
Una librería contra el genocidio
Hay lecturas que sirven para conocer un mundo y otras que, además, impiden que nos acostumbremos a su destrucción. El librero de Gaza, de Rachid Benzine, publicado en 2025 y editado en español por Salamandra en 2026, pertenece para mí a las dos categorías. Todo lo relacionado con la cultura árabe despierta desde hace tiempo mi interés, pero en este caso la situación de Palestina añade otra razón para acercarme al libro. No voy a fingir neutralidad: la situación del pueblo palestino me parece denunciable y leer sobre ella es también una forma de sensibilizarme, de comprender mejor su historia y de mantener activa mi posición contra la ocupación israelí y frente a lo que no tengo reparo en llamar genocidio en Gaza. La literatura no sustituye a la historia, al periodismo ni a la acción política, pero puede poner una vida concreta allí donde empezamos a ver solo cifras, imágenes de destrucción y muertos. Volvamos al libro.
Estamos en Gaza en 2014. Julien Desmanges, un fotoperiodista francés, encuentra entre edificios destruidos a un anciano sentado delante de una librería, rodeado de libros y tomando té. Quiere fotografiarlo. Nabil Al Djabir acepta con la condición de que antes tendrá que escuchar su testimonio. Su vida permite a Benzine recorrer buena parte de la historia reciente del pueblo palestino: la Nakba y el éxodo, los campos de refugiados, los estudios en El Cairo, el compromiso político, las intifadas, la cárcel, las pérdidas familiares y los ataques sobre Gaza. La historia de Nabil termina convirtiéndose en la historia de un pueblo. Sin embargo, esto no terminó de conectarme. La idea del fotógrafo me parece una excusa narrativa algo débil, un mecanismo demasiado visible para poner a hablar al protagonista y ordenar su vida. Entiendo la oposición entre la fotografía instantánea y el relato que necesita tiempo para ser escuchado, pero hubiera preferido otra construcción. Hay momentos en los que se nota el andamiaje: Julien pregunta y Nabil responde para avanzar hacia el siguiente episodio. La voz de Nabil tiene fuerza suficiente para sostener la novela sin necesitar tanto ese intermediario y el recurso de los libros me parecía tan potente que siento que está desaprovechado. La carcasa no termina de convencerme; lo que Benzine coloca dentro, sí. Y dentro está, sobre todo, ya lo he dicho, la relación de Nabil con los libros. Tras la muerte de su mujer durante los ataques israelíes de la Operación Plomo Fundido decide abrir una librería y explica así el motivo: “fue en esa época cuando abrí la librería. Quería abstraerme del mundo, pero sin abandonarlo del todo. Estar en el umbral de la realidad. Allí, delante de mi librería, leyendo y releyendo las novelas de mi vida, ¿comprende? Decidí no añadir fealdad, no estropear, estar presente en el silencio de la lectura, aportar mi grano de arena con los libros”. Me parece una idea preciosa porque evita convertir la lectura en una vía de escape. Nabil no lee para desentenderse del mundo, sino para seguir dentro de él sin permitir que la violencia destruya también aquello que lleva consigo. Benzine tampoco cae en una defensa ingenua del poder salvador de los libros. La literatura no detiene las bombas ni devuelve a quienes han muerto. Puede, sin embargo, ayudar a conservar la humanidad cuando todo alrededor parece empeñado en arrebatárnosla. Mantener una librería abierta entre las ruinas se convierte así en una forma de resistencia.
También me interesa la reivindicación del relato frente a la acumulación de imágenes. Nos hemos acostumbrado a contemplar edificios destruidos, niños heridos, familias desplazadas y ciudades convertidas en escombros. El peligro es la anestesia: mirar, indignarnos y seguir deslizando la pantalla. La literatura obliga a detenerse. Nabil deja de ser “un palestino de Gaza” para convertirse en un hombre con padres, amigos, amores, ideas, contradicciones y libros favoritos. El libro devuelve nombres e historias a quienes tantas veces quedan reducidos a una masa anónima de víctimas. Además, El librero de Gaza es un libro lleno de libros. Y ya sabéis cuánto me gusta terminar una novela habiendo encontrado otros títulos que quiero leer. Esta vez me llevo Los condenados de la tierra, de Frantz Fanon; El diluvio y la recreación, de Murid Barghuti; La chumbera, de Sahar Jalifa; y Archipiélago Gulag, de Aleksandr Solzhenitsyn. No deja de ser otra pequeña victoria de la novela: llegar a una librería de Gaza y salir de ella cargado de lecturas.
En definitiva, El librero de Gaza no me parece una novela perfecta; yo habría contado esta historia de otra manera y su artificio narrativo me parece menos poderoso que aquello que narra. Pero Benzine consigue detenernos delante de Nabil y obligarnos a escucharlo. Durante unas páginas, Palestina deja de ser un territorio ocupado, un conflicto o una sucesión insoportable de imágenes de destrucción. Es una vida. Y dentro de esa vida caben muchas otras. Por eso me quedo con el anciano sentado delante de su librería. No porque los libros puedan protegerlo de las bombas, sino porque todavía le permiten decidir quién quiere ser mientras caen. Frente a quienes destruyen casas, vidas y memoria, Nabil responde leyendo. Puede parecer poca cosa, pero, después de terminar esta novela, no me lo parece.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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