1856 páginas de absoluto disfrute

 

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Empieza a ser tradición que reserve un Clásico para el verano. Este año me he lanzado a Guerra y Paz, la gran novela de Tolstoi en una edición maravillosa de El Taller de Mario Muchnik y la célebre traducción de Lydia Kúper (2003). Y nada puedo decir sobre ella que no se haya analizado ni escrito anteriormente con más acierto y criterio. Pero no puedo callarme. Ha sido una experiencia única. Son 1856 páginas de absoluto goce y disfrute. No se hace larga. Es amena. Divertida. Muy entretenida. Emocionante. Inspiradora. Provocativa. Electrizante. Consigue removerte por dentro mientras permite que te empalagues con el azúcar de los amores profundos. En ella se percibe nítidamente la idea tolstoiana de la responsabilidad del individuo ante el destino del mundo, uno de los rasgos del alma rusa pintado por la literatura clásica que presentan algunos personajes de la novela y también de ‘Anna Karenina‘, su otra obra cumbre. Y es que nadie ha profundizado en la psicología de los personajes como los rusos. Tolstoi se recrea en esos momentos cruciales en la vida de sus personajes y se explaya sin límites en descripciones psicológicas de páginas enteras; un recurso que te acerca a ellos y te permite entenderlos mucho mejor. Además, en esta novela también destaca la recreación de batallas y escenas de acción, como el ilustre caso de la descripción de la Batalla de Austerlitz.

La obra es de una profundidad inabarcable en una sola lectura, por muy sosegada y analítica que sea. En mi primera lectura (a mis 33 años) he extraído algunas de las ideas que me han llamado más la atención, entre ellas las que tienen que ver con el amor al prójimo (“amamos a los hombres más por el bien que les hacemos que por el que esperamos de ellos“, “amarlo todo y a todos, sacrificarse siempre por amor, significaba no amar a nadie, no vivir la vida terrenal“, “el amor se opone a la uerte; el amor es vida. Todo lo que comprendo lo entiendo porque amo. (…) El amor es Dios; morir significa que yo, una partícula del amor, retorno al manantial común y eterno“), las ideas de libertad que propagaba Napoleón (“el gran número de iglesias y monasterios es siempre índice de atraso de un pueblo“), algunas reflexiones filosóficas (“sólo conozco dos males reales en la vida: el remordimiento y la enfermedad“, “si se admite que la vida humana puede ser dirigida por la razón, se destruye la posibilidad misma de la vida“), discusiones sobre la guerra (“si se trataba de propagar ideas, la imprenta lo habría hecho mil veces mejor que los soldados“) o sobre la Historia (“la casualidad crea una situación y el genio la utiliza“, “la historia moderna se parece a un hombre sordo que responde a preguntas que nadie le hace“), etcétera. La novela es un manantial infinito de aprendizajes que tienen absoluta vigencia 150 años después.

Uno de mis pasajes favoritos, y supongo que el de muchos lectores, es el momento en el que el Príncipe Andrei cae herido de muerte en la Batalla de Austerlitz. Mientras yace herido en el campo de batalla de Austerlitz clava su mirada en el cielo y en Napoleón (que se le acerca) para comprender de un plumazo el misterio de las alturas, de la altura infinita del firmamento y de la altura escasa del emperador francés, “Bonaparte le parecía un ser pequeñísimo e insignificante al lado de lo que estaba ocurriendo en su alma y el alto cielo infinito por donde se deslizaban las nubes“. Y es que unas páginas antes, Tolstoi nos regala una de las mejores y más profundas reflexiones de un personaje en la Literatura, atentos a lo que pasa por la cabeza del Príncipe Andrei: “¿Qué me sucede? ¿Me caigo? Las piernas me vacilan”, pensó; y cayó de espaldas. Abrió los ojos, con la esperanza de ver cómo terminaba la lucha de los franceses y los artilleros; deseaba saber si el pelirrojo había muerto o no, si los cañones estaban en poder del enemigo o habían sido salvados. Pero no vio nada. Sobre él no había más que el cielo, un cielo alto, no límpido, pero infinitamente alto, sobre el cual se deslizaban unas nubes grises. “Qué paz, qué calma, qué serenidad; todo es distinto de como era a hace un momento, cuando yo corría —pensó el príncipe Andréi—; cuando corríamos, gritábamos y combatíamos; cuando, con aquellas caras furiosas y asustadas, el francés y el artillero se disputaban el atacador, las nubes entonces no se movían así por ese cielo alto e infinito. ¿Cómo no me he fijado antes en esa profundidad del cielo? ¡Qué feliz me siento de haberlo sabido al fin! Sí, todo es vacío y engañoso, menos ese cielo infinito. No hay nada más que él. Pero ni eso existe. No hay más que paz, reposo. ¡Y gracias a Dios que así sea!”. ¿No os parece perfecto? ¿No es un resumen brutal de toda la novela? A mí me lo parece. Y está en la página 407, todavía te quedan más de 1400 páginas para seguir flipando con Tolstoi, jajajaja.

En un artículo de 2015 para El País, Vargas Llosa expresa perfectamente las dos principales sensaciones que transmite la novela. En primer lugar, la capacidad de control de Tolstoi sobre las tramas de los diferentes personajes, “es realmente extraordinario cómo en una novela tan vasta, tan diversa, de tantos personajes, la trama narrativa esté tan perfectamente conducida por ese narrador omnisciente que nunca pierde el control, que gradúa con infinita sabiduría el tiempo que dedica a cada cual, que va avanzando sin descuidar ni preterir a nadie, dando a todos el tiempo y el espacio debidos para que todo parezca avanzar como avanza la vida, a veces muy despacio, a veces a saltos frenéticos, con sus dosis cotidianas de alegrías, desgracias, sueños, amores, fantasías“. En segundo lugar, quizás la mejor conclusión que nos deja Tolstoi para todos los que hemos leído la novela, y es que la vida (después de todo) merece la pena ser vivida; así lo expresa Vargas Llosa: “la novela nos deja la sensación de que, pese a todo lo malo que hay en la vida, y a la abundancia de canallas y gentes viles que se salen con la suya, hechas las sumas y las restas, los buenos son más numerosos que los malvados, las ocasiones de goce y de serenidad mayores que las de amargura y odio y que, aunque no siempre sea evidente, la humanidad va dejando atrás, poco a poco, lo peor que ella arrastra, es decir, de una manera a menudo invisible, va mejorando y redimiéndose. Esa es probablemente la mayor hazaña de Tolstói, como lo fue la de Cervantes cuando escribió El Quijote, la de Balzac con su Comedia humana, la de un Dickens con Oliver Twist, de un Victor Hugo con Los miserables o de Faulkner con su saga sureña“.

La obra se hace pesada en momentos puntuales, sobre todo en el epílogo donde Tolstoi se entretiene demasiado en aspectos nada relevantes para el devenir de las tramas. Pero debemos entender que se trató de una novela publicada por fascículos durante 7 años y que (según tengo entendido) por aquel entonces los escritores cobraban por palabras. Aun así, su amplitud no debería retraer nuestras intenciones lectoras pues, como decía Nabokov, “cuando se lee a Tolstoi, se lee porque no se puede dejar el libro“.

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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