
El placer de regresar a Vigàta
Hay libros que uno lee por curiosidad, otros por prestigio literario y otros, sencillamente, porque sabe que va a disfrutar. Los casos del comisario Montalbano pertenecen para mí a esta última categoría. De hecho, en el blog ya hemos comentado unas cuantas entregas de la serie —que podéis encontrar reunidas en la etiqueta Comisario Montalbano— y todas ellas comparten una virtud cada vez más difícil de encontrar: son novelas que entretienen sin exigir demasiado esfuerzo al lector, pero sin renunciar por ello a la inteligencia narrativa. Después de unas cuantas lecturas especialmente densas o exigentes, regresar a Vigàta se ha convertido en una especie de refugio lector. Y El olor de la noche, publicado originalmente en 2001 y editado en España por Salamandra, vuelve a demostrar por qué la serie creada por Andrea Camilleri sigue funcionando tan bien.
La trama arranca con la desaparición de un financiero local que ha dejado tras de sí un reguero de pequeños ahorradores arruinados. Lo que en principio parece una simple fuga termina convirtiéndose en una investigación llena de medias verdades, intereses cruzados y personajes que ocultan más de lo que dicen. Camilleri construye el misterio con la habilidad habitual, administrando la información con precisión y permitiendo que el lector acompañe a Montalbano en cada paso de la investigación sin perder nunca el interés.
Sin embargo, a estas alturas de la serie, el principal atractivo ya no reside únicamente en la resolución del caso. Lo verdaderamente interesante es volver a encontrarse con un universo literario perfectamente reconocible. Montalbano, Mimì Augello, Fazio, Catarella o Livia forman ya parte de una pequeña comunidad de personajes que el lector conoce y aprecia. Camilleri posee la rara capacidad de hacer que cada novela funcione de manera independiente y, al mismo tiempo, ofrezca la agradable sensación de regresar a un lugar familiar.
Otro de los aspectos que siguen haciendo tan atractiva la serie es el equilibrio entre intriga, humor y crítica social. Bajo la apariencia de una novela policíaca ligera aparecen cuestiones relacionadas con la corrupción económica, la especulación financiera o la facilidad con la que muchas personas depositan su confianza en figuras aparentemente respetables. Camilleri nunca convierte estas cuestiones en discursos moralizantes. Al contrario, las integra con naturalidad en la trama y deja que sea el propio lector quien extraiga sus conclusiones. Y, por supuesto, sigue estando la comida. Resulta prácticamente imposible hablar de Montalbano sin mencionar su relación casi ceremonial con la gastronomía siciliana. Cada plato de pasta, cada receta marinera, cada comida preparada con esmero aparece descrita de tal manera que termina formando parte esencial de la experiencia de lectura. No exagero si digo que pocas series literarias me provocan tanta hambre como esta. Camilleri convierte la gastronomía en un rasgo más de identidad de sus novelas y consigue que Sicilia entre también por el estómago.
Después de tantos títulos, podría parecer que la fórmula corre el riesgo de agotarse. Sin embargo, novelas como El olor de la noche demuestran justamente lo contrario. Camilleri conocía perfectamente los mecanismos de la novela policíaca, pero también entendía algo fundamental: que los lectores no regresamos una y otra vez a Vigàta únicamente para descubrir quién es el culpable. Volvemos porque nos sentimos cómodos allí, porque disfrutamos de la compañía de sus personajes y porque sabemos que encontraremos una historia bien contada.
Quizá esa sea la mayor virtud de esta serie. En un panorama literario donde a menudo buscamos lecturas complejas, exigentes o intelectualmente desafiantes, Montalbano ofrece algo igualmente valioso: entretenimiento de calidad. Son novelas ágiles, inteligentes, divertidas y profundamente humanas. Libros que permiten coger aire entre lecturas más sesudas sin renunciar por ello al placer de la buena literatura. Y El olor de la noche es una nueva prueba de que Andrea Camilleri dominaba ese difícil arte de hacer que una novela parezca ligera sin dejar de estar extraordinariamente bien escrita. Y por eso regresar a Vigàta siempre es un placer.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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