
Entre la supervivencia y la conciencia
Hay veces que un libro te abre un mundo que decides seguir explorando en las siguientes lecturas. Eso me ha pasado últimamente con los grandes hoteles y su presencia en la Historia. Primero fue Hotel Nirvana, de Manuel Leguineche; ahora ha llegado El barman del Ritz, la primera novela del periodista y productor de radio francés Philippe Collin, que he leído en la edición publicada por Galaxia Gutenberg en 2025, con traducción de Adolfo García Ortega. Y quizá por eso me ha llegado en el momento perfecto. En el libro de Leguineche, los grandes hoteles aparecían como lugares privilegiados para observar la Historia, escenarios de guerras, conspiraciones, encuentros diplomáticos, exilios y decadencias, espacios donde el lujo podía convivir pared con pared con la tragedia. Collin parte de una idea parecida, pero concentra toda la mirada en un único hotel, el Ritz de París, y, sobre todo, en un solo hombre, Frank Meier, su mítico barman. Si Leguineche mira los hoteles desde fuera y reconstruye las historias que han pasado por ellos, Collin se mete detrás de la barra y, desde allí, en la cabeza de quien tuvo que seguir sirviendo copas mientras el mundo que conocía se derrumbaba.
La ocupación alemana de París transforma el Ritz en uno de esos lugares donde las contradicciones de la época parecen concentrarse. Por sus salones pasan militares alemanes, colaboracionistas, miembros de la Resistencia y personajes reconocibles, mientras Frank Meier continúa preparando cócteles y procurando no llamar demasiado la atención. El problema es que el Meier que construye Collin guarda un secreto que podría costarle la vida: es judío. Y precisamente ahí está uno de los grandes aciertos de la novela. Collin combina el acontecimiento histórico, los personajes conocidos y la historia personal del protagonista sin que ninguna de esas tres capas se imponga sobre las otras. El Ritz se convierte así en una especie de burbuja dentro de una ciudad ocupada, «en esta guerra que ahora llaman paz, Frank Meier se siente sacudido entre dos mundos que coexisten y nunca se cruzan: el mundo de dentro, el del Ritz, con su fastuosidad, su confort y su rapacidad, y el mundo de fuera, el del hambre, el frío y la humillación». Es sorprendente la capacidad de los grandes hoteles para aislar a quienes están dentro de lo que sucede apenas unos metros más allá. Y aquí esa distancia no es solo social o física, sino que termina convirtiéndose en un problema moral. Porque El barman del Ritz no es tanto una novela sobre nazis y resistentes como una novela sobre qué hacemos cuando la Historia nos obliga a elegir y ninguna decisión parece sencilla. Frank no encaja cómodamente en las categorías de héroe o traidor. Sobrevive, se adapta, tiene miedo, ayuda a unos y sirve a otros. Y esa contradicción está formulada de manera explícita: «Siempre ha habido dos personas en Frank Meier. La que se refugia en la autoridad y la disciplina, y la que se siente atraída por la irreverencia y la libertad. No es el único, por supuesto. La vida cotidiana tóxica en la que el destino lo ha sumido desde hace tres años no ha hecho más que exacerbar su viejo conflicto. Un día rinde un servicio a los alemanes y al día siguiente ayuda a las familias judías a escaparse». Ahí está, para mí, lo mejor de la novela. Resultaría mucho más sencillo construir a Frank como un resistente secreto que engaña a los nazis mientras les sirve sus cócteles. También sería fácil presentarlo como alguien que se refugia cómodamente en el lujo del Ritz mientras París sufre. Collin evita ambas tentaciones. Frank hace cosas de las que puede sentirse orgulloso y otras que después tendrá que explicarse a sí mismo. Su principal batalla se libra precisamente ahí, en la imagen que tiene de sí mismo y en la necesidad de seguir reconociéndose cuando todo alrededor ha alterado las reglas. Cuando la Gestapo lo detiene y lo interroga, se aferra mentalmente a una definición que reúne casi toda su vida: «Yo soy Frank Meier, barman principal del Ritz, desde hace veinte años, antiguo combatiente en Verdún y judío askenazí».
Esa mirada interior es además lo que permite que una novela de casi cuatrocientas páginas resulte ágil y mantenga siempre la tensión y la atención del lector. Collin no convierte la reconstrucción histórica en una exhibición de documentación. La Historia está ahí, naturalmente, pero entra y sale del Ritz a través de personajes, conversaciones, rumores, peligros y decisiones. Siempre hay algo que puede descubrirse, alguien que puede denunciar a Frank o una decisión aparentemente insignificante que puede tener consecuencias. El resultado es una novela dinámica, que se lee con facilidad y que no pierde de vista al personaje bajo el peso del contexto histórico. Y quizá por eso también funciona tan bien su tramo final. Después de años caminando sobre el alambre, Frank puede preguntarse qué ha significado realmente todo aquello y hasta qué punto el Ritz terminó protegiéndolo también de la realidad: «¿Tenía, acaso, que emprender este escarpado sendero en medio de los colaboracionistas y los gerifaltes de la Wehrmacht para apaciguar mis luchas interiores? ¿Hacía falta que me sintiera un falso burgués para alcanzar una forma de indulgencia hacia mí mismo y hacia mis viejos? No cabe duda de que el lujo me ha aislado. Aislado y cegado (…) «Hay que saber que es inútil cambiar las cosas y, sin embargo, hemos de estar dispuestos a hacerlo», me había dicho Fitzgerald antes de abandonar París el otoño del 38. Mi vida entera se resume en esa frase». Quizá también la novela pueda resumirse ahí. En la distancia entre saber que uno apenas puede cambiar lo que sucede y decidir, pese a todo, qué pequeñas cosas está dispuesto a hacer. Frank Meier no sale indemne de esa experiencia. Difícilmente podría hacerlo alguien de quien se dice que «Frank ha conocido dos guerras y cada una le ha arrebatado a algún ser querido». Pero precisamente porque Collin no necesita convertirlo en héroe, su historia resulta más humana y también más incómoda. El barman del Ritz termina siendo mucho más que una buena novela histórica sobre el París ocupado. Es la historia de un hombre que sirve copas en uno de los lugares más lujosos del mundo mientras intenta averiguar, día tras día, hasta dónde está dispuesto a ceder para sobrevivir y en qué momento sobrevivir deja de ser suficiente. Qué historias nos regala la literatura, qué suerte tenemos los lectores de vivir estas vidas.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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