Reseña de El miedo de Montalbano de Andrea Camilleri

El placer de volver a lo conocido

La literatura también tiene sus lugares de regreso. Espacios conocidos a los que uno vuelve sabiendo más o menos qué va a encontrar y precisamente por eso deseando encontrárselo de nuevo. Vigàta se ha convertido ya en uno de esos lugares para mí. Volver a Andrea Camilleri y al comisario Montalbano es reencontrarse con unos personajes, un humor y una forma de entender la novela policiaca que, entrega tras entrega, siguen funcionando. El miedo de Montalbano, novena entrega de la serie en la edición de Salamandra Bolsillo con las portadas -maravillosas- de Riki Blanco, cambia ligeramente el formato habitual de las entregas. No estamos ante una única investigación, sino ante seis relatos: tres largos y tres breves. Las primeras narraciones eran inéditas cuando apareció originalmente el volumen, mientras que dos de las tres cortas habían sido publicadas con anterioridad. La combinación funciona bien porque permite disfrutar de Montalbano tanto en investigaciones más desarrolladas como en historias donde apenas hacen falta unas páginas para que Camilleri despliegue todo su universo.

En estas seis narraciones encontramos asesinatos, venganzas, secretos y personajes que esconden bastante más de lo que aparentan, pero también una presencia especialmente significativa de referencias literarias. Montalbano siempre ha sido un lector, aunque aquí esa faceta parece ocupar más espacio. Los libros aparecen con naturalidad, acompañan al protagonista y añaden otra capa a un personaje que nunca ha sido solo un policía intuitivo y malhumorado. Especialmente interesante resulta la aparición del comandante Verruso, construido casi como una antítesis de Montalbano: más rígido, más contenido, más apegado a las formas, pero igualmente eficaz y suspicaz. Precisamente por eso funciona tan bien el respeto que acaba despertando en el comisario y la inesperada complicidad que surge entre ambos, sobre todo cuando Verruso se revela como el custodio de un secreto terrible. Camilleri aprovecha ese contraste no solo para introducir una figura memorable, sino también para iluminar, por oposición, algunos de los rasgos más humanos de su protagonista. Y después está el humor. Qué bien lo maneja Camilleri. Le basta una conversación, un enfado de Montalbano, una llamada o cualquiera de las intervenciones de Catarella para provocar una sonrisa. Lo mejor es que ese tono ligero convive sin problemas con historias que en ocasiones resultan muy duras. Esa mezcla entre gravedad y comicidad sigue siendo una de las grandes virtudes de la serie.

A estas alturas, quizá eso sea lo que más valoro de estos libros: cumplen perfectamente su función. No todas las lecturas tienen que ser largas, exigentes o trascendentes. También necesitamos historias que simplemente nos hagan disfrutar mientras las leemos y que nos permitan regresar, durante unas horas, a un lugar conocido. Eso es abrir un Camilleri: volver a Vigàta, reencontrarse con Montalbano y saber que, una vez más, vamos a estar en buenas manos. Genial de nuevo. Una maravilla.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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