Un tentador ensayo aderezado con viajes, lujuria, gula y avaricia.

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Comienza mi colaboración con Acantilado (¡larga vida a esta relación!) con Las especias de Jack Turner, una obra altamente interesante. Y es que no hay adjetivo mejor elegido que este. Es un libro que rebosa curiosidades, episodios algunos divertidos y otros trascendentales para el devenir de la Historia, extractos de grandes novelas, citas de personajes relevantes, y un despliegue de documentación y conocimiento sobre la materia abrumador. Un libro sobre la tentación, rebelión, la lujuria, la gula, la avaricia… un libro sobre los benditos malditos pecados de los que la Historia ha abusado, entre otras cosas, gracias a las especias.

Jack Turner profundiza en el rol que jugaron las especias en la Historia. Desde su importancia para la medicina, la religión, la comida, el status social e incluso el amor. Cómo su búsqueda permitió conocer nuevos continentes y reconfigurar imperios. Turner tiene el acierto de empezar el libro por el “descubrimiento” de América, y es un acierto por dos razones: en primer lugar, permite dimensionar la importancia de las especias y, en segundo lugar, juega con el lector dando la sensación de que la “historia” de las especias comienza ahí, y cuando más adelante se remonta a épocas anteriores te das cuenta de que las especias llevan marcando la Historia desde mucho antes. Uno de esos episodios es el modo en que Roma abordó el problema de su suministro de especias: “el modo en que Roma abordó el problema de llegar a la India y sus riquezas fue, como de costumbre, muy eficaz. Después de la derrota y el suicidio de Cleopatra, la última de la dinastía ptolemaica, el emperador Augusto anexionó Egipto al impero en el año 30 aC, y garantizó así a los mercaderes romanos el acceso directo al mar Rojo (…). Los mercaderes romanos tuvieron ahora el incentivo, la ocasión y los medios para establecerse como una presencia seria en el comercio del océano Índico (…). Se construyeron nuevos puertos a orillas del mar Rojo y se excavaron pozos a lo largo de las rutas de las caravanas que atravesaban el desierto desde el Nilo hasta la costa“.

Con las especias los comerciantes de la Edad Media empezaron a ser personajes muy relevantes. Nos explica Turner que “el comercio y los comerciantes tenían un glamour innegable. Pues, si bien los riesgos eran grandes, los beneficios eran colosales. El éxito en el tráfico de especias sirvió par fundar grandes fortunas y, sobre todo a principios y mediados de la Edad Media, para acceder a la nobleza. Los mercaderes y financieros que se establecieron en el comercio fueron los Rockefeller de su tiempo“. Y esta reciente importancia de los mercaderes era el resultado del atractivo de las especias concebidas como un lujo en su más puro sentido weberiano, es decir como un medio de afirmación social. Como dice Turner, “la comida hablaba del hombre“, o como diría un milenial repelente en la actualidad “dime cómo comes y te diré cómo eres”. Turner es más elegante y afirma que “la historia de la cocina es la historia de la cocina de clases”. Aprovecha este momento para explicarnos cómo ha cambiado la presencia de las especias en las ciudades: “en Londres, al principio del tercer milenio los mejores sitios para comprar especias están en las áreas más pobres de la ciudad donde viven los emigrantes, mientras que hace setecientos años era justo al revés, pues los ultramarinos y especieros londinenses se concentraban en las (entonces) áreas más acaudaladas de la ciudad“, es decir, “las especias iban donde estaba el dinero“.

Es curiosa también la relación de las especias con la medicina y el cuerpo, “según la mentalidad medieval, las especias y las medicinas eran una y la misma cosa“, y Turner aprovecha para describir un sinfín de recetas y de remedios que, como afirma él mismo no curaban, pero distraían: “la utilidad médica de estas medidas era nula. La panoplia de defensas aromáticas que erigieron los europeos contra la peste era una línea de Maginot médica: un enorme esfuerzo en el que se desperdiciaban ingentes recursos, tanto intelectuales como económicos, y que las ratas, las pulgas y los bacilos sorteaban con facilidad“. La parte del cuerpo es casi más interesante que la de la propia medicina. Resulta que “el tráfico de especias no lo motivaba tanto el paladar como el gaznate y la entrepierna” defiende Turner. Una vez más la Iglesia se presta al control del deseo, del lívido, de la libertad sexual y del divertimento más primitivo del mundo: follar. Según Turner, “la toxicidad de las especias no residía en ningún efecto inherente o ritual, sino que se debía a que estimulaban el “apetito sexual“. Quienes comían “trufas con pimienta” -dos afrodisíacos en uno- no se intoxicaban, sino que se regodeaban en la lujuria“. Más adelante explica el autor que “las especias eran como el bromuro del moralista. Precisamente por su proverbial dulzura, y por su prominencia entre los lujos de la nobleza medieval, constituían un revelador y saludable (al menos eso se esperaba) contraste con la vida de austeridad cristiana o, lo que venía a ser lo mismo, la amargura de la muerte y el fuego del infierno. Pues la dulzura de hoy equivalía al hedor de mañana“. En el libro se describen prácticas sexuales que se aderezaban con ungüentos especiados y toda una serie de triquiñuelas que la Iglesia utilizaba para controlar ese libertinaje sexual desmedido y anticristiano.

La última parte del libro se centra en el valor de las especias para el espíritu. La relación de la Iglesia y sus estamentos con ellas, y es que “cuanto más arriba se mira en la escala de autoridad eclesiástica, más espaciada se vuelve“. Esta parte para mi es la más divertida de todas. Es curioso ver la relación entre el clero y las especias y cómo va cambiando la importancia de estas a medida que vas avanzando en la secuencia histórica. El autor llega a identificar dos paradigmas: los que estaban a favor y los que estaban en contra. Los que estaban en contra son los que más molan. Estos defendían que “las especias eran una especie de anti-alimento que transformaba lo que Dios había hecho. Peor que superfluas: eran impías. Quien consumía especias no era sólo un glotón que adoraba al falso dios de su estómago, sino que también era culpable del pecado luciferino de la rebelión“. No me digáis que no es divertido.

El libro termina con un epílogo relatando el final de las especias, sin llegar a dictaminar su muerte puesto que casi en el último párrafo nos deja una última aportación que nos sacará una sonrisa; ese regalo que el director de la película nos deja para nuestra tranquilidad, del protagonista sepultado por una avalancha pero que en el último fotograma consigue abrir un ojo.

En definitiva, un ensayo fascinante. Un libro que te permitirá dimensionar la importancia de las especias en el devenir de la Historia con altas dosis de rigor académico y humor intelectual. Una oportunidad para aprender a través del deseo de poseer estos pequeños ingredientes con mágicas propiedades para otorgar poder, atractivo sexual, magia, riqueza, y un pequeño papel en el Teatro de la Historia. Yo he disfrutado mucho leyéndolo. Despacito, sin prisas, como pasa el tiempo en verano.

 

¡Nos vemos en la próxima reseña!

 

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