
Honoré nos propone la lentitud como horizonte
Quienes me conocéis sabéis que utilizo bastante la expresión “despacito, como Luis Fonsi” en clave de humor. Pero detrás de la broma hay algo en lo que creo cada vez más y es que a todos nos vendría bien ir un poco más despacio. Y no hablo solo de leer despacio, algo que intento reivindicar siempre que puedo, sino de trabajar, comer, pasear, cuidar, pensar y, en definitiva, vivir más despacio. De eso trata precisamente Elogio de la lentitud, publicado originalmente en 2004, el primer libro de Carl Honoré, periodista y escritor nacido en Escocia y canadiense de adopción que se ha convertido desde entonces en una de las voces más reconocibles del movimiento slow. RBA recuperó en 2024 el libro en una edición conmemorativa de su vigésimo aniversario, traducida por Jordi Fibla y presentada con un subtítulo bastante elocuente: El manifiesto fundacional del movimiento slow.
A lo largo de sus páginas, Honoré recorre ámbitos tan distintos como el trabajo, la alimentación, las ciudades, la medicina, el sexo, el ocio o la crianza para defender una idea sencilla: hemos convertido la velocidad en una virtud casi indiscutible y quizá haya llegado el momento de preguntarnos si necesitamos vivir siempre tan deprisa. Yo llegué a Elogio de la lentitud siguiendo, en realidad, el camino inverso al habitual. Primero leí The Slow Professor, de Maggie Berg y Barbara K. Seeber, un libro que me influyó mucho en mi forma de entender la profesión universitaria y al que incluso recurrí cuando preparé mi plaza de Profesor Permanente Laboral en la Universidad de Salamanca. Aquel libro trasladaba los principios del movimiento slow a una universidad cada vez más dominada por la productividad, las acreditaciones, las publicaciones, los plazos y esa sensación permanente de que nunca hacemos suficiente. Después de aquello parecía inevitable acudir a una de sus fuentes. Y quizá precisamente por llegar desde The Slow Professor esperaba más. No porque las ideas de Honoré me resulten ajenas —más bien todo lo contrario—, sino porque me interesa mucho más aquello que propone que la manera en que consigue desarrollarlo. Como horizonte vital, Elogio de la lentitud tiene mucho que ofrecer. Como ensayo, me ha parecido bastante más flojo.
Conviene aclarar desde el principio algo que Honoré repite y que evita convertir su propuesta en una caricatura: vivir despacio no significa hacerlo todo lentamente. La reivindicación slow consiste más bien en encontrar el ritmo adecuado para cada actividad, escapar de esa identificación automática entre rapidez, eficacia y progreso. No se trata de tardar dos horas en hacer algo que podemos hacer en diez minutos, sino de preguntarnos por qué hemos convertido el ahorro de tiempo en un objetivo incluso cuando después no sabemos muy bien qué hacer con el tiempo ahorrado.
Los mejores momentos del libro aparecen cuando Honoré aplica esa pregunta a estructuras concretas de nuestra vida cotidiana. Me interesaron especialmente los capítulos dedicados a nuestra obsesión por hacerlo todo más rápido, las ciudades, el trabajo, el ocio y los hijos. Es ahí donde el movimiento slow deja de parecer una colección de consejos para vivir mejor y adquiere una dimensión social mucho más sugerente. El capítulo sobre el trabajo resulta especialmente interesante leído veinte años después. Seguimos midiendo demasiadas veces el compromiso por el número de horas, confundiendo productividad con presencia y llenando nuestras jornadas de tareas que deben completarse cuanto antes para poder empezar inmediatamente las siguientes. En el ámbito universitario conozco bien esa sensación: leer, pensar, investigar, escribir o preparar una buena clase requieren precisamente aquello que nuestra cultura profesional parece empeñada en negarnos: tiempo. Quizá por eso The Slow Professor me resultó mucho más estimulante que el libro de Honoré. Berg y Seeber parten de una intuición similar, pero la convierten en una crítica mucho más concreta de las formas contemporáneas de entender la universidad. También funcionan muy bien las páginas sobre la infancia. Hemos conseguido que los niños tengan agendas que empiezan a parecerse peligrosamente a las de los adultos: colegio, actividades, deporte, idiomas, deberes, compromisos. Incluso el ocio termina programado. Honoré reivindica algo tan sencillo como dejar tiempo sin ocupar, permitir aburrirse, jugar o estar sin perseguir constantemente algún objetivo. Lo mismo sucede con el ocio adulto: hemos incorporado hasta tal punto la lógica del rendimiento que descansar puede acabar convirtiéndose en otra tarea que debemos realizar correctamente.
El problema es que el libro no mantiene siempre ese nivel. Capítulos como los dedicados a la comida, el sexo, la medicina o el cuerpo y la mente me resultaron bastante más débiles. Honoré viaja, prueba experiencias, entrevista a personas, visita proyectos y acumula ejemplos relacionados con el universo slow, pero con frecuencia pasa por ellos demasiado deprisa —paradoja involuntaria del libro—. Hay mucho reportaje y menos análisis del que habría deseado.
Echo de menos, además, una mirada más política sobre la lentitud. Decidir trabajar menos, cocinar durante horas, desplazarse caminando, dedicar más tiempo a los hijos o recuperar determinadas formas de ocio resulta enormemente atractivo, pero la capacidad para hacerlo no está distribuida por igual. La velocidad también tiene clase social. Hay quien corre porque quiere llegar a todo y quien corre porque no tiene otra posibilidad. Una defensa de la lentitud resulta incompleta si no se pregunta quién posee realmente el control sobre su propio tiempo. Quizá por eso he terminado el libro con una sensación contradictoria. No creo que Elogio de la lentitud sea un gran ensayo. Es irregular, anecdótico en demasiados momentos y menos profundo de lo que su propia propuesta permitiría. Pero tampoco creo que eso invalide su intuición principal. Honoré formula una pregunta sencilla que merece la pena conservar, ¿realmente necesitamos ir tan deprisa?
Quizá no haya que convertir la lentitud en una nueva obligación ni apuntarse disciplinadamente a una vida slow. Bastaría con recordar de vez en cuando que no todo aquello que merece la pena puede acelerarse. Pensar necesita tiempo. Educar necesita tiempo. Cuidar necesita tiempo. Leer necesita tiempo. Y vivir, probablemente, también.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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