Reseña de Tu rostro mañana de Javier Marías

Marías lo entiende todo.

Hay novelas que se leen y novelas que se habitan. La de hoy pertenece sin duda a las segundas. Durante semanas conviví con sus frases larguísimas, con sus digresiones, con sus escenas aparentemente suspendidas en el tiempo y con esa forma tan particular que tenía su autor de convertir el pensamiento en materia narrativa. Os estoy hablando de Tu rostro mañana de Javier Marías, publicada originalmente en tres partes —Fiebre y lanza, Baile y sueño y Veneno y sombra y adiós— y posteriormente reunida por el propio autor en un único volumen editado por Alfaguara. Devoré las más de mil trescientas páginas en tres semanas y terminé con la sensación de haber leído algo inabarcable y, al mismo tiempo, profundamente humano. Quizá sea su novela más completa. También la más exigente. Y probablemente la que mejor resume todo aquello que hizo de Marías un escritor irrepetible. En este blog ya hemos reseñado la novela de campus Todas las almas y las maravillosas Mañana en la batalla piensa en mí, Corazón tan blanco, Tomás Nevinson y Berta Isla.

La novela sigue a Jacques o Jaime Deza, un español residente en Inglaterra que termina trabajando para un oscuro grupo vinculado a los servicios de inteligencia británicos. Su función consiste, esencialmente, en interpretar personas: observarlas, escucharlas, detectar en ellas aquello que todavía no han hecho pero podrían llegar a hacer. Esa es la gran obsesión de la novela: la imposibilidad de conocer verdaderamente a alguien y, al mismo tiempo, la intuición perturbadora de que quizá el futuro de las personas siempre estuvo ya inscrito en sus gestos presentes. El título nace de unos versos demoledores: “Qué desgracia saber tu nombre aunque ya no conozca tu rostro mañana”. Y poco a poco el lector va entendiendo qué quiere ilustrar Marías con ellos, especialmente en momentos donde el narrador lanza preguntas al aire acompañadas de susurros de respuesta: “¿Cómo no puedo conocer hoy tu rostro mañana, el que ya está o se fragua bajo la cara que enseñas o bajo la careta que llevas, y que me mostrarás tan solo cuando no lo espere? (…) ¿O acaso una vez que las cosas suceden no nos damos cuenta de que sabíamos que iban a suceder, y que era así justamente como habían de ir? (…) Quizá es que queremos convencernos de nuestra propia estupefacción, como si en ella encontráramos incongruente consuelo y disculpas inútiles que en verdad no sirven”. Ahí está condensado el corazón de la novela: la sospecha de que casi nunca nos sorprende del todo aquello que acaba ocurriendo.

El comienzo del libro ya funciona como una declaración de intenciones y como una de las aperturas más absorbentes de la literatura española reciente: “No debería uno contar nada nunca, ni dar datos ni aportar historias ni hacer que la gente recuerde a seres que jamás han existido ni pisado la tierra o cruzado el mundo, o que sí pasaron pero estaban ya medio a salvo en el tuerto e inseguro olvido. Contar es casi siempre un regalo, incluso cuando lleva e inyecta el veneno el cuento, también es un vínculo y otorgar confianza, y rara es la confianza que antes o después no se traiciona, raro el vínculo que no se enreda o anuda, y así acaba apretando y hay que tirar de navaja o filo para cortarlo”… y así sigue durante páginas enteras con una precisión verbal y una cadencia absolutamente deslumbrantes. Ahí ya está todo Marías: la memoria, la traición, el lenguaje, el tiempo y esa sensación constante de que narrar nunca es inocente.

A Javier Marías se le ha acusado muchas veces de reiterativo, de excesivo o de demorarse demasiado. Y, sin embargo, esa demora es precisamente el sentido de su literatura. En tiempos de velocidad, de consumo rápido y de lectores entrenados para avanzar deprisa, Marías reivindica la observación lenta y la inteligencia sostenida. Umberto Eco lo sabe todo; Marías lo entiende todo. Son muchos los momentos que ilustran esta idea, pero quizá el más luminoso sea el extraordinario monólogo de Tupra dirigido a Deza, seguramente el verdadero nudo gordiano de la novela: “Nuestro tiempo es enemigo de la insatisfacción íntima y por supuesto de la constancia (…) no se soportan la indagación sostenida ni la perseverancia, el quedarse de veras en algo, para enterarse de ese algo. Y no se consiente la mirada larga (…) Los ojos que se demoran hoy ofenden”. Y más adelante continúa: “lo interesante y lo difícil, lo que puede valer la pena y lo que más cuesta, es seguir: seguir pensando y seguir mirando más allá de lo necesario (…) Lo importante está siempre ahí, en el tiempo perdido, en lo gratuito y lo que parece superfluo, más allá de la raya en la que uno se siente conforme, o bien se fatiga y se rinde, a menudo sin reconocérselo. Allí donde uno diría que ya no puede haber nada. Así que dime qué más, qué más se te ocurre y qué más arguyes, qué más ofreces y qué más tienes”. Es difícil encontrar una defensa mejor de la propia literatura de Marías. Porque eso es exactamente lo que exige Tu rostro mañana: seguir mirando cuando otros dejarían de hacerlo. Seguir pensando. Seguir escuchando los matices. Permanecer en la escena unos segundos más. Y quizá por eso la novela resulta tan hipnótica para quienes aceptan entrar en su ritmo y tan desesperante para quienes buscan únicamente trama o acción.

Y, sin embargo, entre tanta inteligencia y tanta reflexión, la novela también alcanza momentos de una tristeza profundamente verdadera. Las cinco páginas que van de la 961 a la 966 son tan tristes como justas y veraces que cuesta no detenerse en ellas. Qué bonito escribe Marías sobre el desgaste de los afectos, sobre las despedidas silenciosas y sobre aquello que las personas dejan de ser sin darse cuenta. Y el final de esas páginas es de esos que no necesitan grandes artificios porque lo importante ya ha sucedido dentro del lector mucho antes de llegar a la última página.

Hablar de Tu rostro mañana obliga también a pensar en el lugar que ocupa hoy una novela así. Frente a una literatura cada vez más obsesionada con el impacto inmediato, con las frases subrayables y con las historias que se consumen a la velocidad del algoritmo, Marías propone exactamente lo contrario: lentitud, complejidad, ambigüedad y pensamiento. No pretende deslumbrar al lector con giros constantes, sino acompañarlo en el ejercicio mucho más difícil de comprender. Y quizá ahí resida la grandeza de esta obra monumental: en hacernos sentir que entender a los demás —y entendernos a nosotros mismos— requiere tiempo, atención y la valentía de sostener la mirada incluso cuando ya querríamos apartarla. Por todo ello, sigo pensando que Marías es un genio. Creo que va entrando en el olimpo de mis escritores españoles y contemporáneos preferidos.

¡Nos vemos en la próxima reseña!

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