
Más de lo mismo, pero imposible saltarse una línea
Hay algo especialmente disfrutable en volver a una serie ya conocida. No es solo el reencuentro con sus personajes, sino la sensación de entrar en un mundo que ya tiene sus propias reglas, su ritmo y hasta su temperatura emocional. Eso ocurre, una vez más, con La excursión a Tindari, la séptima entrega del universo del comisario Montalbano firmada por Andrea Camilleri, editada por Salamandra de Bolsillo en una edición que espero que me dé tiempo a completar; un inciso que me voy a desahogar: no me gusta que las editoriales lancen ediciones bonitas y luego cueste tener todos los libros en la misma edición porque lanzan tiradas cortas. Si has pasado por las anteriores reseñas del blog ya sabes a qué atenerte: crímenes que parecen sencillos pero no lo son, una Sicilia vibrante y contradictoria, y un protagonista que se mueve entre la ironía, la intuición y una ética muy personal. Aquí, sin embargo, hay un matiz interesante que distingue esta entrega.
La excursión a Tindari arranca con una desaparición aparentemente trivial: una pareja de ancianos que ha salido de excursión a Tindari no regresa. Pero, como suele ocurrir en las historias de Montalbano, lo que parece anecdótico pronto se enreda con tramas más oscuras, donde la mafia, los intereses ocultos y las relaciones humanas complejas comienzan a aflorar. La investigación no solo avanza hacia fuera, sino también hacia dentro: hacia las contradicciones del propio comisario. Y es precisamente ahí donde esta novela gana fuerza. Montalbano aparece más introspectivo que en otras ocasiones. Hay una sensación de desasosiego que recorre toda la historia, como si el caso que investiga estuviera removiendo algo más profundo. No es únicamente un policía resolviendo un enigma, sino un hombre enfrentándose a la incertidumbre, al paso del tiempo y a sus propias decisiones. El escenario, como siempre en Camilleri, no es un simple decorado. Tindari —con su santuario, sus vistas sobre el mar y su atmósfera casi suspendida— aporta una dimensión simbólica muy potente. No es casual que la desaparición ocurra allí: hay en ese lugar algo de frontera, de tránsito, de espacio donde lo visible y lo oculto conviven. Sicilia, una vez más, se convierte en un personaje en sí mismo.
En cuanto al estilo, Camilleri mantiene esa mezcla tan suya de ligereza y profundidad. La lectura fluye con naturalidad, los diálogos tienen chispa y el humor —a veces sutil, a veces más evidente— equilibra los momentos de mayor tensión. No es una novela densa, pero tampoco superficial: en pocas páginas, el autor consigue plantear preguntas que van más allá del propio caso. Quizás lo más interesante de La excursión a Tindari sea cómo consolida algo que ya se intuía en entregas anteriores: la serie de Montalbano no es solo una colección de novelas policiacas, sino un retrato continuado de un personaje en evolución. Leerlas en conjunto permite apreciar ese crecimiento, esos pequeños cambios que, libro a libro, van construyendo una figura literaria cada vez más rica. Y hay una constante en todas las entregas que cada vez la disfruto más: no se puede hablar de Montalbano sin detenerse, aunque sea un momento, en la comida. Camilleri convierte cada plato en una pequeña celebración sensorial: no es un simple recurso costumbrista, sino una forma de entender la vida. Las comidas del comisario —esas pastas humeantes, el pescado fresco, los guisos que parecen detener el tiempo— están descritas con tal precisión y cariño que resultan casi palpables. En medio de la investigación, esos momentos frente al plato funcionan como un refugio, un espacio de orden en un mundo caótico. Y el lector, inevitablemente, participa de ese placer: leyendo, casi puede oler, saborear, detenerse también. Porque en estas novelas no solo se resuelven crímenes; también se reivindica el acto de comer como una de las formas más honestas de felicidad cotidiana.
En definitiva, volver a Montalbano es como volver a un lugar familiar: sabes que habrá un misterio que resolver, pero también sabes que lo verdaderamente importante ocurrirá en los matices, en las pausas, en aquello que no siempre se dice en voz alta. Y ahí, una vez más, Andrea Camilleri demuestra por qué sigue siendo una lectura tan gratificante.
¡Nos vemos en la próxima reseña!
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