
La belleza de los cuerpos literarios extraños
Hay novelas que parecen escritas desde el centro: ordenadas, contenidas, perfectamente conscientes de su lugar dentro de la tradición literaria. Y luego están las novelas que nacen desde los márgenes, desde espacios híbridos y fronterizos, desde identidades que no terminan de encajar del todo en ningún sitio. El príncipe lagarto, primera novela de Marcos Dosantos publicada por Plasson & Bartleboom, pertenece claramente a esta segunda categoría. En este blog somos muy de Dosantos, como en Amanece que no es poco son muy de Faulkner. Aquí ya reseñamos su libro de relatos Cuadernos del Subtrópico Norte y las memorias de Carla Antonelli La mujer volcán y seguiremos leyendo y disfrutando de sus propuestas, porque Marcos no te deja indiferente. Marcos primero es magma (explosión creativa y energía) y después, cuando cierras el libro, es roca volcánica (resistencia, belleza y singularidad). Escribiendo esta horterada del magma y la roca volcánica -que pensaba borrar- me ha surgido una idea más defendible: Marcos ha escrito un libro que es puro malpaís y voy a intentar explicarlo.
El príncipe lagarto arranca con un acontecimiento tan absurdo como poderoso: Rayco Bethancourt, un joven camarero de pupilas rajadas, intoxica accidentalmente al presidente del Gobierno durante una cena privada. A partir de ahí, la novela se convierte en una espiral de sobreexposición mediática, manipulación política, deseo, violencia simbólica y construcción pública de personajes. Todo sucede a gran velocidad, como si el libro entendiera perfectamente que el mundo contemporáneo ya no funciona desde la reflexión pausada, sino desde la viralidad, el espectáculo y el exceso constante. Sin embargo, reducir El príncipe lagarto a una simple sátira política sería quedarse corto. La política está ahí, por supuesto, pero como parte de algo mucho más amplio: una reflexión sobre la construcción pública de las identidades, sobre la necesidad contemporánea de convertir cualquier acontecimiento en relato consumible y sobre la forma en que las redes sociales terminan devorando cualquier posibilidad de intimidad o complejidad.
Uno de los aspectos más interesantes de la novela es precisamente su negativa a convertirse en un relato ordenado o pedagógico. Dosantos no es el Marías de la semana pasada, no parece interesado en ofrecer personajes ejemplares ni discursos perfectamente cerrados. Rayco es contradictorio, excesivo, frágil, incómodo y profundamente humano. Y esa apuesta por la exuberancia atraviesa toda la novela: en el lenguaje, en las situaciones, en el humor, en la sexualidad y en la propia construcción narrativa. En este sentido, y conociendo al autor, resulta difícil no pensar en ciertas tradiciones literarias argentinas que parecen sobrevolar constantemente el libro. Hay algo del humor salvaje, la teatralidad grotesca y la mutación constante de registros propios de Copi, especialmente en esa manera de convertir el exceso y el delirio en una forma muy seria de mirar el mundo. Pero también aparece, de forma quizá menos evidente, cierta extrañeza moral cercana a Silvina Ocampo (Marcos me dejó un libro de viejo de relatos de Ocampo que me cautivó: El pecado mortal se titula), personajes que parecen vivir ligeramente desplazados de la realidad, atmósferas inquietantes y una sensación continua de que bajo el humor y la exageración siempre late algo profundamente incómodo y necesario. Junto a ellos, la novela quizás comparta también con Roberto Arlt una energía caótica y desesperada que hace que la realidad parezca constantemente a punto de deformarse o romperse y con, mi recientemente descubierto, Osvaldo Lamborghini comparte cierta violencia verbal y voluntad de incomodar.
Estos referentes son coherentes con uno de las propuestas del libro que más me interesan: se trata de un libro cargado de periferias. La primera que sobresale es la insular; aunque la novela nunca explicita Tenerife y opta por construir una isla ficticia, el ambiente insular atraviesa continuamente el texto. La sensación de encierro, la imposibilidad real de desaparecer, la convivencia entre lo exótico y lo precario, el deseo constante de huida y la intensidad emocional de los vínculos convierten la isla en mucho más que un simple escenario. La insularidad funciona aquí como una forma de mirar el mundo. Pero en la novela conviven otras periferias: la periferia queer, la periferia económica, la periferia política e incluso la periferia literaria frente a ciertas formas más domesticadas y solemnes de entender la narrativa contemporánea. El príncipe lagarto no intenta ordenar ese caos, sino escribir directamente desde él. Eso puede generar rechazo en algunos lectores. Hay momentos deliberadamente excesivos y desbordados. La novela no siempre busca la armonía ni la contención clásica. Pero precisamente ahí parece estar también su fuerza. En tiempos donde gran parte de la literatura contemporánea parece obsesionada con la corrección, la pulcritud o la autoconsciencia intelectual, Dosantos apuesta por una escritura más salvaje, más contaminada y más imprevisible. Como dice el propio Rayco al final de la novela, “aprecio la belleza del desastre con distancia narrativa”. Y quizá por eso, más allá de sus posibles irregularidades, El príncipe lagarto deja una sensación cada vez menos frecuente: la de estar leyendo una voz verdaderamente propia. Como ese suelo canario impracticable, puede gustar más o menos, pero resulta imposible confundirlo con ninguna otra cosa. Y en tiempos de novelas intercambiables, esa singularidad es ya una virtud poco común.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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