
El miedo a morir tiene forma de nube tóxica
La novela de hoy entró en mi estantería por la puerta equivocada. La cogí convencido de que era una novela de campus (en el blog ya hemos reseñado unas cuantas, que podéis encontrar reunidas en la etiqueta novela de campus), y resulta que no lo es. La universidad está ahí, pero como el decorado de un plató en el que se rueda otra película. Publicada en 1985 y ganadora ese mismo año del National Book Award, Ruido de fondo de Don DeLillo es una de sus grandes novelas y un título de culto de la literatura norteamericana de finales del siglo XX. La he leído en la edición de Seix Barral (Biblioteca Formentor), con traducción de Gian Castelli Gair. Con ella me estreno en un autor del que todavía tengo pendientes Libra y Submundo, que me miran desde la estantería con cierto aire de reproche.
Jack Gladney es profesor en el College-on-the-Hill, una pequeña universidad del Medio Oeste, y ha levantado toda su carrera sobre una disciplina que él mismo se inventó: los Estudios sobre Hitler. Le ha ido tan bien que da clase con toga y gafas oscuras. Y tiene tanto descaro que ni siquiera sabe alemán: lo estudia a escondidas mientras se acerca un congreso. Su amigo Murray Jay Siskind, profesor visitante obsesionado con la televisión, aspira a hacer con Elvis lo mismo que Jack hizo con Hitler. Ahí está la sátira académica más afilada del libro: una universidad convertida en un mercado de nichos, donde el conocimiento se patenta como una marca y el prestigio depende de llegar el primero a un territorio, no de comprenderlo. Como profesor universitario, confieso que me reí. Y que alguna carcajada me supo a espejo. Pero el corazón de la novela late en casa. Jack vive con Babette, su cuarta esposa, y con una tribu de hijos e hijastros que hablan como pequeños ensayistas; Heinrich, el mayor, es capaz de discutir si está lloviendo porque nadie puede demostrarlo. Los Gladney encuentran en el supermercado algo parecido a la paz espiritual, mientras la televisión habla sola desde cualquier rincón de la casa. Por debajo de todo, siempre, el miedo a la muerte. Jack y Babette discuten quién de los dos morirá primero con la ternura de quien se disputa el último bombón. La segunda parte rompe esa rutina con un «escape tóxico a la atmósfera». Una nube química negra obliga a evacuar la ciudad, y Jack, expuesto apenas unos minutos, descubre que lleva la muerte dentro, aunque sin fecha. Lo más inquietante no es la nube, sino SIMUVAC, una organización que aprovecha la evacuación real para ensayar sus simulacros, como si la catástrofe fuera solo un ensayo general mal organizado. La tercera parte gira en torno al Dylar, una pastilla experimental contra el miedo a morir que Babette ha conseguido a un precio que Jack descubre con espanto. Leída hoy, la novela funciona como un diagnóstico de una sociedad que usa el consumo como anestesia y que ha convertido la experiencia en espectáculo. Lo condensa una escena memorable: la visita al granero más fotografiado de América, que nadie ve porque todos lo fotografían. DeLillo lo resumió mejor que nadie: «Una historia sobre el miedo, la muerte y la tecnología. Una comedia, por supuesto».
Me ha gustado, y entiendo perfectamente por qué deslumbró en 1985. La prosa de DeLillo es precisa, irónica y a ratos hipnótica, y los nombres de marcas se cuelan en el texto como interferencias de radio. Las conversaciones entre Jack y Murray parecen seminarios de filosofía impartidos en el pasillo de los congelados. Y el humor, seco y muy negro, es lo que impide que la novela se convierta en un ensayo con personajes. Pocas imágenes me han inquietado tanto como la de esa caravana de coches avanzando bajo la nube, con las familias mirando el cielo como quien mira la tele. También hay que decir lo que no funciona tan bien. Casi todos los personajes hablan igual, como portavoces de su autor, y eso aplana a los niños e incluso a Babette. La primera parte es deliberadamente estática y pide paciencia. Y el desenlace de la trama del Dylar, con ese motel y ese disparo, roza lo grotesco. Entiendo que DeLillo busca la farsa, que la venganza fallida es el último simulacro de la novela, pero a mí me pareció más artificio que necesidad. Lo rescata el cierre en el supermercado, con las estanterías cambiadas de sitio y los clientes perdidos entre los pasillos. Es una imagen final perfecta.
Queda una sensación difícil de explicar. Leer hoy Ruido de fondo es como visitar la casa de un arquitecto al que ha copiado el barrio entero: reconoces la genialidad, pero la fachada ya no te sorprende porque llevas años viéndola en todas las calles. Lo que en 1985 era una intuición radical se ha convertido en territorio común de la novela y del cine posteriores. El propio cine volvió sobre el libro con la adaptación de Noah Baumbach en 2022. DeLillo abrió caminos, y el problema de abrir caminos es que después todo el mundo los transita y acaban pareciendo carreteras de siempre. Eso no le resta mérito; simplemente ha perdido el factor sorpresa. Quizá lo que ha envejecido no sea la novela, sino nuestra capacidad de asombro. En 1985, la televisión murmuraba en un rincón del salón y había que pasar por delante para oírla. Hoy ese ruido de fondo ha mutado: vive en el teléfono móvil, nos acompaña de la almohada a la mesa y vibra en el bolsillo incluso cuando nadie nos llama. Lo llevamos tan pegado al cuerpo que ya ni lo oímos. Por eso conviene leer a DeLillo: no tanto para descubrir algo nuevo como para encontrar el nacimiento del río en el que llevamos años bañándonos. Libra y Submundo esperan su turno.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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