primera persona, el mismo David Copperfield, y fue la primera novela de Dickens en hacerlo de tal manera, además es la novela más autobiográfica del autor victoriano. El propio Dickens en el prólogo a la edición de 1867 reconocía que “de todos mis libros, este es el que prefiero. Nadie pondrá en duda que soy un padre afectuoso con todos los hijos de mi imaginación, y que ningún otro progenitor puede querer a su familia con tanta ternura. Pero, como muchos padres afectuosos, tengo un hijo favorito en el fondo de mi corazón. Y su nombre es David Copperfield”.

La novela es la narración de Copperfield sobre su vida, desde su nacimiento, a través de todas las aventuras y desventuras que vivió. El elenco de personajes es extenso, pero todos son interesantes y fácilmente identificables con los rasgos dickensianos. Los personajes de la novela generalmente pertenecen a una de tres categorías: los que tienen corazones disciplinados, los que carecen de un corazón disciplinado, y los que desarrollan corazones disciplinados en el tiempo. Los personajes que caen en la primera categoría incluyen a la madura y preocupada Agnes Wickfield y el abnegado y misericordioso Sr. Pegotty. El avaro e intrigante Uriah Heep y el ególatra e inconsiderado James Steerforth son ejemplos de personajes que pertenecen a la segunda categoría. En la tercera categoría destaca el propio David Copperfield, quien aprende a tomar decisiones más sabias en sus relaciones a través de la experiencia personal (“es inútil recordar el pasado, Trot, si no ejerce alguna influencia sobre el presente”), y su tía Betsy Trotwood, que en un comienzo carece de consideración por otros, pero que se convierte en menos desconsiderada al pasar el tiempo.

Dickens, a través de toda la novela, utiliza a los personajes y eventos a modo de comparación y contraste entre ellos en términos de sabiduría y disciplina. Una buena comparación es Agnes Wickfield y Dora Spenlow: Dora carece de madurez y es incapaz de manejar situaciones tensas, generalmente rompiendo en llanto, mientras Agnes permanece calma y segura de sí incluso en problemas, sometiéndose raras veces a sus emociones.

El contraste que existe entre Dora y Agnes es también una pequeña angustia en el corazón de Copperfield. David se va convirtiendo con el paso del tiempo y de las experiencias que va narrando en un joven perseverante, paciente y entregado a sus tareas. Estos rasgos chocan con la infantil, caprichosa y enfadadiza Dora (“el primer impulso erróneo de un corazón indisciplinado”), su mujer, a la que Copperfield ama, aunque le incomode su forma de ser ante los problemas o los imprevistos, “no existe mayor disparidad en un matrimonio que la causada por incompatibilidad de ideas y caracteres (…) No me quedaba otro remedio que adaptarme yo a Dora; compartir con ella lo que pudiera, y ser feliz”. No es así con Agnes, a quien Copperfield considera una mujer ecuánime y su mejor amiga, una persona que siempre está donde se le necesita y como se le necesita. Sabe qué decir y cuándo debe decirlo y, lo que es más importante en la sociedad de la época, sabe callar y actuar discretamente. Esta discreción será la que al final de la novela nos dé más de una alegría a los lectores.

No todos los personajes son adorables, sino la novela no sería tan atractiva. Hay dos personajes que son la clara imagen del malvado dickensiano: Uria Heep y el Sr. Murdstone. El primero es el huraño consejero del padre de Agnes (sí, también es el nombre de una banda de rock británico de los años 70) un ser despreciable caracterizado por su empalagosa humildad, obsequiosidad y falta de sinceridad (yo me lo imaginaba caracterizado como Lengua de Serpiente, el personaje de J. R. R. Tolkien de El Señor de los Anillos). El segundo, el Sr Murdstone, padrastro de Copperfield, es un hombre insensible y despiadado: “estoy convencido de que el mejor favor que puede hacerse a alguien como tú es obligarle a adquirir el hábito del trabajo, con el fin de someter y quebrar su obstinación (…) En este mundo, la vida es una lucha y cuanto antes comiences mejor”. Creo que pensé que hacía ya tiempo que había empezado; y si no, lo pienso ahora”.

La novela ha sido objeto de todo tipo de análisis mucho más disciplinados y contrastados que mi humilde valoración, pero sí que puedo decir que su tema principal es la disciplina de las emociones y la moral del héroe, de David Copperfield; esa idea de ir en contra del “primer impulso erróneo de un corazón indisciplinado” al que ya hemos hecho referencia en la relación de David y Dora. Otros genios se han deshecho en elogios ante la obra. El capítulo de Tempestad era considerado por Tolstoi como el patrón por que debería juzgarse toda obra de ficción. Ciertamente es un momento álgido de la trama y se resuelve de forma magistral sin apenas contar lo que de verdad está pasando. Henry James recordaba que de niño se escondía debajo de una mesa para oír a su madre leer las entregas en voz alta. Dostoievski la leyó en la prisión en Siberia. Fue la novela favorita de Freud. Kafka la imitó en Amerika y Joyce la parodió en el Ulises. Y Cesare Pavese dijo que “en estas páginas inolvidables cada uno de nosotros (no se me ocurre elogio mayor) vuelve a encontrar su propia experiencia secreta”.

No creo que necesitéis más razones. Si os gusta Dickens, es lectura obligada. Si no habéis leído nada de Dickens, es un comienzo muy recomendable. Aquí ya hemos reseñado Historia de dos ciudades que también es requeterecomiendo y próximamente leeré (y reseñaré) Grandes Esperanzas. Pero todo Dickens es bueno. Por cierto, hace poco Alex Vicente publicó en Babelia (o “Bobelia” como lo llamaba mi profesor de Historia del instituto) un artículo, con motivo del 150º aniversario de la muerte de Dickens, en el que recogía la opinión de quince escritores sobre el autor victoriano que no tiene desperdicio (os dejo el link).

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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