Reseña de La muerte contada por un sapiens a un neandertal de Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga

Pensar la muerte para entender la vida

Después del enorme éxito que supuso La vida contada por un sapiens a un neandertal, Juan José Millás y Juan Luis Arsuaga regresan con una nueva conversación a medio camino entre la divulgación científica, la literatura y la reflexión filosófica. Si el primer volumen giraba alrededor de la vida y de la evolución humana, La muerte contada por un sapiens a un neandertal, editada por Alfaguara y publicada en 2022, pone el foco en la muerte: cómo la hemos entendido a lo largo de la historia, qué relación mantenemos con ella y hasta qué punto la conciencia de nuestra finitud nos convierte en humanos.

El libro mantiene la misma estructura que tan bien funcionaba en la primera entrega. A través de viajes, visitas, paseos y conversaciones aparentemente improvisadas, Arsuaga y Millás van enlazando temas relacionados con los enterramientos prehistóricos, los rituales funerarios, la evolución del cerebro, el miedo a morir o la necesidad humana de dejar huella. También aparecen cuestiones absolutamente apasionantes, como la inmortalidad, la vejez o las enfermedades crónicas y la propia lógica de la selección natural, siempre abordadas desde una mezcla muy estimulante de ciencia, reflexión y curiosidad intelectual. Todo ello contado con un tono cercano y accesible, en el que las explicaciones científicas conviven con las asociaciones inesperadas y el humor característico de Millás.

Sin restar un ápice de disfrute a esta entrega, debo reconocer que disfruté más del primer libro. Allí estaba el factor sorpresa, el descubrimiento constante y la sensación de asistir a un diálogo completamente novedoso. Sin embargo, esta segunda parte tiene algo muy valioso: permite sedimentar muchas de aquellas ideas y volver sobre ellas desde otra perspectiva. De hecho, en un momento del libro, Millás compara esta entrega con un estribillo, y creo que la imagen es muy acertada. Hay algo de repetición consciente, de regreso a determinados temas y preguntas, pero precisamente ahí reside parte de su fuerza: en insistir sobre aquello que nunca terminamos de comprender del todo.

Uno de los mayores aciertos del libro es su capacidad para abordar un tema tan complejo sin caer en el dramatismo ni en la solemnidad excesiva. La muerte aparece aquí como un fenómeno biológico, cultural y simbólico al mismo tiempo. Arsuaga aporta continuamente datos fascinantes sobre la evolución al tiempo que incorpora también pequeñas curiosidades científicas que atrapan al lector y convierten la lectura en un constante ejercicio de asombro: desde la idea de que un ratón y un elefante llegan al final de su vida habiendo tenido aproximadamente el mismo número de latidos hasta descubrir que el tejo y el bogavante nunca dejan de crecer. Mientras tanto, Millás introduce esa mirada extrañada sobre lo cotidiano que convierte cualquier reflexión en algo inesperadamente literario y se permite dejar una de las frases que recordaré para siempre “todos tenemos dos vidas y la segunda empieza cuando te das cuenta de que solo tienes una, y entonces, lo único que quieres es tener una casa en Asturias”.

Una vez más, el paleoantropólogo y el escritor vuelven a demostrar que la divulgación puede ser inteligente sin resultar distante. No pretenden ofrecer respuestas definitivas ni convertir el texto en un ensayo académico, sino invitar al lector a pensar. Y probablemente ahí esté la clave del éxito de esta trilogía: en la sensación de estar asistiendo a una conversación genuina entre dos personas curiosas que disfrutan haciéndose preguntas. De hecho, uno de los aspectos más interesantes del libro es la intención constante de Arsuaga de empujar a Millás —y, con él, también al lector— a abandonar las lógicas intuitivas o tradicionales con las que solemos interpretar el mundo. Hay varios momentos especialmente reveladores en ese sentido. En uno de ellos le recuerda que “el sentido común es el peor enemigo de la ciencia (…) la ciencia es antiintuitiva”; en otro afirma de manera contundente que “todos los biólogos evolutivos están de acuerdo en que en la naturaleza no hay pensamiento, ni sabiduría ni hostias. Pura genética y puro cálculo de probabilidades, nada más. Punto”; y casi al final del libro vuelve a insistir en esa ruptura con el pensamiento finalista cuando le recrimina: “es que estás pensando al derecho y así no vas a ningún sitio. Tienes que pensar al revés. El sexo no favorece a la especie. Eso es finalismo. Pensamiento mágico. El sexo no favorece a nadie. En la naturaleza no hay propósito, no hay preferencias (…) solo hay átomos que se combinan y se separan”. Son fragmentos que condensan muy bien una de las grandes virtudes del libro: obligarnos a mirar la realidad desde lugares incómodos, pero intelectualmente estimulantes.

Termino esta lectura con una sensación parecida a la que deja una buena charla: más preguntas que respuestas y muchas ideas dando vueltas en la cabeza. Y, sobre todo, con muchísimas ganas de leer el cierre de la trilogía, La consciencia contada por un sapiens a un neandertal, centrado en la evolución del cerebro y la aparición de la consciencia. Sospecho que será un broche de oro. Estad atentos.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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