
Una biblioteca para reconstruir Europa
Seguir leyendo a Stefan Zweig tiene algo de conversación prolongada en el tiempo. Con El legado de Europa, editada por Acantilado, seguimos ampliando la presencia del autor austríaco en nuestra biblioteca y ya son trece las obras suyas reseñadas en el blog. Quienes tengáis curiosidad por explorar esa constelación de títulos podéis encontrarlos reunidos en la etiqueta dedicada a Stefan Zweig. Publicado de manera póstuma y compilado por Richard Friedenthal, El legado de Europa reúne una serie de ensayos, semblanzas y conferencias en los que Zweig traza una particular historia cultural del continente. A través de escritores, artistas, pensadores y figuras públicas que el austriaco admiró profundamente, el autor va reconstruyendo una Europa que ya se estaba desmoronando ante sus ojos. No es tanto una historia de Europa como una galería de hombres —y ninguna mujer— que, según Zweig, representaron los valores de tolerancia, cosmopolitismo, humanismo y diálogo que daban sentido a una conciencia europea compartida.
Lo interesante de este volumen es que funciona casi como un mapa intelectual de la Europa de entreguerras. Zweig no se limita a presentar una colección de figuras admiradas, sino que va definiendo un canon cultural y axiológico propio. Cada ensayo, cada retrato y cada evocación contribuyen a dibujar una determinada idea de Europa: una comunidad construida sobre la cultura, el intercambio de ideas y la confianza en que el arte y el pensamiento pueden contribuir a mejorar la sociedad. La lectura resulta especialmente reveladora porque permite comprobar hasta qué punto cambian los cánones culturales con el paso del tiempo. Muchos de los nombres que Zweig presenta como referencias imprescindibles son hoy prácticamente desconocidos para el lector medio. Figuras como Léon Bazalgette o Peter Rosegger aparecen descritas con una admiración tan intensa que cuesta comprender cómo han podido desaparecer casi por completo de nuestro horizonte cultural. Al mismo tiempo, el libro actúa como una invitación permanente al descubrimiento. Zweig rescata autores que todavía pueden encontrarse en las librerías y que merecen una segunda oportunidad. Es difícil no sentir curiosidad por obras como Niels Lyhne, de Jens Peter Jacobsen, después de leer las páginas que les dedica.
Como sucede a menudo cuando nos acercamos a una obra concebida hace más de un siglo, el libro también permite observar los límites de su tiempo. La selección de autores y figuras culturales presenta un evidente sesgo de género. Todos los protagonistas son hombres, algo que refleja tanto las dinámicas culturales de la época como la propia concepción del canon que manejaba Zweig. No invalida el interés de los textos, pero sí invita a leerlos con la necesaria perspectiva histórica.
Entre todos los ensayos incluidos en el volumen hay algunos especialmente memorables. El dedicado a Montaigne quizá sea el más conocido para muchos lectores españoles, ya que Acantilado lo publicó hace años como libro independiente en una edición que también reseñamos en el blog. Reencontrarse aquí con esas páginas permite apreciar mejor cómo encajan dentro de una preocupación constante en la obra de Zweig: la búsqueda de individuos capaces de mantener la lucidez y la dignidad moral en tiempos de crisis. Esa idea aparece formulada de manera particularmente hermosa en el texto dedicado a Romain Rolland, donde Zweig escribe: «sobre todo, creo yo, tenemos que mirar a las pocas personas en las que vemos ya realizado algo de aquella forma superior, más limpia y más clara, que esperamos de la humanidad futura; personas que, empeñando toda su fuerza, no viven solo para este tiempo y que su impulso hacia adelante arrastra también a los demás». Pocas citas resumen mejor el espíritu de este libro. Más que una colección de perfiles admirativos, El legado de Europa es una búsqueda de referentes éticos e intelectuales; un intento de señalar aquellas figuras que, a juicio de Zweig, contribuyen a empujar la historia hacia lugares más humanos y más libres. Y es precisamente esa confianza en una cultura europea compartida la que alcanza su expresión más emocionante en el texto que cierra el volumen: La torre de Babel. Es difícil leer hoy esas páginas sin sentir cierta melancolía y, al mismo tiempo, una renovada esperanza. Frente a los nacionalismos excluyentes, las fronteras mentales y los conflictos que marcaron buena parte de la vida del autor, Zweig reivindica una Europa unida por la cultura, la cooperación y el reconocimiento mutuo. Son unas páginas tan bellas, tan lúcidas y tan necesarias que casi merecerían ser rescatadas cada 9 de mayo, Día de Europa, como recordatorio de que la construcción europea no fue únicamente un proyecto económico o político, sino también un ideal cultural y moral.
Quizá ahí resida el principal valor de El legado de Europa. No tanto en la vigencia de todos los nombres que aparecen en sus páginas como en la visión del mundo que los articula. Zweig nos recuerda que las sociedades necesitan referentes culturales, intelectuales y éticos; personas capaces de pensar más allá de su propio tiempo y de tender puentes entre comunidades, lenguas y tradiciones. En una época tan dada al ruido, la polarización y la fragmentación, regresar a esa idea de Europa resulta, además de estimulante, profundamente necesario. Ojalá leyésemos más a Zweig, ojalá su obra nos calara a todos y centrásemos nuestros esfuerzos en construir desde la cultura y el reconocimiento de las diferencias, un espacio seguro de convivencia como lo fue en la mente de algunos la idea de Europa de la que ahora Zweig nos presenta su legado personal y político.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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