
Los hoteles como testigos de la Historia
A los libros no les queda más remedio que esperar pacientemente su momento. Hotel Nirvana, de Manuel Leguineche, editado por Penguin Random House en el sello Ediciones B, llegó a mi biblioteca en 2020 después de escucharlo recomendar en La Cultureta, el programa de Onda Cero que durante mucho tiempo acompañó bastantes de mis horas de radio. Hace ya tiempo que dejé de escucharlo: algunos de sus contertulios me resultaban demasiado conservadores y, paradójicamente, me cansó la cantidad de opiniones políticas que terminaban colándose en un espacio cultural. No porque crea que la cultura pueda separarse de la política —más bien pienso justo lo contrario—, sino porque una cosa es asumir esa dimensión política y otra convertirla continuamente en tribuna. Allí quedaba, eso sí, mi admirado Guillermo Altares. El caso es que compré el libro entonces y han tenido que pasar seis años para que me decidiera a abrirlo, empujado también por otra lectura que aparecerá por aquí el próximo sábado.
La propuesta de Leguineche es magnífica: recorrer Europa a través de sus grandes hoteles. No tanto sus habitaciones, su arquitectura o sus servicios como las historias que han ocurrido dentro de ellos. El Pera Palas de Estambul, el Sacher de Viena, los hoteles venecianos, el Ritz parisino, los grandes establecimientos de Londres, Moscú o Madrid sirven como puertas de entrada a guerras, revoluciones, intrigas diplomáticas, conspiraciones, romances, espionaje, literatura y alta sociedad. Leguineche conocía bien ese mundo. Leguineche, como reportero, había pasado buena parte de su vida entrando y saliendo de hoteles, esperando noticias en sus vestíbulos o escribiendo crónicas desde habitaciones que podían encontrarse a pocos metros de donde estaba ocurriendo la Historia. Y es precisamente ahí donde Hotel Nirvana me ha gustado más. Algunos capítulos son extraordinarios cuando el hotel deja de ser símbolo de lujo para convertirse en refugio, trinchera improvisada, centro de operaciones o testigo privilegiado de un país que se desmorona. Me han interesado especialmente los capítulos ambientados en lugares históricamente más alejados de mis lecturas habituales, como Sarajevo o Leningrado. En ellos, Leguineche consigue algo que está en la mejor tradición del periodismo narrativo: acercar acontecimientos enormes a través de lugares concretos, habitaciones, recepciones, bares y personas que estuvieron allí mientras fuera sucedía todo. También he disfrutado mucho con descubrimientos más cercanos geográficamente pero no menos desconocidos para mí. Es el caso del maravilloso tridente veneciano formado por el Danieli, el Cipriani y el Gritti. Conocemos Venecia, creemos conocer incluso su imaginario, pero estos hoteles permiten recorrer otra ciudad: la de diplomáticos, artistas, viajeros, espías y huéspedes que fueron construyendo también su leyenda. Algo parecido ocurre con Madrid y la pareja formada por el Ritz y el Palace, uno de esos capítulos que dejé especialmente señalado. Dos edificios que hemos visto cientos de veces terminan apareciendo como pequeños archivos de la historia política y social española.
Quizá por eso me han interesado bastante menos las páginas dedicadas a la aristocracia, las monarquías, las estrellas cinematográficas o determinadas celebridades literarias. Cuando el hotel se convierte únicamente en escenario de ricos, famosos y miembros de la alta sociedad, el libro pierde para mí buena parte de su atractivo. Hay nombres, romances, fiestas y anécdotas que seguramente divertirán a otros lectores pero que a mí me han dejado bastante frío. Y sí, también hay algunos capítulos directamente soporíferos, de esos en los que uno termina practicando sin demasiados remordimientos esa modalidad de lectura en diagonal que todos utilizamos, aunque no siempre queramos reconocerlo. Esa irregularidad se nota especialmente porque algunos destinos parecían prometer mucho más. Esperaba bastante de Mónaco y, sobre todo, de París, dos lugares que parecían hechos a medida para un libro como este y que, sin embargo, no se encuentran entre los capítulos que conservaré en la memoria. En cambio, Viena vuelve a jugar con ventaja. El Hotel Sacher me ha encantado, aunque reconozco que cualquier cosa relacionada con esa ciudad parte conmigo con unos cuantos metros de ventaja.
Hay además una presencia que atraviesa distintos momentos del libro y que he disfrutado especialmente: Hemingway. Sus hoteles, sus viajes, sus guerras y su manera de habitar Europa encajan perfectamente en el universo de Leguineche. Después de haber dedicado últimamente bastante tiempo al escritor estadounidense (me he comprado su obra más significativa después de una búsqueda profunda de ediciones y traducciones), reencontrármelo aquí ha sido uno de esos pequeños placeres que hacen que unas lecturas dialoguen inesperadamente con otras.
Al terminar Hotel Nirvana me queda la sensación de que Leguineche es mucho más interesante cuando cuenta lo que ocurrió en los hoteles que cuando se limita a enumerar quién durmió en ellos. Cuando detrás de una puerta aparece una guerra, una revolución, una conspiración política o un periodista intentando contar el mundo, el libro crece. Cuando aparecen príncipes, actrices y millonarios acumulando anécdotas, mi atención disminuye en la misma proporción. Quizá esa sea también la mejor idea que deja el libro. Los hoteles son lugares construidos para el tránsito, espacios en los que nadie debería permanecer demasiado tiempo. Y, sin embargo, algunos han terminado convertidos en depósitos involuntarios de memoria. Por sus pasillos pasó buena parte del siglo XX europeo y Manuel Leguineche supo entrar en ellos para recoger sus historias. No todas tienen el mismo interés, algunas merecen incluso que aceleremos el paso por el pasillo, pero cuando Hotel Nirvana abre la puerta adecuada es difícil no quedarse un rato dentro. Literatura donde descansar, donde aprender y donde revivir la historia. No hay fallo.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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