Reseña de El primer caso de Montalbano de Andrea Camilleri

Montalbano antes de ser Montalbano

Toda saga larga acaba teniendo su relato de los orígenes. Es ese momento en que el lector, después de muchas páginas compartidas con un personaje, siente la curiosidad de saber cómo empezó todo. Con Montalbano ese momento me ha llegado en la undécima entrega. El primer caso de Montalbano se publicó en Italia en 2004. Lo he leído en la edición de bolsillo de Salamandra (2021), con traducción de María Antonia Menini Pagès y, como siempre, con portada de Riki Blanco. El libro abandona la novela única y vuelve al formato de relatos, como ya hicieron Un mes con Montalbano, La nochevieja de Montalbano o El miedo de Montalbano. Esta vez son tres relatos largos, y cada uno sitúa al comisario en un momento distinto de su vida. Sigue siendo uno de esos libros sorbete que intercalo entre lecturas más exigentes, aunque esta vez el sorbete sabe a memoria.

El volumen se abre con Siete lunes, un caso tan extravagante como divertido. Alguien mata animales de todo tipo y tamaño siguiendo una pauta, y Montalbano tendrá que recurrir a la Cábala para entender qué lógica esconde esa escalada. El relato central, el que da título al libro, viaja al pasado. Nos presenta a un joven subcomisario destinado en un pueblo de montaña, harto de un paisaje que siente ajeno, que espera el ascenso soñando con una casa junto al mar. Cuando por fin llega el nombramiento y se planta en Vigàta, su primer caso ya le pone delante el dilema que recorrerá toda la serie: atenerse a las normas o seguir sus corazonadas. El tercer relato, un secuestro exprés que no termina de cuadrar, nos devuelve al presente y a una mafia que ya no se parece a la de antes. En una nota final, Camilleri señala lo que une a los tres: ninguno gira en torno a delitos de sangre, «no hay ningún muerto en estas páginas». Es una decisión que dice mucho del tipo de policía que le interesa retratar. Montalbano no necesita un cadáver para ponerse en marcha; le basta una anomalía, algo que no encaja en el orden de las cosas. Leídos juntos, los tres textos cuentan algo más que la biografía de un policía. Muestran a un servidor público que llega a su destino lleno de ilusión y descubre pronto que la ley y la justicia no siempre van de la mano. Muestran también un Estado que mueve a sus funcionarios como piezas, sin preguntarles dónde quieren echar raíces. Y retratan una criminalidad que ya no necesita matar para imponerse, porque se ha modernizado más deprisa que las instituciones encargadas de combatirla. La imagen de los policías saliendo a fumar a la calle para cumplir la ley antitabaco mientras la mafia se reinventa como empresa es de una ironía demoledora: un Estado eficaz para regular lo pequeño y torpe frente a lo grande. Hay un detalle menor que me hizo especial gracia. Si no me equivoco, estos son los primeros relatos en los que Camilleri habla de euros en lugar de liras. Puede parecer una anécdota, pero funciona casi como un sello de época: el mismo libro que nos lleva a los inicios del comisario certifica que Vigàta ha entrado definitivamente en otro tiempo.

La gran virtud del libro está en el relato central, que es un regalo para quienes llevamos años siguiendo al comisario. En Un mes con Montalbano ya asomaban algunos casos de sus inicios, cuando Salvo aún creía en el poder de la justicia por encima de todo; aquí ese joven ocupa por fin el centro de la escena. Verle antes de ser del todo Montalbano, con su impaciencia, su entusiasmo y su llegada a Vigàta, tiene algo de álbum de fotos familiar. Camilleri maneja la nostalgia sin solemnidad, con ese humor que nunca abandona a sus personajes. Siete lunes, por su parte, demuestra el ingenio del autor para construir un misterio a partir de lo absurdo. La ausencia de muertos también es un acierto, porque demuestra que la serie se sostiene sobre la mirada del comisario y no sobre el morbo del crimen. El reverso es el habitual en este tipo de volúmenes. El conjunto es desigual y el tercer relato pesa menos que los otros dos. La falta de crímenes graves resta tensión a algunos tramos, y el formato más corto deja menos espacio a lo que más disfruto de la serie: el reparto secundario, las comidas sin prisa, la trama que se cocina a fuego lento. Y hay un riesgo propio de toda precuela. Camilleri escribe el principio sabiendo ya hacia dónde va el personaje, de modo que el joven Montalbano a veces parece demasiado coherente con el que conocemos, como si el futuro se hubiera colado en el pasado.

El primer caso de Montalbano no es la mejor entrada de la serie, pero sí una de las más entrañables. Funciona como esas visitas al lugar donde uno empezó algo importante: no aportan grandes novedades, pero ayudan a entender por qué seguimos volviendo. Volver al principio, en este caso, es otra forma de seguir adelante.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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