
Contrabando, frontera y estrellas en una novela maravillosa
Pocas novelas pueden presumir de haber abierto la celda de quien las escribió. El enamorado de la Osa Mayor, de Sergiusz Piasecki publicada en Polonia en 1937, es una de ellas. Acantilado la editó en España en 2006, con traducción de A. Rubió y J. Slawomirski, la primera hecha directamente del polaco. La historia del autor ya merecía un libro; resulta que Sergiusz Piasecki había sido soldado, espía y contrabandista en la frontera polaco-soviética antes de acabar condenado a muerte por atraco a mano armada, una pena que le conmutaron por quince años de cárcel. Entre rejas aprendió a escribir en polaco (su lengua de infancia era el ruso) y compuso esta novela, que el escritor Melchior Wańkowicz le ayudó a publicar. El éxito fue tan arrollador que la presión de escritores y lectores consiguió su indulto ese mismo año. Como veréis, la vida del autor no desentona en absoluto con lo que cuenta el libro.
La novela nos traslada a principios de los años veinte, a Raków, un pueblo pegado a la recién trazada frontera entre Polonia y la Rusia soviética. Allí vive el narrador, un joven recién licenciado del ejército, sin oficio ni perspectivas, que pronto se une a una cuadrilla de contrabandistas. Noche tras noche cruzan la frontera cargados con fardos de mercancía, atravesando bosques y ciénagas y esquivando a los guardias de uno y otro lado. A la vuelta se gastan en vodka, fiestas y mujeres lo que han ganado jugándose la vida. Entre emboscadas, tiroteos, amistades leales, traiciones y algún amor, el protagonista se va endureciendo y, a la vez, apartando de los demás, hasta convertirse en una especie de lobo solitario que solo se siente en casa en la tierra de nadie.
Leída hoy, la novela es mucho más que una sucesión de aventuras. La frontera que fijó el Tratado de Riga en 1921 partió en dos un territorio donde la gente compartía lengua, parentesco y costumbres. Lo que para los Estados era una línea en el mapa se convirtió, para los jóvenes de la zona, en la única economía posible. Piasecki retrata a una generación que salió de la guerra sin porvenir y que encontró en el contrabando trabajo, comunidad y un código moral propio, hecho de lealtad al compañero, desprecio al chivato y palabra dada, que poco tiene que ver con la ley oficial. Del Estado apenas vemos su cara armada: los guardias que disparan, los interrogatorios, la cárcel. No hay idealización, porque el contrabando también es codicia, violencia y una manera de quemar la vida deprisa. Pero sí está la mirada de quien conoció ese mundo desde dentro y entiende por qué tantos lo eligieron.
El enamorado de la Osa Mayor me ha parecido un libro genial, y lo que más sorprende es lo bien construido que está viniendo de alguien sin formación literaria. Los personajes no están exagerados y los escenarios se sienten (casi se huele el bosque húmedo). Las tramas se encadenan con naturalidad, y Piasecki alterna con mucho oficio los momentos de acción con los pensamientos internos del protagonista, que es donde la novela respira. La prosa es sencilla y directa, casi oral, y sin embargo tiene una fuerza poco común. Me ha cautivado especialmente la paz que transmite el protagonista cuando, en mitad de la noche y del peligro, levanta la vista y encuentra la Osa Mayor. Esa constelación es su brújula, pero también su refugio: bajo ella se siente protegido, acogido, en su sitio. En contraste, la ciudad aparece como un espacio claustrofóbico, poblado por ciudadanos cobardes y codiciosos que hacen muchos movimientos innecesarios y gritan. Si hay que ponerle un pero es la repetición: las emboscadas y los viajes de contrabando se suceden con un esquema parecido y en algunos tramos uno tiene la sensación de releer lo ya leído. Aun así, siempre apetecía sentarse a leerlo.
Mientras lo leía no dejaba de pensar en otras aventuras que me hicieron muy feliz. Los contrabandistas de Piasecki tienen mucho de Ned Rise, el superviviente de los márgenes de Música acuática de T. C. Boyle. El narrador comparte con Mungo Park esa llamada irresistible, en su caso la de la frontera, que lo hace volver una y otra vez aunque sepa lo que arriesga. Y es primo hermano de John Dunbar, el pistolero hosco y solitario de la trilogía de Jon Bilbao (Basilisco, Araña y Matamonstruos), que cambia con cada cosa que vive. Bilbao decía que los wésterns le evocan «luz, libertad. Y también fronteras», y no se me ocurre mejor definición para esta novela, que en el fondo es un western del este, con bosques y ciénagas en lugar de desiertos.
En definitiva, El enamorado de la Osa Mayor es una novela de aventuras de las de antes, escrita desde una celda por alguien que había vivido lo que cuenta. Casi un siglo después conserva intactos su ritmo y su verdad. Es una lectura absorbente, vigorosa y, por momentos, conmovedora, que además nos recuerda que la literatura, a veces, también libera. Un libro de aventuras muy recomendable.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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