El ‘libro – sorbete’ que te mantendrá incómodo en tu sofá

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¿Sabéis de esos sorbetes de mandarina o de limón que te ponen en las bodas para separar dos platos principales? Pues ese sorbete es este libro. No va a ser el mejor libro que leáis, pero va a ser un libro que introduzca aire limpio en vuestra voracidad lectora. Si acabas de leer un buen libro de esos que hay que reposar, de digestión lenta, esta novela es una buena solución para calmar el síndrome de abstinencia lector.

Vale, si esto no ha sido suficiente, os diré que era el libro de cabecera de Kurt Cobain, el depresivo y genial vocalista de Nirvana. Y si aun así no os he convencido, os diré que este autor pertenece a la idolatrada Generación Beat, esa generación de escritores encabezados por Kerouac que cambiaron el estilo narrativo americano y que fueron fuente de inspiración para más de una generación. Si seguís sin animaros, tengo que advertiros de que este libro es el primero de su raza, una forma brutal y descarnada de hablar de la droga. Testigo que hábilmente recogió Irving Welsh en la archiconocida Trainspotting.

Si os lanzáis a su lectura (espero haberos dejado claro que deberíais hacerlo) estaréis ante un relato brutal, rudo, exagerado, doloroso, depresivo, sin límites, descarnado, triste, voraz… sobre la droga y las consecuencias de la misma. Contando en primera persona por un yonqui neoyorquino. Nada más empezar el libro deja claro lo que te vas a encontrar en el camino, “he aprendido la ecuación de la droga. La droga no es, como el alcohol o la hierba, un medio para incrementar el disfrute de la vida. La droga no proporciona alegría ni bienestar. Es una manera de vivir“.

Y es esta manera de vivir la que nos relata de manera salvaje, sin medias tintas, sin edulcorar la fórmula. Nos encontramos con descripciones precisas de cómo funciona cada una de las drogas que prueba este personaje. Y son bastante elocuentes, como por ejemplo cuando se detiene en las sensaciones que deja la morfina:

“La morfina pega primero en la parte de atrás de las piernas, luego en la nuca, y después notas una gran oleada de relajación que te despega los músculos de los huesos y parece que flotes sin sentir el contorno de tu cuerpo, como si estuvieras tendido sobre agua salada caliente”.

El relato se va encrudeciendo, se va haciendo cada vez más insoportable. Te va mostrando los diferentes estados de un yonqui. Desde el subidón del chute, pasando por el malestar desesperante del síndrome de abstinencia, hasta el fatalismo que acompaña la desintoxicación imposible, porque el yonqui es un ser maldito condenado a su adicción para siempre

“Cuando se deja la droga, se deja una manera de vivir (…). Entre los ex adictos es frecuente el suicidio. ¿Por qué un yonqui lo deja por propia voluntad? Es una pregunta a la que nunca se sabe qué responder. Ninguna reflexión consciente acerca de las desventajas y los horrores de la droga puede darte el impulso emocional para abandonarla”.

Creo que es una habilidad de Burroughs, te va inoculando el efecto de su literatura sin que te des cuenta. De vez en cuando mete comparaciones como esta para que te revuelvas en el sillón: “tenía una expresión extática, como la de un mongólico masturbándose“. Otras veces te da tregua y se desintoxica o le meten en la cárcel.

A medida que avanza la historia vas dejando de pensar que se trata de una ficción y empiezas a intuir que se trata de una narración en primera persona, pues el conocimiento sobre los efectos de las drogas es de gran exactitud:

“Cuando empecé a pincharme diariamente, e incluso varias veces al día, dejé de beber y de salir por las noches. Cuando se consume droga, no se bebe. Al parecer, un cuerpo que tiene una determinada cantidad de droga en sus células no absorbe el alcohol. La bebida se queda en el estómago, poco a poco provoca náuseas, incomodidad y vértigo, y no te colocas. Consumir droga probablemente sería una buena cura para el alcoholismo. También dejé de lavarme. Cuando se consume droga, la sensación del agua en la piel resulta desagradable, no sé por qué razón, así que los yonquis no suelen bañarse”.

Y, naturalmente, se trata de una obra en primera persona. Burroughs fue drogadicto y gay, como Bill Lee, el alter ego de Burroughs en el libro.

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Pero sin abandonar la crudeza, también es plenamente consciente de los daños que provocan las drogas, aunque los justifica y se exime de responsabilidades ante ellos. A veces percibes un sentido de sensatez que ingenuamente crees que le llevará a dejar la droga. Como cuando describe el proceso de desintoxicación:

“La droga es una inyección de muerte que mantiene al cuerpo en un estado de emergencia. Cuando el suministro se corta, las reacciones de emergencia continúan. Las sensaciones se agudizan, el adicto tiene conciencia del funcionamiento de sus vísceras hasta un punto que resulta incómodo, el peristaltismo y las secreciones son incontrolables. Independientemente de su edad, el adicto que se está desintoxicando puede caer en los excesos emotivos de un niño o un adolescente”.

Pero nada más lejos de la realidad. Al final siempre justifica la vida vivida desde unos ojos inyectados en heroína. Y cuando ya tienes asumido que Bill Lee es un pobre yonqui autodestructivo y sin salida, termina el libro con este célebre párrafo:

“Colocarse es ver las cosas desde un ángulo especial. Es la liberación momentánea de las exigencias de la carne temerosa, asustada, envejecida, picajosa. Tal vez encuentre en el yapé lo que he estado buscando en la heroína, la hierba y la coca. Tal vez encuentre el colocón definitivo”.

En definitiva, un libro para coger aire, para refrescar la lectura. Pero una historia sin ambages, con mucha fuerza, que te mantiene en el abismo existencial de un pobre yonqui sin salida. Un libro necesario, de los que no pasan de moda, de los que yo siempre recomendaré leer porque todo lo que he leído de la Generación Beat es gloria bendita.

 

2 comentarios sobre “El ‘libro – sorbete’ que te mantendrá incómodo en tu sofá

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