Reseña de Luz de agosto de William Faulkner

El placer de una voz inagotable con mil maneras de contar

Hay autores que exigen paciencia, atención y una cierta disposición a dejarse llevar. William Faulkner pertenece a esa categoría, pero la recompensa siempre merece la pena. Después de haber disfrutado de El ruido y la furia y Mientras agonizo, hoy regresamos al «deep south» americano con Luz de agosto, publicada originalmente en 1932 y editada en castellano por Alfaguara, una de las novelas más admiradas del escritor estadounidense y una nueva prueba de que pocos autores han sabido contar una historia con tanta libertad y tanta maestría.

La novela entrelaza varias tramas que convergen en Jefferson, una pequeña localidad del Misisipi profundo. Por un lado, la búsqueda perseverante de Lena Grove, embarazada y decidida a encontrar al padre de su hijo, va adquiriendo poco a poco una dimensión casi mítica. Frente a ella aparece Joe Christmas, uno de los personajes más complejos de toda la obra de Faulkner, atrapado entre los fantasmas de su origen y la violencia de una sociedad obsesionada con las fronteras raciales, morales y religiosas. La convivencia entre ambas historias dota a la novela de un equilibrio extraordinario: mientras una parece avanzar hacia la vida y la esperanza, la otra se precipita hacia la oscuridad y la destrucción. Pero resumir Luz de agosto por su argumento sería quedarse en la superficie. Lo verdaderamente fascinante está en la forma en que Faulkner cuenta. Porque leer a Faulkner es asistir a una exhibición permanente de recursos narrativos. Pocas veces un escritor parece tan libre para cambiar de perspectiva, alterar el tiempo, introducir nuevas voces o reconstruir los hechos desde ángulos distintos. Hay capítulos que avanzan con una aparente sencillez y otros que obligan al lector a detenerse, a recomponer las piezas y a volver atrás. Y, sin embargo, todo acaba encontrando su lugar.

Lo más admirable es que esa complejidad nunca responde a un simple alarde formal. Cada cambio de punto de vista, cada salto temporal y cada fragmento aparentemente inconexo contribuyen a iluminar aspectos distintos de los personajes y de la sociedad que habitan. La sensación final no es la de haber descifrado un rompecabezas, sino la de haber asistido a una de esas raras demostraciones de lo que la novela puede llegar a hacer cuando cae en manos de un escritor excepcional. Más de noventa años después de su publicación, sigue resultando asombroso comprobar la libertad con la que Faulkner construye sus historias y la naturalidad con la que combina registros y perspectivas. Leerlo produce una impresión difícil de encontrar en otros autores: la de estar ante alguien que parece haber comprendido que una misma realidad puede ser contada de muchas maneras y que, precisamente en esa multiplicidad, reside una parte esencial de la riqueza de la literatura. Además, bajo esa complejidad formal late un retrato extraordinario del sur estadounidense de comienzos del siglo XX: el racismo, la violencia, la religión, el peso de las convenciones sociales o la dificultad para escapar de los propios orígenes aparecen integrados en la vida cotidiana de los personajes, sin discursos explícitos ni moralejas. Faulkner no juzga ni simplifica; observa y muestra. Y precisamente por eso sus novelas siguen conservando una enorme fuerza. Hay algo profundamente melancólico en Luz de agosto. Bajo las tragedias individuales, Faulkner parece retratar también un mundo incapaz de reconciliarse con su pasado y condenado a reproducir una y otra vez sus prejuicios y sus fantasmas. El «deep south» americano deja así de ser un simple escenario para convertirse en una representación universal de las contradicciones humanas.

Junto con El ruido y la furia, Mientras agonizo y Absalom, Absalom! (esta última la sigo teniendo pendiente), Luz de agosto suele considerarse una de las cumbres del extraordinario primer periodo creativo de Faulkner. No resulta difícil entender por qué. Terminado el libro, uno tiene la impresión de haber aprendido algo no solo sobre los personajes o sobre el sur estadounidense de principios del siglo XX, sino también sobre las posibilidades mismas de la literatura. Faulkner parece recordarnos constantemente que no existe una única forma de contar una historia y que la novela, en manos de un gran escritor, sigue siendo un territorio prácticamente ilimitado. Aún nos quedan páginas por delante para seguir disfrutando de Faulkner, porque en este blog nos pasa como en Amanece que no es poco y es que “en este pueblo somos muy de Faulkner”.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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