Reseña de Kentucky seco de Chris Offutt

La cultura popular de Kentucky a palo seco

La mejor literatura sobre un territorio rara vez nace desde fuera del territorio. Tampoco nace en las bibliotecas ni en los cafés de especialidad, sino en los porches, en las cocinas, en las timbas de madrugada y en las historias que los viejos cuentan a los jóvenes para explicarles cómo funciona el mundo. Kentucky seco, de Chris Offutt, publicado por Sajalín en 2019 en su colección Al margen y con traducción de Javier Lucini, pertenece a esa estirpe de libros que parecen recogidos directamente del suelo que pisan sus personajes. Reúne los nueve relatos con los que Chris Offutt debutó en 1992, escritos durante su paso por el taller de escritura de la Universidad de Iowa, donde James Salter le animó a no renunciar a su voz. Offutt ya había pasado por este blog con Mi padre, el pornógrafo y, hace unas semanas, con El sheriff reticente, y en aquella reseña confesaba que su primer libro llevaba demasiado tiempo esperándome. El título alude al bourbon que se destilaba clandestinamente en la región, un whisky sin hielo ni agua que lo rebaje, y cuesta encontrar una definición mejor para estos cuentos. En el epílogo, el propio autor explica que buscaba «brindar un libro a la gente de casa, un libro sobre “nosotros”, no sobre “ellos”», un libro en el que los lectores de las montañas pudieran por fin reconocer su cultura sobre el papel, con un lenguaje que entendieran y sin condescendencia.

Los relatos transcurren en una pequeña comunidad sin nombre de los Apalaches, muy parecida a Haldeman, el pueblo minero de doscientos habitantes en el que creció Offutt y que hoy ya no existe. Es un lugar de una belleza áspera, donde la caza no es un deporte sino una forma de comer y donde estudiar se considera casi un acto de arrogancia. Lo cuenta muy bien «Serrín», el relato que abre el libro: un joven decide preparar el examen para obtener el título de secundaria y se convierte en objeto de burla de sus vecinos, que le reprochan pensar demasiado. «Dicen que soy como mi padre», arranca, y a su madre le preocupa que tengan razón. Pero lo que más me ha llamado la atención es de dónde procede el conocimiento en ese mundo. Si no viene de la escuela, viene de otro sitio. El mundo, el universo, lo divino y lo terrenal quedan reducidos a una explicación fabulada, hecha de leyendas, supersticiones y creencias ancestrales que se transmiten de generación en generación, algo así como un conocimiento mágico. «La abuela Lith», que tiene mucho de cuento de los hermanos Grimm trasladado a las montañas, es el mejor ejemplo. Offutt no presenta ese saber como una curiosidad pintoresca para lectores urbanos, sino como la forma que tiene una comunidad de habitar un mundo al que no llegan ni las instituciones ni las oportunidades. Cuando el Estado, la escuela y el trabajo se ausentan, el mito ocupa su lugar. Por eso el libro se entiende mejor a la luz de esa otra intención que declara el autor: echar mano de la narrativa para lidiar con la opresión, el prejuicio y la escasez de oportunidades.

Ahí reside, para mí, la gran virtud del libro: lo pegado que está a la calle, a las clases populares y a la cultura de un territorio concreto. Offutt no mira a su gente desde arriba ni la convierte en material de estudio; escribe desde dentro, con su lenguaje, sus rituales y su sentido del humor, y la dignifica sin idealizarla. Sus personajes beben, pelean, apuestan y se equivocan, pero nunca son caricaturas. A eso se suma una escritura de frase corta y diálogo seco, la misma economía narrativa que tanto me gustó en El sheriff reticente, aquí en estado puro. Los relatos que mejor lo demuestran son «Serrín», «Ahumadero», con su partida de póquer en pleno invierno que acaba en humillación, «Blue Lick», «La abuela Lith» y «Bola 9», que cierra el volumen con un joven refugiado en las mesas de billar. Ahora bien, el libro es irregular, como suele ocurrir con las colecciones de relatos. «Cuarto menguante» y «Hierba de caballo» no terminaron de convencerme, y «La ascensión de la casa» y «Lo que se queda» me dejaron bastante indiferente: piezas que se quedan en apunte o cuyo final se cierra de golpe, justo cuando uno empezaba a instalarse en la historia. También exige paciencia, porque el lenguaje oral y elíptico de las montañas obliga a entrar despacio, y sospecho que parte de esa habla se pierde inevitablemente en la traducción, aunque Lucini consigue mantener el tono áspero y directo del original.

Leído después de los títulos que ya hemos señalado, Kentucky seco tiene algo de viaje a la fuente. Aquí están ya los cerros, los códigos no escritos, las lealtades familiares y esa mezcla de dureza y afecto que años más tarde sostendrá el mundo de Mick Hardin, cuyas primeras entregas sigo teniendo pendientes. Offutt quería escribir un libro para su gente, y lo consiguió, pero de paso escribió también un libro para quienes nunca hemos pisado esas montañas y, gracias a él, empezamos a entenderlas. Nueve tragos de bourbon sin rebajar: raspan la garganta al principio, pero dejan un regusto que tarda en irse.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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