Reseña de Sin fines de lucro de Martha C. Nussbaum

Leer a Nussbaum para recordar lo que no deberíamos olvidar

Todavía tengo libros que compré en Buenos Aires y aún no he leído. Sabía que esto me pasaría y la verdad es que es una sensación reconfortante, viajes que me acompañan para siempre. Sospecho que el libro de hoy es de estos. Seguramente Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, de Martha C. Nussbaum, publicado en castellano en 2010 en la editorial argentina Katz, lo encontraría en uno de mis inolvidables paseos por las librerías bonaerenses durante mi estancia de investigación de 2023. Nussbaum, profesora en la Universidad de Chicago, es una de las filósofas más influyentes de nuestro tiempo. Junto a Amartya Sen desarrollaron el enfoque de las capacidades y recibió el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2012. Sobre este libro ella misma advierte en sus páginas que no se trata de un estudio empírico, sino de un manifiesto. Yo añadiría que es también una llamada a la acción y, por momentos, un desahogo intelectual: el de alguien que lleva décadas defendiendo las humanidades y empieza a perder la paciencia.

Nussbaum arranca con una advertencia. Estamos ante una crisis de enorme gravedad, pero no se refiere a la económica de 2008. Habla de una «crisis silenciosa» que avanza casi inadvertida en los sistemas educativos de medio mundo. Sedientos de dinero, los Estados recortan las artes y las humanidades en todos los niveles, de la escuela a la universidad, porque las consideran adornos inútiles en la carrera por la competitividad global. Si la tendencia continúa, avisa, produciremos generaciones de «máquinas utilitarias» en lugar de ciudadanos capaces de pensar por sí mismos. Para sostener su tesis contrapone dos modelos. Por un lado, la educación para la renta, hija de un paradigma de desarrollo que mide el progreso por el PIB per cápita y que necesita técnicos competentes y dóciles, no ciudadanos críticos. Por otro, la educación para la democracia, ligada al paradigma del desarrollo humano que ella misma ha contribuido a construir. En ese segundo modelo reivindica tres capacidades que solo las humanidades cultivan de verdad: el pensamiento crítico de raíz socrática, la ciudadanía mundial y la imaginación narrativa, esa facultad de ponerse en el lugar del otro que, siguiendo a Ralph Ellison, llama el cultivo de los «ojos interiores». Para mí, lo más interesante del libro es el capítulo en el que fundamenta todo esto en una psicología moral. Nussbaum sitúa el verdadero choque de civilizaciones dentro de cada individuo. El narcisismo infantil, la vergüenza ante la propia vulnerabilidad y el asco proyectado sobre los grupos subordinados explican la tentación de la jerarquía. Los experimentos de Milgram, Asch o Zimbardo muestran, además, lo fácil que resulta someterse a la autoridad y al grupo. Desde ahí recorre la tradición pedagógica que va de Sócrates a Rousseau, Pestalozzi, Froebel, Alcott y Dewey, y rescata como gran figura del libro a Rabindranath Tagore y su escuela de Santiniketan, donde el teatro, la danza y la música eran el corazón del currículo. El último capítulo es un diagnóstico: exámenes estandarizados, la ley No Child Left Behind, el Reino Unido exigiendo «impacto» económico a la investigación humanística, la universidad de Tagore convertida en una más. Leído desde la universidad española de hoy, entre sexenios, acreditaciones e indicadores, ese capítulo produce una incómoda sensación de familiaridad: lo que Nussbaum denunciaba como amenaza se ha convertido en paisaje.

¿Dice Nussbaum algo nuevo? Sinceramente, poco. Quien haya leído El cultivo de la humanidad o Justicia poética reconocerá casi todos los argumentos, y quien se dedique a la educación los habrá escuchado, y defendido, muchas veces. Pero no sobran, porque los dice ella, y lo hace con una claridad, una erudición y una pasión que ya quisieran muchos tratados. Tiene páginas memorables. Billy Tucker, un estudiante de Administración de Empresas, descubre en una clase de filosofía que se puede argumentar a favor de una postura que no se comparte. En la alegoría de Tagore, a un papagayo lo educan hasta matarlo y al final solo cruje en su interior el relleno de hojas de libro. Y están los chavales del Coro de Niños de Chicago, hijos de barrios pobres que «pasan el rato» cantando un motete de Bach. También tiene sus flaquezas. El formato de manifiesto lo vuelve reiterativo y anecdótico: abundan las conversaciones con colegas donde uno esperaría datos, y la mirada se reparte casi en exclusiva entre Estados Unidos y la India, con Europa como contraejemplo. Desde una perspectiva crítica chirrían, además, dos cosas. Conviene no perder de vista que el propósito de Nussbaum es demostrar que la democracia necesita imperiosamente de las humanidades, y en eso el libro cumple con creces. Pero si sin acceso a la educación no hay democracia posible, cuesta aceptar su defensa entusiasta del modelo estadounidense sostenido por la filantropía de los exalumnos adinerados. La propia autora reconoce que el acceso desigual a una educación de calidad es un asunto urgente, aunque decide dejarlo fuera del libro. Confiar la supervivencia de las humanidades a la generosidad de las élites es un error. El actor principal tiene que ser el Estado, es él quien debe garantizar la provisión de la educación, desarrollar las políticas docentes y sostener los servicios públicos que hacen posible la igualdad de oportunidades. La segunda es que, para convencer a los gestores, conceda que las humanidades también son rentables porque alimentan la innovación empresarial. Es comprensible como estrategia, pero termina hablando el idioma que pretende desmontar. Y algunos pasajes, como la esperanza depositada en Obama, han envejecido deprisa.

Con todo, Sin fines de lucro es un libro que conviene tener a mano para esos días en que uno empieza a dudar de para qué sirve lo que enseña. Su cierre lo resume mejor que cualquier paráfrasis: las artes y las humanidades no sirven para ganar dinero, «solo sirven para algo mucho más valioso: para formar un mundo en el que valga la pena vivir». Dieciséis años después, la crisis ya no es tan silenciosa, pero sigue sin escucharse lo suficiente. Por eso merece la pena volver a Nussbaum, no para descubrir nada, sino para recordar lo que no deberíamos olvidar.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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