Una delicia que genera ansiedad e impotencia

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Soy reiterativo en eso de que los libros que me gustan son los que me dejan marca, los que me joden, los que despiertan en mí sensaciones viscerales, primarias. He terminado este libro con una cara de asombro y de incredulidad absoluta. La misma cara que tenía mientras leía La Boda Roja de Canción de Hielo y Fuego, pero la veracidad que rodea a esta historia hace que sea mucho más jodido. Joder. No me creo lo que acabo de leer.

Trías nos presenta a Clara, una mujer alejada de la sociedad que vive encerrada en su casa porque todo lo que hay fuera de ella es dañino y peligroso para su integridad y la de su familia a la que también tiene encerrada, por su propio bien: “el mundo es malo. Las calles son peligrosas y no se puede confiar en la gente (…). Por eso quise proteger a papá, aunque él nunca lo haya entendido. Hasta el día de su muerte mi padre veneró un mundo que no hizo más que robarle todo lo que quiso”. Si habéis leído El coleccionista, Clara es una especie de Frederick que cree firmemente que está haciendo lo mejor para Miranda (en este caso para el padre y Flor) cuando en realidad está obligándoles a vivir en unas condiciones infrahumanas en contra de su voluntad. Lo que pasa es que en este caso el supuesto secuestro no es tan férreo porque salen a la calle y ni Flor ni el padre muestran intención de abandonar a Clara… esto está genial tratado por Trías a lo largo de toda la novela. Clara también es una mujer atormentada, no os penséis que no sufre, a su manera vive en un sufrimiento permanente. Trías nos presenta algunos de los interrogantes sociales más esenciales acompañados de violencia, dolor y miedo. Ante todo esto, la única salida que tiene Clara es la azotea de su edificio, un lugar tranquilo desde el que respirar, coger fuerzas y relajarse de cuando en vez. La azotea es un resquicio de ese mundo exterior que detesta y esquiva, como un fallo de Matrix, una falla en el sistema que a ella le insufla vida: “el aire corría limpio, sin los malos olores de la calle ni los gases de los autos. El pretil no tenía baranda. Me acerqué casi hasta el borde, pero mantuve el cuerpo más atrás que la cabeza. (…) Imaginé que saltaba y que caía intacta; imaginé que daba un salto larguísimo y que cruzaba hasta el techo de la iglesia. Tuve que alejarme del borde no por vértigo, sino por miedo a ese deseo ridículo que podía volverse incontrolable (…) Los primeros meses subí sola. Lo hacía casi con miedo de que papá se enterara, como si al salir a la azotea lo estuviera traicionando”.

Al comienzo del libro Clara está embarazada (yo llegué a pensar que era un embarazo psicológico, imaginaos la paranoia que genera este libro) y su hija Flor juega un papel fundamental en la historia. Si el padre es el reflejo de la lealtad y la abnegación por no abandonar a su hija (¿qué sentido tiene la vida de un padre si abandona a su hija?) pues hacerlo sería vivir pendiente de ella en la distancia, así que se mantiene cerca de ella hasta el puto final, Flor, es la frescura y las esperanzas y las oportunidades de una nueva vida. Clara no es consciente de todo esto, y vive en su realidad dictatorial y paranoica. Está convencida de que todo lo que hace es para proteger a su familia de un mundo exterior doloroso, traicionero y angosto. En una de las escasas salidas que hace de casa con la hija Clara reflexiona lo siguiente, “Flor miraba alrededor como si quisiera comerse el mundo con los ojos, no se daba cuenta de que era el mundo el que iba a comérsela a ella”. El final es brutal. Tenían que estar prohibidos finales como el de este libro, pero joder es el único final que podía tener esta historia. Si esperas que al final de la historia Clara reflexione y reconduzca la situación, no has entendido a Clara y todavía crees que los escritores son buenas personas. Despierta, Trías no se compadece de nadie y hace bien, me gustan los escritores cabrones que no consienten nada al lector. Estamos a merced de una púgil con una estilográfica precisa, contundente, pérfida e impía.

La azotea de Fernanda Trías es un puñetazo en el estómago, una bofetada a mano abierta, una taza de té hirviendo a los espectadores, el zarpazo de tu gato, un libro que corta el alma. Es maravilloso. Sí, los libros que me gustan son los que me mantienen incómodo en el sillón, y este es de los buenos. He vuelto a sentir la ansiedad y la impotencia que me acompañó con La vegetariana. La azotea es de esos libros que no voy a olvidar. Y os lo voy a recomendar muchísimo. Lo tenéis que leer. No podéis dejar de leer esto. Atreveos y sufrid, malditos lectores acomodados (jajajaja).

¡Nos vemos en la próxima reseña!

3 comentarios sobre “Una delicia que genera ansiedad e impotencia

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