
La relación con el mercado cierra la célebre trilogía
La universidad lleva décadas preguntándose para qué sirve. El problema empieza cuando alguien exige que la respuesta pueda expresarse en términos de productividad, rentabilidad o utilidad económica. David Lodge escribió ¡Buen trabajo! en 1988 y, casi cuarenta años después, buena parte de las preguntas que plantea siguen formando parte de cualquier debate sobre el presente y el futuro de la universidad. Con esta novela Lodge cerró su célebre Trilogía de campus, iniciada con Intercambios en 1975 y continuada con El mundo es un pañuelo en 1984. Yo hice el recorrido de otra manera porque estas novelas están descatalogadas y las encontraba buceando en librerías de viejo de Madrid: llegué primero a El mundo es un pañuelo, después recuperé Intercambios y ahora, bastante tiempo después, cierro finalmente la trilogía con ¡Buen trabajo!. Las tres las he leído en las antiguas ediciones de Versal, aunque creo que ahora pueden encontrarse en el catálogo de Anagrama. Lodge se ha convertido además en un viejo conocido de este blog porque entre medias también pasó por aquí Trapos sucios.
¡Buen trabajo! vuelve a llevarnos a Rummidge, la ciudad imaginaria con la que Lodge recreó literariamente Birmingham y su universidad, pero esta vez decide sacar buena parte de la novela fuera del campus. Robyn Penrose es profesora temporal de literatura inglesa, feminista, especialista en novela industrial del siglo XIX y entregada al postestructuralismo y la deconstrucción. Vic Wilcox dirige una empresa industrial, cree en la producción, los resultados y la eficacia y tiene poco interés por las disquisiciones de los departamentos de literatura. Un programa destinado a acercar la universidad a la industria obliga a Robyn a convertirse en la «sombra» de Vic y acompañarlo durante parte de su jornada laboral. El choque, naturalmente, está servido.
La construcción puede parecer demasiado evidente: poner frente a frente a dos personajes que representan mundos casi antagónicos y observar qué ocurre. Pero Lodge es bastante más inteligente que eso. Ni la universidad queda convertida en refugio de intelectuales inútiles ni la empresa aparece únicamente como territorio de capitalistas sin escrúpulos. Robyn descubre que fuera del campus existen realidades que sus teorías explican con más facilidad de la que permiten transformar; Vic empieza a comprender que no todo aquello cuyo beneficio económico resulta difícil de medir carece de valor. Y ambos comprueban, sobre todo, hasta qué punto vivían encerrados en sus propios universos. Aquí está, para mí, lo mejor de la novela. Lodge se pregunta qué debe ser una universidad y qué relación debe mantener con la sociedad que la sostiene. Y lo hace en un momento especialmente interesante. La relación entre universidad y empresa no nació en los años ochenta —en Reino Unido tenía antecedentes mucho más antiguos y en Estados Unidos llevaba décadas desarrollándose—, pero durante aquellos años adquirió una nueva dimensión. En Estados Unidos, la legislación aprobada a comienzos de la década impulsó la transferencia y explotación comercial de la investigación universitaria, mientras que en la Gran Bretaña de Thatcher las políticas públicas empezaban a exigir una relación más estrecha entre educación superior, industria y necesidades económicas. Por eso quizá no haya que decir que Lodge se adelantó a su tiempo. Hizo algo más interesante: entendió perfectamente su tiempo. Supo detectar un cambio que todavía estaba desplegándose y convertirlo en literatura. Leído hoy resulta inevitable reconocer debates que nos son demasiado familiares: la empleabilidad, la transferencia de conocimiento, la financiación universitaria, la utilidad social de determinadas titulaciones, la relación con las empresas o la creciente tentación de medir el valor de la universidad por su capacidad para responder a las demandas del mercado.
Quienes hayan leído las dos novelas anteriores encontrarán aquí menos carcajada. Sigue estando Lodge, por supuesto, con su ironía, sus personajes académicos reconocibles y su capacidad para ridiculizar determinadas imposturas universitarias, pero ¡Buen trabajo! tiene más fondo y menos humor. Intercambios y, sobre todo, El mundo es un pañuelo convertían la universidad en escenario de una comedia disparatada; aquí la sátira continúa, pero detrás hay cierta preocupación por lo que está ocurriendo dentro y fuera del campus. Y creo que precisamente por eso funciona tan bien como cierre de la trilogía. Lodge empezó desplazando profesores entre universidades, después los mandó de congreso en congreso por medio mundo y finalmente abrió las puertas del campus para obligarlos a mirar fuera. Cada novela amplía así el territorio de la anterior y se fija en dimensiones distintas de la vida académica. Intercambios conserva, además, un interés especial dentro de mi investigación sobre novelas de campus porque aborda dos asuntos mucho menos frecuentes en el género, como las movilidades docentes y los congresos internacionales. ¡Buen trabajo!, por su parte, incorpora otra cuestión fundamental: la relación entre universidad, empresa y mercado. El resultado es quizá menos divertido que sus predecesoras, pero también una novela más política y más social, y una nueva pieza de interés en mi particular recorrido por las novelas de campus.
Cuarenta años después seguimos discutiendo qué universidad queremos, para qué debe servir y hasta dónde debe llegar su relación con el mercado. No está nada mal para una comedia académica publicada en 1988. Un ejemplo más de que leer nos da perspectiva. Así que, leamos.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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