
La difícil tarea de pensar una alternativa
Algunas lecturas parecen llegar en el momento adecuado. Después de haber recorrido en los últimos meses algunos clásicos de la historia social como E. P. Thompson, Peter Linebaugh, Silvia Federici o la sugerente reconstrucción de la vida cotidiana en la Francia del siglo XVI que proponía Natalie Zemon Davis en El regreso de Martin Guerre, quizá era inevitable acabar recalando en Común, Ensayo sobre la revolución en el siglo XXI el monumental ensayo de Christian Laval y Pierre Dardot editado en castellano por Gedisa. Porque, aunque no se trate de un libro de historia, comparte con todas esas obras una misma intuición: las sociedades no se construyen únicamente desde arriba, mediante leyes o grandes decisiones políticas, sino también desde las prácticas colectivas, las formas de cooperación y las instituciones que las propias comunidades son capaces de darse.
Con más de seiscientas páginas y una ambición intelectual poco frecuente, Común pretende responder a una pregunta gigantesca: qué horizonte emancipador puede ofrecerse frente al agotamiento del neoliberalismo y de las viejas tradiciones socialistas. Y lo hace recuperando una idea que en los últimos años ha adquirido una importancia creciente en determinados ámbitos académicos y militantes: la de los comunes. Sin embargo, Laval y Dardot se esfuerzan en dejar claro desde el principio que lo común no es simplemente un conjunto de bienes o recursos compartidos. Lo verdaderamente importante no son las cosas, sino las prácticas. Un bosque, una biblioteca, una escuela o incluso un servicio público no son comunes por naturaleza, sino porque existen comunidades capaces de gobernarlos colectivamente y establecer las reglas de su uso. El común es, ante todo, una actividad política. La propuesta resulta especialmente sugerente porque rompe con una dicotomía que ha marcado buena parte del pensamiento contemporáneo: la oposición entre mercado y Estado. Frente a ambos, los autores reivindican una tercera lógica basada en la cooperación, la participación y el autogobierno. En este sentido, el libro mantiene evidentes afinidades con muchos de los trabajos de historia social que hemos ido comentando en el blog. Como Thompson, Linebaugh o Federici, Laval y Dardot desplazan la mirada desde las grandes estructuras hacia las experiencias colectivas y las formas de organización nacidas desde abajo.
No estamos, sin embargo, ante una lectura sencilla. El libro es extraordinariamente ambicioso y en ocasiones también exigente. Sus extensos recorridos históricos y filosóficos pueden resultar densos, especialmente cuando los autores se adentran en las tradiciones económicas o en la genealogía intelectual de conceptos que atraviesan siglos de pensamiento. Pero cuando el ensayo entra de lleno en las implicaciones políticas y sociológicas del principio del común, la lectura adquiere una fuerza indudable y despliega algunas de las páginas más estimulantes del libro. Quizá porque una de sus mayores virtudes no consista tanto en ofrecer respuestas cerradas como en formular preguntas incómodas. Y entre todas ellas hay una que me ha acompañado durante buena parte de la lectura y que, sinceramente, no he terminado de resolver. Si el común constituye el horizonte político deseable, ¿qué papel deben desempeñar los Estados? ¿Deben limitarse a desaparecer progresivamente o, por el contrario, pueden convertirse en instrumentos para definir, proteger y garantizar los propios comunes? Porque, al menos por el momento, buena parte de las conquistas sociales, los servicios públicos y los espacios de redistribución siguen dependiendo de estructuras estatales y de organismos supranacionales nacidos precisamente de la cesión de soberanías estatales. Tal vez esa sea una de las principales debilidades del libro, aunque también una muestra de su honestidad intelectual. Laval y Dardot son extraordinariamente convincentes al diagnosticar las insuficiencias del binomio Estado-mercado y al reivindicar nuevas formas de cooperación democrática. Pero el aterrizaje práctico de ese horizonte resulta mucho más difuso. Después de más de seiscientas páginas de brillantez teórica, el lector cierra el libro con una pregunta abierta: ¿puede existir una política de los comunes sin un Estado que la sostenga, la articule y la proteja?
En cualquier caso, Común pertenece a esa categoría de ensayos que no se agotan con la última página. Más que un programa político acabado, es una invitación a pensar. Y quizá ahí resida su principal valor. En tiempos dominados por la resignación y por la sensación de que no existe alternativa posible, Laval y Dardot se atreven a hacer algo cada vez menos frecuente: imaginar otros modos de organizar la vida en común. Y aunque no todas sus respuestas resulten convincentes, pocas cosas son más necesarias que seguir formulando las preguntas adecuadas; tarea a la que la literatura no deja de convocarnos.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
Deja un comentario