Reseña de El palacio azul de los ingenieros belgas de Fulgencio Argüelles

Una novela preciosa sobre la lucha de clases en la Asturias de principios del siglo XX

Este escritor asturiano llegó a mi sin querer con otra novela más reciente que ya reseñé en este blog, El otoño en la casa de los sauces. Me cautivó y ahora os traigo otro de sus libros, El palacio azul de los ingenieros belgas, una novela preciosa cargada de compromiso social y de sensibilidad, ambientada en la Asturias de principios del siglo XX. Una delicia.

La novela narra la vida de Nalo, un joven inquieto que vive en la cuenca minera y que consigue un trabajo de jardinero en la casa de unos ingenieros de minas belgas. Es un joven con una capacidad de observación asombrosa, permeable a las enseñanzas de su familia y sus vecinos, bondadoso e inteligente. A través de su vida, Argüelles escribe una novela preciosa. En la novela destacan otros personajes. Los abuelos de Nalo son fascinantes. Angustias destaca por su sabiduría popular, recitando refranes muy acertados y oportunos:

  • “Más apaga la buena palabra que la caldera de agua”
  • “Hambre y frío entregan al hombre al enemigo”
  • “La hogaza no embaraza”
  • “No crece el río con agua limpia”
  • “Quien pregunta lo que no debe oye lo que no quiere”
  • “Cuerpo bien hecho no ha menester capa”
  • “Del atrevimiento viene el arrepentimiento”
  • “Obra hecha, recompensa espera”
  • “De las palabras no el sonido sino el sentido”
  • “Hay elocuentes silencios y palabras con siete entendimientos”
  • “De zarza en zarza va dejando el cordero la lana”

Cosme, por su parte, es un hombre comprometido, progresista (“guarda la ignorancia para tus rezos”), testarudo y leal. Uno de los ingenieros lo describe hablando con Nalo, “era un gran hombre, pero difícil de comprender (…) podría haber hecho una fortuna de haber continuado trabajando para nosotros y aunque no entendimos sus razones debo decir que fueron las de un hombre íntegro al que estaré siempre muy agradecido”. Con su iniciativa se convirtió para Nalo “en el Leonardo Da Vinci de las cuencas mineras”. La cercanía de Nalo con su abuelo es de las relaciones más bonitas de la novela y es que Nalo se parece a su abuelo, una de las mujeres de los ingenieros le confiesa, “eres igual que tu abuelo, tan listo y tan loco como él (…), utilizáis la inteligencia desde la humildad que resulta mucho más poderosa que la soberbia, incluso más determinante que la misma violencia, pero poseéis una naturaleza digna y una sabiduría innata que atrae misteriosamente”. Este tipo de cercanía casi espiritual se ve también en la relación de Nalo con Eneka, el jardinero de la casa y su maestro. Eneka es un hombre cultísimo que le enseña muchas cosas a Nalo y no todas tienen que ver con la jardinería, sino que le aconseja continuamente cómo ser y estar en el mundo. Algo que Nalo aprecia. Pero su verdadera maestra y su referente es su hermana, “yo sabía que mi hermana no estaba loca y que su vida era como una de aquellas metáforas de las que estaban llenos los libros de poesía que ocupaban su vida. A mi hermana la quise mucho porque fue quien me enseñó a leer y a escribir y también me enseñó a usar las cuatro reglas para resolver los problemas de aritmética (…) También ella me explicó todo lo referente al sexo y al amor”. Este descubrimiento del sexo y el amor está maravillosamente tratado en la novela; Argüelles no escatima en descripciones precisas de las relaciones sexuales y los cuerpos insinuantes o desnudos. Nalo se va enamorando de todas las mujeres de su alrededor y ellas se enamoran de Nalo (debe ser como el chico del anuncio de Cocacola Light, trabajando y sudado les encanta a todas), y termina prendado de Elena, “la señorita Elena, que para mí ya siempre habría de ser Talía, la musa capaz de multiplicar momentos, la que me hacía sucumbir en el delirio de la conversión de lo increíble en cierto, la que me hacía perder el ritmo de lo cotidiano y la noción de los días en el aturdimiento de un presente desquiciante y en el temblor del pavor de una pasión sin ningún futuro”.

Más allá de las tramas, la novela aborda inteligentemente los cambios sociales y políticos acontecidos en la sociedad asturiana, y española, durante las décadas de 1920 y 1930. Un periodo muy convulso y es un acierto de Argüelles abordarlo desde esta separación social existente entre los trabajadores y los empleados, entre los ingenieros y los curritos, entre los ricos y los pobres. La novela, en presencia de Nalo, suele asumir la perspectiva de los mineros, pero también es interesante el abordaje de la misma desde el lado de los ricos, en una conversación entre Nalo y Elena, ella le presenta la realidad desde otro prisma: “a mí nadie me preguntó dónde quería nacer, a tu primo se le llena la boca proclamando la falta de libertad, pero él habla sin parar y dice lo que quiere, y lo dice aquí mismo, pintando el palacio de estos ricos a los que él difama y condena, y esos ricos lo escuchan, le pagan un salario y le dan de comer, así que tu primo o está loco de atar o es un auténtico caradura, hay muchas formas de esclavitud y algunas de las peores no son exclusivas de las gentes más pobres”. Sin embargo, la lucha de clases y la lucha por los derechos de los trabajadores está más presente y es más importante en la novela. Hay un pasaje muy chulo en la que Argüelles cuenta cómo se ganaban los patronos a los mineros, al más puro estilo Otto von Bismarck: a través de la provisión de seguros y servicios sociales, “en la mayoría de los casos no era más que fría conveniencia, para procurar que tanto el obrero como su familia se hallaran convenientemente alimentados, vestidos, alojados y educados, para evitar revueltas y a la vez conseguir un trabajo más productivo y eficaz, y así los señores poderosos iban haciendo de la hipocresía una virtud y los asalariados convertían sus iniciativas en agradecimiento”. Tanto es así que Argüelles también refleja la revolución del 34, sin el mismo atino que Chaves Nogales, pero con cierto éxito.

Como curiosidad, Argüelles se inspira en el Chalet de los Figaredo para ambientar su novela. Un Chalet que ha pertenecido a la Universidad de Oviedo durante unos años, pero que ahora no sé en qué estado administrativo se encuentra. Es bien bonito y Asturias está plagado de este tipo de construcciones coloniales y burguesas. A mí me gustan, quizás porque las asocie a mi tierra.

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Chalet de los Figaredo (Mieres, Asturias)

Leed a Argüelles siempre que podáis. Acantilado tiene editada mucha de su obra y tenemos que darles las gracias. A mí me tiene cautivado y ya estoy deseando hacerme con otro de sus libros, quizás Recuerdos de algún vivir o No encuentro mi cara en el espejo. Ya veremos. Si no conocíais al autor esta novela es una buena oportunidad.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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