Reseña de La conciencia contada por un sapiens a un neandertal, de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga

La conversación pendiente

Cerrar una trilogía siempre es una tarea arriesgada, especialmente cuando las dos primeras entregas han conseguido algo tan poco habitual como convertir el diálogo entre un escritor y un paleoantropólogo en uno de los proyectos de divulgación científica más originales y estimulantes de los últimos años. Después de haber hablado de la vida y de la muerte, parecía inevitable que Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga acabaran enfrentándose al mayor de los misterios. Con La conciencia contada por un sapiens a un neandertal (Alfaguara, 2024), ambos autores ponen punto final a una serie que ha demostrado que es posible hablar de ciencia sin solemnidad, combinando la curiosidad inagotable de Millás con la capacidad pedagógica de Arsuaga y dando forma a una singular mezcla de divulgación, literatura y asombro.

En esta tercera entrega, ambos autores se adentran en el territorio más resbaladizo y especulativo de toda la trilogía. Si los dos libros anteriores abordaban cuestiones esencialmente biológicas como la vida y la muerte, aquí el objetivo es mucho más ambicioso: aproximarse a aquello que solemos llamar conciencia y preguntarse qué significa realmente tener un yo, recordar, emocionarse o ser conscientes de nosotros mismos. En el camino aparecen asuntos tan diversos como la memoria, los sentimientos, la identidad, el lenguaje, la inteligencia artificial o la posibilidad de que la mente sea una propiedad emergente de la extraordinaria complejidad del cerebro. Más que ofrecer respuestas concluyentes, los autores parecen interesados en formular preguntas y explorar los límites actuales del conocimiento científico.

Como en las entregas anteriores, las preguntas aparentemente ingenuas de Millás sirven para que Arsuaga despliegue explicaciones sobre evolución, neurología y comportamiento humano. Pero quizá sea precisamente la naturaleza del asunto tratado la que hace que las conversaciones adopten un tono más filosófico y menos categórico. El lector vuelve a disfrutar de esa mezcla tan característica de humor, curiosidad y asombro, de esa capacidad de ambos para convertir una conversación cotidiana en una excursión intelectual. Y, una vez más, la química entre el escritor y el paleoantropólogo continúa siendo uno de los grandes atractivos del libro.

Sin embargo, y quizá precisamente por las expectativas generadas por las dos entregas anteriores, este volumen me ha parecido el más irregular de los tres. No porque haya perdido las virtudes que hicieron tan atractiva la trilogía —la inteligencia de las conversaciones, la capacidad de Arsuaga para desmontar el sentido común o la voluntad permanente de obligar a Millás a pensar «al revés»—, sino porque nunca terminé de entender del todo la relación entre el título y el contenido del libro. Uno espera una reflexión sobre la conciencia y se encuentra, en cambio, con un libro mucho más centrado en el cerebro. Y, aunque evidentemente ambos conceptos están relacionados, tuve la sensación de que esa conexión fundamental quedaba más insinuada que explicada. El cerebro ocupa prácticamente todas las páginas, mientras que la conciencia —esa experiencia subjetiva que da nombre al libro— aparece y desaparece sin llegar a convertirse en el verdadero eje de la conversación. Quizá el problema sea mío y no haya sabido seguir el hilo que proponen los autores. O quizá sean ellos quienes no terminan de hacer explícito el puente entre ambos conceptos. Y, en cierto modo, esa misma dificultad parece reflejar el estado actual del conocimiento científico. Sabemos muchísimo sobre el órgano que hace posible nuestros pensamientos, recuerdos y emociones, pero seguimos moviéndonos entre hipótesis cuando intentamos comprender cómo surge la experiencia subjetiva de ser uno mismo. Tal vez por eso este libro sea también el más ambicioso de los tres y, paradójicamente, el más insatisfactorio. Porque enfrentarse al misterio de la conciencia implica aceptar que todavía estamos muy lejos de resolverlo.

Eso no impide que el libro siga ofreciendo numerosos momentos brillantes. Arsuaga continúa empeñado en combatir las intuiciones más arraigadas y en recordarle a Millás —y, con él, al lector— que la ciencia suele ser profundamente antiintuitiva. De nuevo aparece esa idea recurrente en la trilogía según la cual comprender la naturaleza exige abandonar las explicaciones finalistas y las respuestas fáciles. Y es precisamente esa tensión entre el pensamiento literario de Millás y el pensamiento científico de Arsuaga la que sigue sosteniendo el interés del conjunto. Además, el libro vuelve a demostrar que la divulgación puede ser inteligente sin resultar distante. No pretende ofrecer respuestas definitivas ni convertirse en un tratado especializado, sino invitar al lector a pensar. Y probablemente ahí siga residiendo la principal virtud de esta trilogía: en la sensación de estar asistiendo a una conversación genuina entre dos personas curiosas que disfrutan haciéndose preguntas y que no temen reconocer los límites de lo que sabemos.

Mi sensación final, en cualquier caso, ha sido algo ambivalente. La conciencia contada por un sapiens a un neandertal mantiene intactos muchos de los aciertos de las entregas anteriores, pero no termina de ofrecer el cierre que esperaba. Después de haber recorrido la vida y la muerte, parecía natural que la trilogía desembocara en una reflexión más profunda sobre la conciencia, uno de los grandes enigmas de nuestra especie. En cambio, el viaje concluye con un libro que deja más preguntas que respuestas y con la impresión de que aún quedaba una conversación pendiente. Tal vez, después de todo, ese sea el destino de las buenas conversaciones: no cerrarse nunca del todo.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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