
La agradable sorpresa de un noir sureño
A veces creemos conocer a un escritor después de haber leído un solo libro suyo. Chris Offutt llegó a este blog hace un par de años con Mi padre, el pornógrafo, un magnífico y doloroso ejercicio autobiográfico en el que trataba de ajustar cuentas con la figura de su padre, el escritor Andrew Offutt. Me gustó mucho aquel libro y desde entonces tenía pendiente Kentucky seco, su colección de relatos. Lo que no sabía era que, mientras yo lo tenía colocado mentalmente en otro lugar de mi biblioteca, Offutt llevaba años escribiendo novela negra. Y no poca. El sheriff reticente, publicada en España por Sajalín, es la cuarta entrega de la serie protagonizada por Mick y Linda Hardin, después de Los cerros de la muerte, Los hijos de Shifty y La ley de los cerros. Yo, por supuesto, he empezado por la cuarta. Es una habilidad que tengo.
En esta entrega, Mick Hardin es un antiguo investigador de homicidios del ejército que debería estar pensando en retirarse y marcharse a Córcega, pero se encuentra de nuevo en su Kentucky natal ejerciendo provisionalmente como sheriff mientras su hermana Linda se recupera de una herida de bala. No parece demasiado entusiasmado con el cargo —el título no engaña— y todavía menos cuando tiene que investigar el asesinato del propietario de un bar y descubre que el principal sospechoso pertenece a una parte de su pasado que preferiría mantener lejos. A partir de ahí aparecen nuevos cadáveres, viejas cuentas pendientes y personajes que convierten los cerros de Kentucky en un territorio bastante menos tranquilo de lo que podría parecer.
Hasta aquí, podría ser una novela negra más. Pero no lo es. O, al menos, a mí no me lo ha parecido. Quizá porque Offutt parece mucho menos interesado en cumplir con las convenciones del género que en utilizar una investigación criminal para hablar de un lugar y de la gente que lo habita. El asesinato importa, claro, y la novela tiene ritmo, tensión y suficientes giros como para que las páginas avancen casi solas, pero lo que realmente me ha atrapado es todo lo que ocurre alrededor. Los caminos secundarios, los bosques, las casas aisladas, los bares, las armas, las relaciones familiares, las lealtades y ese código no escrito que regula la vida de unas comunidades donde todo el mundo parece saber quién es quién y qué hizo su familia varias generaciones atrás. Ahí está, para mí, lo mejor de El sheriff reticente. Más que una ambientación sureña en sentido amplio, Offutt construye un noir profundamente apalachense. Kentucky no funciona como simple decorado para colocar cadáveres: condiciona la manera en que los personajes hablan, se relacionan, interpretan la justicia y entienden la pertenencia a una comunidad. Hay leyes escritas y otras que no necesitan escribirse porque llevan décadas —o siglos— funcionando entre los cerros. Y Mick Hardin se mueve entre ambas con una naturalidad que probablemente explique buena parte del atractivo del personaje.
También ayuda la escritura de Offutt. Después de Mi padre, el pornógrafo esperaba encontrar un buen escritor; lo que no esperaba era comprobar lo bien que esa escritura funcionaba dentro de una novela criminal. Hay una enorme economía narrativa. Los diálogos son secos, rápidos, muchas veces divertidos, y Offutt no necesita detener la historia para explicar constantemente quiénes son sus personajes. Le bastan una conversación, una reacción o una pequeña decisión para definirlos. Esa contención evita además uno de los problemas que suelo encontrar en parte de la novela negra: que la investigación termine devorando todo lo demás. Aquí sucede justo lo contrario. El crimen empuja la historia, pero alrededor de él va apareciendo una pequeña sociedad con sus códigos, sus miserias y también sus afectos. Incluso cuando la violencia aumenta —y aumenta— permanece la sensación de estar leyendo algo más que un thriller. Tal vez por eso me cuesta encasillar la novela en el género negro convencional. Sajalín habla de country noir y probablemente esa etiqueta se acerque bastante más: naturaleza, aislamiento, violencia, familias, viejas lealtades y una idea de justicia que no siempre coincide con la que aparece en los códigos legales.
La novela introduce además una segunda línea narrativa situada en Córcega que, al principio, puede resultar extraña para quien, como yo, ha decidido incorporarse alegremente a la historia en su cuarta entrega. Sin embargo, poco a poco se entiende que no está tan lejos de Kentucky como indican los kilómetros. También allí importan el territorio, la pertenencia, los códigos propios y la relación casi física de los personajes con el lugar que habitan. Offutt encuentra así algunas conexiones inesperadas entre dos espacios aparentemente remotos. Supongo que haber leído antes las tres novelas anteriores habría añadido capas a determinados personajes y relaciones. Pero puedo confirmar que llegar tarde no me ha impedido disfrutar muchísimo de esta historia. Más bien ha provocado el efecto contrario: he terminado El sheriff reticente con tres libros nuevos apuntados en la lista de pendientes. Los cerros de la muerte, Los hijos de Shifty y La ley de los cerros se unen ahora a ese Kentucky seco que llevaba demasiado tiempo esperándome.
No esperaba encontrarme una novela negra cuando abrí este libro. Mucho menos esperaba que me gustara tanto. Quizá descubrir que el escritor que había conocido escribiendo sobre su padre era también capaz de llevarme hasta unos cerros de Kentucky en los que nunca había estado y conseguir que, durante casi trescientas páginas, pareciera que conocía sus caminos, sus gentes y hasta sus códigos, haya sido una de las mejores cosas de la lectura. Chris Offutt ha resultado ser bastante más escritor del que yo pensaba que conocía y es una buenísima noticia para mi apetito lector.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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